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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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Probando mi Amazon Kindle

23 agosto, 2010

      Estamos ante uno de los mayores inventos en la historia de la humanidad, que rivaliza con el fuego y la aparición de las vacunas, ¡no sé cómo hemos estado tantos siglos sin un lector de libros electrónicos!. Bueno, quizá exagero un poco, pero es la emoción de poder contar con este aparato que sin duda es una de las mejores compras que he hecho, es más, a pesar de tenerlo en mis manos desde hace un par de semanas, he preferido terminar mi primer libro en él para poder comentar con pleno conocimiento de causa.

      El libro electrónico ha estado presente en el mundo onírico por años, muchos queríamos contar con un pequeño aparato cuya pantalla pareciese papel y que nos permitiese cargar decenas de libros en poco espacio. Probamos de todo: la pantalla de las agendas Palm, Pocket PC, celulares y netbooks pero hasta la reciente invención de la “Tinta electrónica” (e-ink), no había existido manera de simular el contraste de las letras impresas, de manera que no canse la vista como lo hace un monitor de computadora. Esta tecnología está disponible en varios modelos y marcas (Sony, Barnes & Nobles y Borders tienen sus propias ofertas).

      El Kindle de Amazon se puede comprar por Internet o si se visita Estados Unidos se puede compra sólo en las tiendas de la cadena Target Store; en mi caso tuve la suerte de encontrarlo en el local ubicado en el Bronx (se había agotado en los otros (y si bien confieso que la zona nos atemorizó un tanto…¡Valió la pena! Es fácil y cómodo leer horas continuas con él, puedo marcar las citas que llaman mi atención, anotar comentarios y tenerlos como archivos de texto. Además cuenta con características que sus predecesores no pueden ofrecer: navegación simple por Internet en más de 100 países del mundo, uno puede compartir las citas que va leyendo en Facebook o Twiter con sólo apretar un botón, ver las citas de otros, escuchar música, cargar archivos PDF o comprar otros libros.

      A pesar de las cosas que enumero, no vaya a creerse que está diseñado para competir con las Ipads o sus clones, éste es un aparato centrado en la experiencia de la lectura, por ello es mucho más ligera que el producto de Apple, su pantalla no es retroiluminada y su precio, que varía entre 159 y 189 dólares es muy inferior. Si uno acostumbra comprar continuamente libros de Amazon, puede alegrarse al saber que no sólo se ahorra el envío por correo (unos 13 dólares aproximadamente) sino que los libros virtuales son mucho más económicos, en promedio se encuentran a 9.99 dólares la unidad.

      Hoy que realizaba mi “recorrido del centro”, consistente en visitar las distintas galerías de libreros, como pocas veces, mi voz interna desestimaba mi intención de comprar, me preguntaba cómo podría meter los nuevos ejemplares en mi nuevo artilugio para poder llevarlos a todas partes y nunca perder mis notas. Me pregunto si las editoriales deberían empezar a preocuparse…

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: kindle, Libros ESP

Anotaciones desde Nueva York

16 agosto, 2010

      El bus Washington – Nueva York puede ser una opción bastante económica si se desea viajar de madrugada y sacrificar un poco de comodidad. Nunca había viajado en uno en el cual el amable conductor durante unos cinco minutos señala cosas del tipo: “Si va a escuchar música con audífonos, que no sea muy alto el volumen. Si va a conversar con alguien, hágalo en voz baja pues nadie tiene por qué saber sus cosas. No se olvide dejar en vibrador el celular pues hay gente durmiendo”; cada mandamiento venía con justificación (mejor que en la Biblia), y creo que funcionaron.

      La ciudad de Nueva York cuenta con ocho millones de habitantes (como Lima) lo que la convierte en la más populosa urbe de los Estados Unidos. Se divide en 5 distritos: Manhattan (a donde llegamos y en donde se encuentran los enormes edificios), Bronx (al norte, cuna del Rap y la cual visitamos unas horas para comprar el fabuloso Amazon Kindle), Staten Island (al sur, sólo estuvimos unos minutos tras llegar en el ferry), Brooklyn (¿recuerdan la serie “¿Quien manda a quién?, se llega cruzando el enorme puente que cruza el Hudson) y Queens (no visitado).

      El centro de Manhattan es abrumador. Ríos de gentes y carros por doquier, sin importar los capitalinos que nos creamos, uno no puede evitar sentirse de alguna pequeña provincia al ver tal cantidad de rascacielos, uno al lado del otro, cada cual más alto o con un diseño que denota la mano de arquitectos que deseaban dejar su sello distintivo. El visitante no debe olvidar cerrar la boca, abierta por el asombro, y de … ¡traer mapas! porque estas hojitas cuestan 8 dólares en la Union Station (la central de buses y estación del metro). Para conseguir unos gratis, debimos fingir intereses en tomar esos tours en buses Gray Line con el problema que el “jalador” (sí, aquí también existen esas personas que realizan venta en la calle en lugar de una oficina) luego no lo quieran soltar a uno.

      Union Station se encuentra cerca del Times Square, la famosa esquina llena de pantallas gigantes, que a todo color van cambiando de imágenes al lado de enormes carteles (que junto a los edificios son lo único que no se mueven aquí). Son anuncios de películas, obras de teatro y marcas conocidas de gaseosas o electrónica.

      A treinta minutos caminando encontramos el Empire State, el edificio favorito de King Kong y con sus 102 pisos el más alto del mundo por casi cuarenta años; para los que se sorprenden por los nuevos y extravagantes rascacielos de Dubai, recordemos que éste fue construido en 1931 lo cual habla de la innovación que significó en su momento y por muchas décadas. El visitante puede pagar por un ticket y subir al piso 86 (o por un extra, un poco más) mediante un ascensor que en menos de dos minutos lo traslada hacia el destino casi sin que se sienta su funcionamiento. La vista es magnífica, y el precio vale la pena (aún tengo mis dudas si la torre de Pisa valió los diez euros para tres minutos en su cima), por el tiempo que uno desee puede ver la ciudad desde todas las direcciones, reconociéndose varias de sus atracciones principales y sintiéndose uno, empequeñecido desde la altura.

      Continuando con el paseo peatonal, encontramos la Biblioteca de Nueva York, famosa por “El día después de mañana” y porque mi héroe, el astrónomo Carl Sagan, hizo algunas tomas desde el lugar. El Bryan Park también está cerca a la Biblioteca, de aproximadamente un par de cuadras de ancho y rodeado por gigantes construcciones por los cuatro lados, es un lugar en donde músicos muestran su espectáculo o incluso actores de Broadway muestran segmentos de sus obras “en cartelera”; uno puede encontrar una silla y sentarse a disfrutar.

      Como toda gran ciudad que se precie de serlo, cuenta con muchos museos, en particular disfruté el Museum of Modern Art (MoMA), en donde pude encontrar a la única, la favorita, la especial…(redoble de tambores aquí) Noche Estrellada de Van Gogh, la cual es una pequeña obsesión que he comentado anteriormente en este blog. Se puede ver “Los tres músicos” de Picasso, “El Sueño” de Rousseau y obras de Andy Warhol, famoso por su pintura de Marilyn y la Lata de tomate (Campbell’s Soup)… que confieso no me parecieron tan especiales.


      No podía faltar el caminar por el Central Park, una gigantesca área verde de varios kilómetros cuadrados, que incluyen lagunas, árboles, hermosas esculturas, bancas, animales silvestres, puentes y senderos que lo hacen olvidar a uno que se encuentra en medio de una metrópoli increíblemente agitada y que invita a cuestionarse al foráneo: “¿no es estupendo cómo algunas autoridades históricamente han planificado el crecimiento de su ciudad?”

      Siendo una ciudad tan filmada en películas y series, es difícil no seguir encontrando familiaridad con el puente Brooklyn, el Metropolitan Museum of Art, el Madison Square Garden, Macy’s o el Chrysler building, la Estación Central o Wall Street. En este último, se encuentra un enorme toro de bronce junto al cual los turistas pugnamos por tomarnos fotos, dicen para la buena suerte, pero me preguntaba: “¿no fue aquí en donde empezó la enorme crisis financiera mundial?”… igual obtuve mi foto. Evidentemente estaban ausentes las torres gemelas y en su lugar se halla una enorme zona de construcción donde ya no hay mucho qué fotografiar pues se encuentra totalmente cercada.

      En metro se puede llegar a la costa sur de la isla y al Battery Park, en donde encontramos los monumentos a los caídos en Vietnam, a la guardia costera y a la guerra de Corea, este último llamado “The Universal Soldier” se emplazó de tal manera que una vez al año, a cierta hora y día que rememora el armisticio, el sol brilla a través de la cabeza del soldado e ilumina la placa conmemorativa. Un excelente detalle astronómico. Desde allí se puede llegar a la Estatua de la Libertad o verla tomando el ferry a Staten Island; si bien esta dama ha sido símbolo de bienvenida para los miles de migrantes que llegaban en barco a los Estados Unidos me pareció un tanto pequeña, quizá nos hemos acostumbrado a verla por fotos que la magnifican.

      No podríamos tachar a la gente de particularmente amable sino, me atrevería a decir, indiferente. Sin embargo, una vez al mes, por distintos lugares de la gran manzana cierran varias cuadras y hacen una Feria Callejera en donde podemos encontrar bisuteria, CDs de música reggae, polos, gorras, lentes, comida mexicana y de tantos países que recuerdan lo cosmopolita de sus orígenes.

      Antes de partir, hubiera sido muy penoso despedir la ciudad sin ver una obra de Broadway, la elegida fue «Next to Normal», un magnífico musical de interesante historia del cual todos salimos muy contentos, nos recordó que no sólo estábamos de visita en una densa ciudad, sede de importantes instituciones sino también en un epicentro cultural.

      Imposible no esbozar una sonrisa de satisfacción en el nocturno bus de regreso.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: Estados Unidos, viajes

Anotaciones desde Washington, DC

9 agosto, 2010

      Estados Unidos tiene una forma curiosa de recibir al visitante: con una larga cola que toma tres horas recorrerla, seguramente el cartel de bienvenida colgado debe ser un vestigio previo al 11 de Setiembre en que inmigraciones era más amigable.  En todo caso, lo único bueno del ejercicio que encontré a regañadientes fue poder ver en una misma línea a gente provenientes de todas partes del mundo (indios, musulmanes, europeos, sur americanos), a muchas razas, culturas y vestimentas que me recordaron lo diverso y variado de la condición humana.

      Tras salir del Aeropuerto Dulles, un taxi nos llevó al centro de la capital de la nación más poderosa (y endeudada) del planeta.  Actualmente no existe metro que haga el recorrido, pero se espera que en dos años se concluya con el que están construyendo (ojala no pidan asesoría al alcalde de Lima), así que el recorrido de casi una hora se hace por la superficie, una oportunidad para ver las enormes áreas verdes que rodean las autopistas con vehículos provenientes en buena parte de Japón, Europa y China. Por la ventanilla aparecen los edificios de importantes empresas de las que reconocí las del sector aeronáutico (Northrop Grumman Airbus), servicios e informática (Computer Associates Oracle).

      Con apenas seiscientos mil habitantes, es una ciudad pequeña, limpia y ordenada.  Planificada desde su fundación, lo cual se nota en la disposición tan lógica y expresiva de sus principales monumentos cuyos rostros se miran entren sí.  La gente es sumamente amable y educada (aunque en ningún lugar he visto tantos lectores de libros como en Madrid), tampoco faltan los sin-techo, personas que duermen en la calle, tan sólo en un lugar me pidieron dinero. Así mismo, parecería que un quinto de la población se desplaza con audífonos y un tercio tiene un notorio problema de sobrepeso…  y que el iphone es el celular estándar de la ciudad.

      El hotel quedaba a 30 minutos a pie del monumento a Washington, un enorme obelisco de 170 metros de altura terminado en 1884, probablemente el lugar más alto de la ciudad; curiosamente, al ser igual desde sus cuatro lados, no nos sirvió de mayor punto de referencia y supongo que sería criminal sugerir que pinten números en sus costados para servir al pobre turista desorientado que no cuente con brújula.  Aunque confieso que lo bueno de perderse, o haber tomado un bus equivocado,  es que se conocen lugares no programados.

Partiendo del Obelisco hacia el Este, encontramos el Capitolio o parlamento norteamericano, para llegar a él se atraviesa el National Mall, un sendero arbolado de un kilómetro y medio de largo  y una cuadra de ancho.  A sus lados se encuentran una serie de edificios importantes y maravillosos museos cuyas entradas son… ¡gratis! Muchos de ellos, así como diversos edificios federales, tienen un estilo tomado de Grecia antigua (estilo jónico).  Tuvimos oportunidad de visitar algunos, de los que destaco:

La Galería Nacional de Arte (National Gallery of Art).

Dividida en dos edificios, en ella se pueden encontrar pinturas y esculturas desde la edad media hasta nuestros días. Para los apurados o con tiempo limitado, el museo ofrece unas guías impresas tituladas “¿Menos de una hora?” lo cual nunca había visto antes, pero que en realidad pueden servir como forma de encontrar las piezas más relevantes del lugar.

Es un lugar bastante grande y espacioso, sentí que a diferencia de algunos atiborrados museos europeos, aquí había mucha mayor libertad de desplazamiento y espacio para contemplar. Existe la posibilidad de tomar fotos sin flash, fue un encanto por que luego se pueden revisitar las obras; entre ellas se encuentran la casta y seria “Ginevra” del gran Leonardo,”Virgen de la Casa del Alba” de Rafael (en ella me parece raro que Jesús de niño mire apaciblemente a la cruz) y maestros florentinos (¡nos volvemos a ver!).  Vale la pena visitarla. En lo personal, una de mis muchas favoritas fue “La Lectora” de Jean-Honoré Fragonard.

Cabe destacar que en el medio del segundo piso del recinto, existe una impresionante cúpula, copia de la que se halla en el Panteón en Roma, y que como éste, es imposible atrapar en una fotografía.

Museo Nacional de Historia Natural (National Museum of Natural History).

Nunca había visto un dinosaurio en persona, sus restos quiero decir, ni pensé que colecciones de huesos y restos geológicos serían interesantes  pero aquí sí es posible.  El primer museo de historia natural que he visitado pone la valla muy alta para los que han de venir, por su dinamismo, interactividad y la manera lúdica en que presentan la evolución o la vida millones de años atrás. No puedo creer que alguien salga de este edificio pensando que la tierra tiene miles de años, la biblia es literal y que el hombre apareció de la nada.

Museo de Historia Americana (National Museum of American History)

Bastante interesante e interactivo, si bien es cierto son una nación “nueva”, aquí podemos repasar su historia desde la fundación pasando por sus numerosas guerras. Disfrute la galería de la historia de transporte (terrestre y marítimo) y la dedicada a la cultura popular, en donde pude conocer…¡La chamarra de Fonzie! (sí, el de los Días Felices), que aunque no lo crean, es uno de los lugares con mayores colas de la exposición.

Museo del Aire y del Espacio (Air and Space Museus)

Dirigido en su momento por uno de mis astronautas favoritos (Michael Collins) es el Hangar de la nación.  Asistir a este lugar ha sido casi un acto de peregrinaje de mi parte, de lo cual pueden conocer más en este post.

Al final del Mall se encuentra el antes mencionado Capitolio, rodeado de turistas y una linda vista. Comprendí por qué le llaman “the hill” (la colina) en las revistas, está en un plano elevado. Es un lugar muy tranquilo, y a pesar que pareciese que nadie estuviese dentro, no debí haber preguntado al amable policía “¿en donde trabajan?”

Cerca de esta zona, queda la estación central de trenes y buses, “Union Station”, cuenta con varios pisos para que la gente realice sus compras (incluso un Barnes & Nobles) y un enorme patio de comidas en el sótano con precios asequibles.

Partiendo del Obelisco hacia el Norte, y tras otra larga caminata se encuentra la residencia de Barack Obama y de sus predecesores desde el año 1800. En un inicio los guardias del techo con sus binoculares y las patrullas en la calle colocadas en el frontis pueden parecer intimidantes, pero los numerosos turistas que siempre pululan se encuentran con oficiales amables que le explican a uno que 1) si quieres entrar, debes tramitar el acceso con tres meses de anticipación en tu embajada y que 2) a las 11 de la noche apagan las luces que la iluminan, así que no te sientas mal si por llegar tarde no salió la foto nocturna que tenías programada con antelación.

En su momento nos cruzamos con la caravana presidencial y luego vimos al helicóptero presidencial (Marine One) en las cercanías. Interesante caer en cuenta que desde ese lugar han tomado y se toman decisiones tan trascendentes para el resto del mundo.

Partiendo del Obelisco hacia el Oeste, se encuentra el Memorial a Lincoln.  Realmente impresionante por sus dimensiones y significado: consiste en un enorme templo blanco, con columnas a todos sus lados, en medio de él se yergue sobre un pedestal de tres metros de altura, la figura del presidente esculpida en mármol, sentado mirando al Capitolio. De la cabeza a los pies hay casi seis metros de altura y 159 toneladas de materiales empleados.

Me parece destacable que una nación cuente con figuras históricas tan respetadas que las congregue (aproximadamente tres millones de personas vienen aquí anualmente).

Entre el obelisco y el memorial, se encuentran tres importantes monumentos dedicados a tres guerras pasadas: la de Vietnam, Corea y la Segunda Guerra Mundial.

Partiendo del Obelisco hacia el Sur, encontramos una pequeña y hermosa laguna habitada por algunos patos, bordeada por vegetación y una serie de monumentos propios de la historia estadounidense, de los que destacan el Memorial a Thomas Jefferson que nos recuerda en escala al de Lincoln y que se dedica al principal autor de la constitución que se encuentra de pie mirando a la Casa Blanca.

      Como se puede presumir, son muchos más los lugares que destacan en este distrito y que he podido visitar voluntaria o involuntariamente (¿mencioné cierto extravío en bus?), pero espero haberlos dejado con una idea propia del lugar, el cual creo vale la pena conocer en persona.

PS: Si bien acostumbro a escribir mis anotaciones desde el lugar de los hechos, en esta oportunidad debo hacerlo una semana después, tomando como base el diario de viaje.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: Estados Unidos

¿Nadie muere en Internet?

5 agosto, 2010

      Cuando mi abuelo se fue, heredé parte de su biblioteca y una libretita suya supo colarse entre los libros: pequeños apuntes creados sin mayor intención que servir a su dueño pero que contenían su letra y un momento suyo atrapado en el tiempo. Una evidencia casual de una vida sin Internet que me obliga a preguntar: ¿qué información dejaremos a nuestros nietos cuando decidan ‘googlear’ nuestros nombres?, ¿qué descubrirán de nuestras vidas?.

      Admitámoslo, con las actuales cámaras fotográficas podemos ametrallar cada evento, persona, comida o lugar para guardar sus imágenes sin tener que preocuparnos por el costo del revelado. De igual forma, la Red de Redes se ha convertido en un gigantesco depósito de nuestros momentos cotidianos, en donde comentamos la noticia de la hora, ‘twitteamos’ si nos gustó una película, ‘bloggeamos’ nuestras ideas y comunicamos al mundo entero qué estamos pensando y en el momento en que lo estamos pensando (a veces sin mayor filtro). ¡Es impresionante!, de nuestros bisabuelos difícilmente conservamos alguna valiosa y obscura foto, valorada por ser escasa, pero cualquiera puede ver una ociosa fotografía nuestra tomada por el celular.

      Estamos escribiendo el diario de nuestras vidas en una nube digital y de bajo costo, en un mundo carente de papel, pero de tinta indeleble. La gente difícilmente muere en la Red.

      A diferencia de generaciones anteriores, los detalles más nimios de nuestra existencia están siendo registrados hasta que algún administrador de un servicio web decida borrarlos por falta de actualizaciones. Me pregunto, a partir de qué momento los familiares empezarán a atesorar las páginas electrónicas de sus fallecidos en vez de alguna evidencia física de su existencia.

Secciones: Vivencias y Opinión

Anotaciones desde el Museo del Aire y del Espacio (Wash)

28 julio, 2010


      Pensé que la primera entrada desde Washington sería justamente unas líneas sobre la ciudad, que en buena parte estamos recorriendo a pie, pero dada la experiencia vivida en el “Hangar de América”, me es inevitable dejarlo para después.

      Entre el Monumento a Washington (un enorme obelisco) y el Capitolio (el congreso) encontramos un sendero cubierto de pasto de una cuadra de ancho por unas diez de largo, rodeado a ambos lados de edificios federales y numerosos museos, estando uno de ellos dedicado a los aviones y naves espaciales que han hecho historia en el mundo (y con entrada gratis para el visitante).
      Primera reacción: Asombro. Segunda: Sobrecogimiento. ¿Por dónde empezar?. El museo lo recibe a uno, ni bien cruzada la puerta y el detector de metales, con un enorme salón de algunos pisos de alto de cuyo techo cuelgan pesadas máquinas aéreas y que alberga entre otras cosas a: la nave que convirtió a John Glenn en el primer americano en órbita, la que llevó al primer americano que “caminó en el espacio”, ¡al Apollo 11 que llevó a Armstrong y Aldrin a caminar en la Luna!, al avión cohete anaranjado que realizó el primer vuelo supersónico tripulado en manos de Chuck Yeager, al Espíritu de San Luis que empleó Charles Lindbergh para cruzar el Atlántico en solitario… Para alguien que ha leído por buen tiempo historias de la aviación y escrito un libro sobre la carrera espacial, el haber llegado hasta aquí parecía el final de un largo peregrinaje.
      No deja de sorprenderme lo pequeñas que son la mayoría de las máquinas que vi, ante el pequeño Mercury 7 me repreguntaba: “¿Cómo alguien puede haberse metido en una cápsula tan pequeña, en donde ni se puede estirar los brazos, para ser lanzado por un cohete al espacio exterior?” y ante el Géminis 4: “¿Cómo dos personas pueden pasar semanas en ese espacio tan reducido?”


      Los demás salones del museo son igual de generosos a la hora de abarcar momentos de la aeronáutica; por ejemplo, en una misma sección se encuentran los principales aviones adversarios de la Segunda Guerra Mundial reunidos, uno al lado del otro, seis décadas luego que sus cañones callaron, ostentando sus hermosas líneas El público de todas las naciones: un Spitfire (inglés), un messerschmidt(alemán) un Zero (japones) y un Mustang (estadounidense).
      No muy lejos de la sala principal, el espacio vuelve a convocar al visitante con el modelo del Skylab (la primera estación espacial), el precioso módulo lunar y un modelo de origen ruso. Los acompañan los trajes de Glenn y una réplica del de Gagarin (el primer hombre en el espacio)
      Las tiendas cuentan con un estupendo surtido de libros relacionado a los temas del museo y a la ciencia en general que le hacen a uno extrañar no poder pagar un contenedor en el avión de regreso, sin embargo una pequeña muestra que adquirí me garantizará muchas horas de lectura placentera en Lima.
Ha sido una vivencia magnífica haber podido estar cerca durante casi cuatro horas de tales invenciones, estoy seguro que muchos como yo lo pueden encontrar inspirador, a la hora de comprobar que la creatividad y el esfuerzo humano no tienen límites en los cielos.

Secciones: Vivencias y Opinión

Obra de teatro comentada: La reina de belleza de Leenane

20 julio, 2010

      La comedia negra es un arte difícil: ¿cómo hacer reir con temas como la muerte o el desinhibido deseo de hacer mal a alguien? Nuestro sentido moral nos lo prohíbe, pero es en manos de dramaturgos como Martin McDonagh, que ciertos tabúes no son repelidos, sino que con una extraña mezcla de humor, ansiedades, giros y sorpresas condimentan una estupenda obra como la que hoy comento.

      La reina de belleza de Leenane nos narra la historia de Maureen Folan (Norma Martínez), una mujer solterona que a sus cuarentatitantos años vive junto a su madre Mag (Graciela “Grapa”) en una descuidada y lúgubre casa de una solitaria colina irlandesa. La primera lleva la carga de los cuidados de la segunda, dado que las demás hermanas ‘huyeron’ del hogar ni bien pudieron encontrar pretexto, pero la septuagenaria, lejos de mostrar agradecimiento a su cuidadora, se comporta de manera desconsiderada y se enfrasca en no perder la atención exclusiva de la persona que no pudo dejarla.

      La acción transcurre en la destartalada cocina, escenario de las visitas separadas de los hermanos Doole, Pato (Leonardo Torres Vilar) y Ray (Manuel Gold). El mayor de éstos, quien trabaja en Londres ayudando en las construcciones, se reencuentra con Maureen tras veinte años en una fiesta que se da en el pueblo al que regresa de visita, y le manifiesta sus pretensiones románticas antes de marcharse. El menor, Ray, proporciona los momentos cómicos por su constante falta de empatía e ineficacia como mensajero. Juntos, los cuatro personajes abordan temas como las limitaciones de la vejez, el perpetuo temor a la soledad, el resentimiento que no se apaga con los años o los sueños frustrados que nos persiguen; de seguro que todos compartimos estas tramas, pero aquí ocurre con una concentración inusual en medio de las claustrofóbicas paredes.

      La puesta en escena ha sido magnífica, las actuaciones de Norma Martínez y Grapa conmovedoras. Curioso notar que, por segunda vez en este año, Norma Martínez interpreta un papel en que el detestable carácter de la madre de turno va siendo adquirido por el suyo (como ocurrió en “Agosto”, también comentada aquí). La traducción del director Ricardo Morán de los diálogos irlandeses ha sido encantadora, nos hace notar que cada pueblo tiene su propia manera de expresarse, de componer sus oraciones y de entenderse a sí mismo.

      Estamos ante una obra que, por lo buena que es, hace olvidar al espectador que se encuentra en medio de un montaje, en una sala de teatro. Nos lleva a preguntarnos a cada instante, ¿qué más va a ocurrir?. Gracias a los giros argumentales de McDonagh la espera siempre vale la pena.

Datos de la obra:
En el Teatro Británico. Funciones a las 8 pm. Entradas en Teleticket y boletería.
________________________________
PS: Aún tengo pendiente comentar “La mujer sin memoria”, la obra escrita y dirigida por mi amigo y profe Cesar de María que pude disfrutar dos semanas atrás (en realidad hay varias que sin querer he dejado en el tintero por problema de tiempo). Sin embargo, aprovecho este post para recomendarla, vale la pena verla; en mi caso, me dejó pensando varias horas luego del cierre de telón sobre los temas que trata.

Secciones: Teatro Etiquetas: Teatro, Teatro Británico

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