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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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Los niveles del fotógrafo

15 diciembre, 2010

Believe it: it’s the photographer who makes an image, not a camera.”
Ken Rockwell

      Estando en la universidad, conocí a una chica que cultivaba con energía la afición de la fotografía, así que un buen día le comenté que tenía un amigo que trabajaba en importantes medios tomando fotos y que, muy solícito yo, podía mostrarle su trabajo para que lo juzgue. ¡Torpe de mi parte! Porque Javier, el nombre del severo juez, diseccionó cada toma de forma que no quedara un solo comentario amable que yo pudiese transmitir a la autora.
      “Javier, mejor envíale una nota, porque ni de a vainas pienso decirle lo que has dicho” atiné a decirle al final, con el instinto de autopreservación que todo hombre tiene ante el peligro inminente. No recuerdo qué le habrá escrito, en aquella época en que casi no existía el correo electrónico y la mensajería era de a pie, pero si grabé un par de importantes moralejas del evento: no pienses que toda foto bien cuadrada es artística y, bueno, hay que elegir mejor a los celestinos.
      En todo caso, este recuerdo vino a mi mente dado que varias compañeras del trabajo están llevando con mucho entusiasmo, un curso de fotografía y entre que aprendo cosas sin asistir al mismo, conversamos de sus lecciones. Siendo yo mismo un interesado en el tema, hace algún tiempo leí una página que plantea la existencia de “niveles de fotógrafos”, así como pueden existir, digamos, niveles de santidad. Aunque se puede o no discrepar, creo que puede ser una interesante guía, por lo que se las resumo: (aquí la versión original, que se las recomiendo)

Nivel 1 (el más bajo), Obsesionados por los equipos. Los integrantes de este nivel se preocupan únicamente por las marcas y especificaciones técnicas de las cámaras que tienen, así que se la pasan revisando las comparativas de los modelos en vez de buscar la buena toma. El autor del post, Ken Rockwell los llama “Equipment Measurbators”.

Nivel 2, Amateurs ricos. Se preocupan en obtener las cámaras más caras y no necesariamente por sus características sino por el precio de éstas, en vez de buscar la mejor fotografía.
Anecdóticamente, me he topado con personas que tienen cámaras que ya quisiera un camarógrafo de NatGeo pero de la cual sólo conocen un par de botones (como tantas veces sucede con el Excel).

Nivel 3, Profesional. Se gana la vida (100% de sus ingresos) con esta actividad. No crea imágenes por el arte, sino para el comercio; por supuesto que pueden crear estupendas imágenes, pero en su tiempo libre.

Nivel 4, Snapshooter. Lo que busca no son fotos ni cámaras, sino recuerdos. Puede ser cualquier familiar o amigo que retrata las reuniones, viajes. Si la persona es “visualmente letrada” puede obtener magníficas fotos.
Una variante que me permito agregar a esta categoría es “el metralleta”, por aquél que tiene la necesidad de “capturar” cada minuto del viaje en la memoria de la cámara, desde cada loseta del camino al castillo hasta las nubes encima de la catedral.

Nivel 5, Amateur. Aquel que gana menos de la mitad de sus ingresos tomando fotografías. Les encanta crear imágenes, si tienen buen espíritu pueden ascender al nivel de artistas, pero si empiezan a preocuparse con que necesitan mejor cámara para mejorar sus imágenes podrían caer al primer nivel.

Nivel 6, Whore. Segun KR, es “aquel artista que vende su alma aceptando dinero o drogas por su arte”. Tiene su visión y estilo comprometido con algún representante.

Nivel 7 (el mayor nivel), Artista. Captura el espíritu de un lugar o persona, real o imaginado, en su fotografía. Transciende la existencia común y su espíritu vuela a encontrarse con lo que está capturando. Pueden emplear cualquier instrumento.
No sé ustedes, pero he encontrado fotografías que por su belleza me producen profundas emociones, ya sea de asombro, admiración, contemplación, supongo que sus autores caen en este nivel según la clasificación

      Hoy que tomar fotos es tan sencillo, podemos hacerlo con los celulares, las webcams de nuestras laptops, cámaras de video y hasta con cámaras fotográficas de 20 dólares, la reflexión de Rockweel es una ayuda oportuna para entender a tanta gente y me pregunto (por si las dudas) si tendrá algún escrito sobre críticos de fotografía.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: arte

Julian Assange: ¿héroe o villano?

13 diciembre, 2010

      El caso Assange tiene todos los elementos para convertirse en película: un hacker de enorme inteligencia y abrumadora megalomanía, documentos secretos del gobierno americano robados y publicados, políticos molestos buscando venganza, ataques cibernéticos desde todos los bandos, columnistas y personalidades que por televisión piden la cabeza del susodicho a quien algunos tildan de “enemigo cobatiente”. ¿Falta algo más? Está aún pendiente si el australiano es el malvado o el héroe de la trama.

      La decisión puede ser complicada. Tras conversar con algunas personas y revisar opiniones en los medios, he notado que hay varios factores que influyen al momento de formar una opinión (seamos honestos, las emociones forman parte de este proceso) y que puede ser interesante repasar. Quizá algún lector se sienta identificado en alguna, mientras expongo la propia.

La percepción que se tenga de los Estados Unidos. Puede influir en nuestro opinión, queriéndolo o no. He notado que va desde “todo lo malo que le pase a esta nación es bueno para mí” (tipo Chávez o Evo), por lo que lógicamente quieren un Nobel para Assange por soltar documentos clasificados a “cualquier afrenta contra Estados Unidos merece la muerte” (tipo FoxNews) con varios comentaristas deslizando la idea de que “eliminarlo” no sería ilegal. Por supuesto, también puede haber una indiferencia total con respecto a este factor.

La visión que se tenga de la diplomacia y del secreto. Es muy variada. Para algunos, y me encuentro en este grupo, el secreto es parte importante de la diplomacia. Muchos tratados se han logrado tras largas conversaciones que no se han dado a conocer sino tras terminar las mismas. Para otros, la diplomacia requiere que no existan secretos entre las partes (Con lo cual se daría al trasto con el concepto de valija diplomática).

La interpretación que se tenga de la libertad de expresión. Quizá el factor más polémico. Creo que ésta debe ser irrestricta, pero creo también que todo acto tiene una dimensión moral. Para algunos parece ser algo “irrestricto y amoral”, es decir, más allá de la legalidad del acto de publicar documentos privados, las consecuencias del mismo no deben ser sopesadas, se trata simplemente de publicar y que el público juzgue. Para mí, el ejercicio de la libertad de expresión conlleva una valoración moral y una gran responsabilidad sobre las consecuencias del mismo, es más, intereses personales no deberían influenciar en este acto.

      Hasta el momento, la información de los Cablegate ha sido más embarazosa que de servicio público, y en algunos casos no ha hecho más que mellar la imagen de algunos países frente a sus vecinos. Al menos, a diferencia de la publicación de los documentos sobre la guerra de Afganistán, que el propio Talibán dijo que emplearía para cotejar con sus listas de personas a asesinar, no ha habido consecuencias ni amenazas mortales, sin embargo, este capitulo parece haber sido la gota que derramó la copa de nuestro personaje; para algunos un héroe, para otros un interesante villano, ¿para usted?.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: wikileaks

Anotaciones desde Machu Picchu

29 noviembre, 2010

En Julio de 1911, el explorador americano Hiram Bingham encontrándose en busca de la ciudad perdida de los Incas, escuchó de boca de Melchor Arteaga, propietario de una apartada choza en las márgenes del Urubamba, que en las cercanías había “buenas ruinas”… ¿Cómo podrían imaginar ambos personajes que esas “buenas ruinas” llegarían a ser visitadas por casi medio millón de personas cada año?

Le costó a Bingham pagarle un Sol a Arteaga (3 ó 4 veces el salario de la zona) para animarlo a que lo guiara por el difícil camino de despeñaderos. Cruzaron a gatas por un viejo y enclenque puente que se rompería pronto, siguieron hasta encontrarse con dos hacendados indios que cultivaban las terrazas (o andenes) dejadas por sus antepasados a pocos minutos de la hoy famosa ciudadela de Machu Picchu, a la cual llegó siguiendo los pasos de un niño que se hizo su guía, mientras Arteaga prefería chismorrear con los hacendados.

Casi cien años después, no hay país en el mundo en donde no se haya visto fotos de aquella maravilla dada a conocer por Bingham, es un monumento al ingenio y perseverancia Inca, y me siento muy contento de encontrarme entre los millones de personas que la han podido visitar, aunque sea de una forma mucho más segura que la de los antiguos aventureros que la encontraron cubierta de maleza y árboles.

Los viajeros podemos llegar a la ciudadela de dos formas, tras una larga caminata por el “Camino del Inca” en un recorrido que dura al menos un día (o más, dependiendo desde dónde se parte) o tomando un bus en el cercano pueblo de “Aguas Calientes”, una pequeña población ubicada a apenas seis kilómetros y que fue nuestra elección (ahora me encuentro valorando la otra opción para una próxima vez).

Aguas Calientes, o Pueblo de Macchu Picchu, es el pintoresco  hogar de unas tres mil personas, en plena ceja de selva. De pocas cuadras de largo, está franqueado por altos cerros revestidos de verdor, atravesado por un río que se atraviesa por varios puentes separados por pocos metros y bajo un cielo cuyas nubes parecen acercarse para tocar el paisaje. Hermoso realmente. Su gente es muy amable, acostumbrados a vivir rodeados de turistas, forman un centro atiborrado de ofertas para éstos: encontramos hoteles de todos los precios, lavanderías, un sinnúmero de restaurantes (que ofrecen mayormente pizzas de todas las clases), locales de artesanías, tiendas de abarrotes, farmacias y hasta un negocio de arte con costosos cuadros de motivos Incas. Vale la pena quedarse por lo menos una noche aquí, sus pequeñas y desniveladas callecitas parecen no dormir hasta altas horas, en atención a tantos visitantes.

Desde aquí, y tras un ascenso de veinte minutos en carro por un camino sinuoso que por ratos parece alcanzar sólo el ancho de un vehículo, se llega a la entrada de Machu Picchu, en donde pululan gentes de todas las nacionalidades. Tras cruzar las puertas de ingreso, se inician varios minutos de una agitada subida a pie (a más de 3500 msnm no siempre es fácil el esfuerzo), pero aún no se llega a ver el soberbio paisaje impreso en millones de postales, sino escalones y escalones de piedras, vegetación y a la persona que está delante hasta que luego de unos quince minutos, ¡al fin!, el mágico paisaje se muestra por vez primera: Machu Picchu, su cerro hermano Huayna Picchu, y una fantástica obra de planificación urbana, diseño y construcción, de edificios, senderos, fuentes de agua y andenes, todos mimetizados con un impresionante paisaje, encerrado en su propio microcosmos.

Tras reponerme de la primera impresión de asombro, atiné a preguntarme como muchos, ¿cómo es que hicieron todo esto? Nos encontramos en un lugar de difícil acceso, entre montañas, al que se llega luego de casi reventar el motor del transporte por la escarpada subida, y sin embargo ante nuestros ojos nos saludan centenar y medio de edificaciones, hechas de pesadísimas piedras, algunas de varias toneladas, por personas que vivieron cinco siglos atrás. Uno no puede menos que quitarse el sombrero ante sus constructores, que tras casi noventa años de trabajos hicieron de éste un espacio único en el mundo, que para recorrerse, al menos por en sus partes más representativas, toma unas tres horas.

(Imposible colocar aquí todo lo visto, pero al menos hagamos un muy breve vistazo mencionando algunos de los muchos puntos interesantes)

La ciudadela se encuentra organizada en dos grandes secciones, la agrícola y la urbana. La primera se compone de decenas de andenes, enmarcados por caminos y escaleras, hoy en día ya no se usan para sembrar la papa, maíz, quinua o camote como antaño sino que permanecen cubiertos de pasto, lo que los vuelven jardines, mantenidos por los jardineros y las adornadas llamas que se alimentan allí mismo cual podadoras vivientes. Por el gran tamaño del área, se tarda uno en cruzarla, así sea sólo por los lados.

El sector urbano se encuentra separado del exterior por una entrada en donde había una puerta que podía ser bloqueada en cualquier momento, impidiendo el paso de cualquier indeseable, actualmente es un área de fotografía obligatoria. En este sector se encuentran la mayoría de las construcciones que si bien hoy no tienen techo, nos quedan los arneses que los sujetaban y prueban su existencia; las paredes son inclinadas para formar verdaderas estructuras antisísmica y las rocas de las que se componen fueron trabajadas y unidas con tal precisión que pareciesen que nada podría colarse entre sus uniones.

Aquí aparecen tres zonas o distritos, el sagrado, el del pueblo, y el de los sacerdotes y la nobleza (en donde se debió albergar el inca Pachacutec). En la zona sagrada podemos encontrar el Intihuatana, el Templo del Sol y la Plaza Sagrada:

El Intihuatana (o “donde se amarra el Sol”, en quechua) es una enorme piedra ceremonial y reloj astronómico, que los 14 de febrero al medio día no marca sombra alguna. Se dice que allí uno “puede recargar energías” extendiendo las manos hacia la enorme masa rocosa, afirmación que probé junto a otros turistas pero sin resultados en mi caso, quizá la falta de fe sea un factor determinante.

Cerca se encuentra el Templo del Sol, un majestuoso torreón blanquecino de tres paredes y varias ventanas, con forma de una gran P desde el cielo. Aquí la habilidad de los trabajadores denota manos maestras por el fino labrado de sus bloques. Fue usado para ceremonias relacionadas con el solsticio de junio, se piensa que estaba adornado de joyas. Bajo la estructura, hallamos una cueva en donde se piensa que colocaban momias.

Finalmente, resaltan en el sector urbano, La plaza Sagrada, que es un patio rectangular en donde se realizaban diferentes rituales; en torno encontramos el Templo de las Tres ventanas, formado por enormes bloques y que mira hacia el valle ubicado a sus pies y el Templo Principal, al lado de la casa del sacerdote, con un fino acabado y un altar de piedra.

Todos estos edificios y caminos empedrados o naturales parecen requerir de un mapa, lo cual no tuvimos y recomiendo llevar, una vez que la guía se marchó, permanecimos abrumados por la infinita posibilidad de recorridos que podíamos llevar a cabo, más aún cuando caminar en altura demanda muchas energías de la persona no acostumbrada.
Al salir del recinto, y verlo por última vez, no pude dejar de pensar en sus antiguos pobladores (se estima que eran entre 300 y 1000) y en el privilegio que debió ser para ellos el habitar este gran complejo. Para las aves de paso de este siglo, como nosotros, es un espacio que impregna fácilmente recuerdos y asombro, una invitación constante a regresar.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: Macchu Picchu, viajes

¿Has leído alguna novela ‘techno-thriller’?

15 noviembre, 2010

      Dada la temática del post, quizá sea apropiado empezar con una definición algo techie de mi parte sobre este tipo de libros:

“Para todo relato, cuya historia se ubique en el presente o futuro cercano, en la que el autor invierte un buen porcentaje de la narración en explicar detalles técnicos de alguna máquina o procesos relacionadas a ellas, entonces es muy probable que deban colocarlo en el estante de techno-thrillers”

      Son obras usualmente de suspenso, en las cuales los personajes principales incluyen a científicos, ingenieros (tenemos derecho, ¿verdad?), doctores o militares quienes deben enfrentar importantes amenazas o realizar peligrosos descubrimientos. Varias de estas propuestas se han llevado al cine, como es el caso de “La caza del Octubre Rojo” en la que un capitán de submarino ruso (interpretado por Sean Connery) deserta para entregar su avanzado navío a los americanos o como el caso de “La amenaza de Andrómeda” en que un equipo liderado por un bacteriólogo debe contener a un virus que amenaza al planeta.

      Para estas ficciones, Tom Clancy y Michael Crichton respectivamente, tuvieron que investigar ya sea el funcionamiento real de un submarino nuclear, los tipos de barcos, sus partes, motores, operaciones de combates o informarse sobre la forma en que los laboratorios más especializados del mundo enfrentan a las epidemias. Pero no nos confundamos: no nos encontramos frente a manuales o libros universitarios, sino a narraciones interesantes, con tramas, giros, conflictos y desenlaces, solo que al mundo que nos transportan no es el cotidiano (pero no por ello podría no afectarnos o importarnos).

      Por ejemplo, acabo de leer la magnífica novela “Blasfemia” de Douglas Preston, uno de mis favoritos del género, en ella la visión religiosa de sus distintos personajes (fundamentalistas cristianos, indios navajos, científicos ateos y creyentes moderados) es importante en el desarrollo de la historia. Estos giran en torno a las pruebas de un acelerador de partículas, semejante al gran Colisionador de Hadrones europeo que causó algún revuelo noticioso por la posibilidad de que acaben con el mundo (¿recuerdan?). Para que Preston pueda desarrollar el relato debe, inevitablemente, explicar en detalle cómo funcionan estas complejas máquinas y los equipos que le dan soporte.

      Es natural que la tecnología, que cada vez forma una mayor parte de nuestras vidas (perdón por el cliché), sea también parte de las novelas, de alguna forma pueden enviar una señal de alerta o ser un punto de partida para conocer más del funcionamiento, las bondades y riesgos de distintos campos como la nanotecnología, la clonación, la medicina o la tecnología militar. Estoy seguro de que vale la pena visitar, al menos alguna vez, el género.

Secciones: Libros Etiquetas: techno-thriller

¿Lees cuando viajas?

10 noviembre, 2010

Es maravilloso leer todo el tiempo, sin aburrirse jamás. No veas en la lectura un trabajo, sino un vicio. La cuenta de tus libros debe ser tu mayor extravagancia”.
C.S. Lewis

      La próxima semana viajaré a Cuzco, con lo cual espero corregir la enorme falta de no conocer el mayor atractivo turístico de nuestro país y de paso poder seguir recomendándolo a mis amigos extranjeros, pero con un mayor conocimiento del que viene de las fotos. Las maletas se hacen más o menos rápido, pero algo que me preocupa en todo viaje es: ¿Qué libros llevaré?, ¿Cuántos?

      Me explico. Es raro que salga de casa sin un libro y prácticamente imposible si tengo programado tomar un taxi o micro. Esos tiempos muertos son buenísimos para leer, el primer año que ingresé a mi actual trabajo, y que no tenía aún carro, me leí diecinueve libros en la combi (llevo la cuenta desde el colegio) y hoy cargo en la mochila esas linternitas especiales que se anclan a las obras y que te ayudan cuando hay mala iluminación. Ciertamente el número empequeñeció con el advenimiento de las ruedas propias (más el chasis).

      No es que piense pasármela leyendo sobre Macchu Picchu, en vez de mirar lo que tenga delante, pero en todo viaje siempre hay tiempos en que la necesidad de un buen texto aparece, ¿verdad?, ya sea antes de dormir, en el aeropuerto o en los taxis. Para esos ratos, es que debemos elegir. Pero a pesar de lo reiterativo de la práctica, aún no tengo un proceso definido para hacerlo (se me antojan muchas lecturas a la vez).

      Por experiencia, sé que no debo llevar nada de Stephen Hawking, “El universo en una cáscara de nuez” se convirtió en un peso muerto en Paris, y terminé por donarlo al hostess colocándolo en la mesita de los folletos y mapas. Cursos de certificaciones de sistemas no han corrido mejor suerte, sin importar cuantas veces lo he intentado, los ceros y unos no me provocan lo suficiente fuera de Lima. Me va mejor con historias de prosa ligera, esas que pululan en las librerías de los aeropuertos, pero aún no pierdo la esperanza de que esta vez pueda ser distinto. ¿Alguien tiene algún consejo?

      No hace mucho, caí en cuenta que el problema se ponía peor si es que fuera un naufrago quien debiera seleccionar solo un libro para su obligada estadía (además de la pelota Wilson, claro), ¿qué elegiría?, ¿la Biblia?, ¿un manual de supervivencia?, ¿una novela basada en Lost? Pero mejor dejo ese escenario para otro momento, ya tengo bastante por ahora.

Secciones: Libros, Vivencias y Opinión Etiquetas: Libros ESP

¿Quién quiere dispararle a un zombie?

4 noviembre, 2010

      Los zombies están de moda. Su popularidad se encuentra al alza como los precios de las calabazas, previo a Halloween, y no puedo dejar de preguntarme a qué se debe. Para validarlo, hice una rápida encuesta en mi casa y en la tienda cercana, pero si no me creen, basten algunos ejemplos recientes: la serie de películas “Resident Evil”, “I am Legend” con Will Smith, la magnífica comedia “Zombieland”, el popular comic “Los muertos vivientes” y el estreno esta semana de la serie “The walking dead”.

      Es una premisa generalizada el que los muertos no caminan, salvo que los resuciten, y para tal caso ya no estarían muertos, ¿verdad? Por ello, una historia en que figuran las criaturas salidas del video de Thriller, pero que buscan comer nuestra carne en vez de bailar juntos, puede ser francamente ridícula…A menos que…vengan dos salvadores habituales en estos casos (redoble de tambores aquí): la ciencia ficción y el humor.

      Cuando tres años atrás vimos la película protagonizada por el ex príncipe del Rap, la historia (basada a su vez en una novela de 1954), explicaba el origen de los zombies como producto de un virus creado inicialmente por la armada, que se transforma y sale del control, infectando al 90% de la población mundial. De manera semejante ocurre con Resident Evil, pero aquí los malos de la película son los laboratorios privados y seguramente, aunque aún no sabemos qué nos contarán, para el caso de “The walking dead” debemos esperar alguna explicación “científica” al porqué las calles se encuentran llenas de estos infortunados seres sin derechos constitucionales.

      La sátira y el humor sobran en “Zombieland” en la que cuatro personajes, liderados por Woody Harrelson, desarrollan toda la historia (por parte de los humanos) junto a una breve aparición de Bill Murray, que en pocos minutos nos entrega el mejor y más gracioso ‘cameo’ que he visto en mi vida. Confieso que no estoy seguro si “El amanecer de los muertos vivientes” intentó ser una sátira al género o no, quizá no debí reírme en tantas partes, pero en todo caso fue un buen homenaje al especializado director George Romero.

      En todas estas películas ocurre algo que puede ser bastante atractivo para muchos: la tierra está casi vacía, casi no hay gente, y salvo pequeños detalles relacionados a una muerte inminente, los sobrevivientes pueden disponer de los bienes ajenos que gusten (autos, casas, piscinas, supermercados, ciudades), manejar por avenidas en donde no hay tráfico y, sobretodo, ser el hombre o la mujer más atractivo en varios kilómetros a la redonda. No sólo eso, la destrucción sin sentido de propiedades o disparar a diestra y siniestra contra los pobres zombies a manera de deporte, se ve hasta catártico y reivindicatorio cuando lo hace el personaje de Harrelson.

      No estoy seguro si este interés en zombies se deba a una sociedad cuyos integrantes tengan tendencia a vivir “zombiezados”, como posteó mi amigo Cesar de Maria. Quizá la ficción imita a la realidad. En todo caso, incluso para alguien ajeno al género de terror como quien les escribe, hay casos en que la zombiemanía se vuelve muy entretenida.

Secciones: Cine y Televisión, Vivencias y Opinión Etiquetas: zombies

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