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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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Anotaciones desde la playa

16 febrero, 2011

Si no te ha sorprendido nada extraño durante el día, es que no ha habido día”.
John Archibald

      Lo sé, salvo en Bolivia, todo el mundo va a la playa y es de lo más común, no debería tratarse de un evento especial. Sin embargo, para mí era un lugar que rechazaba sin más, a pesar de que la última vez que había ido a una, la capa de ozono estaba enterita y se usaba menos cantidad de protector solar. Y es que hay marcas que perduran mucho tiempo, por ejemplo, conozco personas que no comen dulces “porque de niño las monjas me llenaron de dulces” o que no pueden ir al centro “porque de niño no me gustaba” (bueno, se trata de la misma persona, pero no diré su parentesco para no ser infidente). En mi caso, negaba tajantemente ir a la playa, porque en casa había oído mil veces que no me gustaría. Estaba equivocado.
      El mar te regala un conjunto de sensaciones difíciles de describir, que cambian según las horas y que no te pueden ocurrir en una piscina. Las olas, en su vaivén perpetuo, parecen jugar con uno que en la orilla espera deseoso a la siguiente entrega siempre distinta y a su propio tiempo. Llega como en una danza en la cual soy nuevo, no sé nadar, pero intento seguirla cada vez más alejado del borde donde empieza la arena húmeda. La brisa, frescura y transparencia del agua son deliciosas, mientras veo cómo el oleaje se rompe en espuma blanca y el sonido acompañante es rítmico.
Vuelvo algunos pasos, me siento y reto al agua a cubrirme, permanezco así por largos minutos.
(Confieso que en algún momento aparece ‘Bruno Rossi’ en mi mente, un personaje que estoy creando desde hace algún tiempo para una ficción que escribo, siendo él un físico respetable quiere que también tome sus impresiones, que mire cómo las olas son ondas mecánicas, cómo sus crestas se suman y sus valles se restan, que calcule cuántos kilómetros son necesarios para que un barco desaparezca tras el horizonte o que averigüe cuánta presión ejerce el agua sobre mí…. Ante tanta ‘marcianada’ lo callo en seco y prefiero volver, mejor pensar en “Los caballos de Neptuno” (de Walter Crane)
      Al atardecer, aparece esa fantástica paleta de colores que no gusta de exhibirse al iniciar el día. Poco después, casi no hay gente al llegar la noche, el mar casi desaparece a los ojos en una masa negra, pero durante las siguientes horas nos llegará su ruido y algunos trazos, como pequeños hilos claros paralelos a la costa que existen por breves segundos. Los miramos sosegados.
      Hago el firme propósito de volver, no sin antes revisar la pequeña lista de cosas que rechazaba sin pensarlo bien.

PS: Al regreso, sin darme tiempo a esquivarla, una pobre paloma se posó en la carretera para convertirse, casi de inmediato, en un sonido seco contra el carro y luego en una constelación de plumas flotando en el aire. Felizmente fue el único incidente, víctima de una jornada por lo demás estupenda, de una visita que terminó por aplacar un bloqueo de niño (aunque ahora quizá nazca otro con las aves).

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: playa

Despidiendo a mi celular Androicito (humor)

3 febrero, 2011

      Con frecuencia, los ingenieros elegimos vivir al filo de la navaja y buscar peligros innecesarios. Compensamos así el hecho de no ser pilotos de combate o repartidores de SOAT en hora punta; por ello, sentados frente a la computadora del trabajo y en un arrebato adrenalínico podemos retirar la memoria USB sin fijarnos si terminó de grabar o desconectar al antivirus por una hora para ver qué pasa. ¡Emocionante! Otras veces, en el colmo de la audacia, compramos por Internet aparatos sin garantía o … teléfonos desbloqueados.

      Aún recuerdo la noche en que metí mi número de tarjeta en la página de E-bay, a sabiendas que podía ser una acción temeraria.  Parecía una forma económica de obtener un respetable Android cuya fotografía me coqueteaba junto al texto con su descripción, ¡era perfecto! pero había un pequeño detalle, como siempre lo hay cuando se negocia con lo prohibido, si venía malogrado no tenía forma de reclamar.

      Cuando llegó a mis manos, lo primero que hice fue revisarlo para ver si me vino completo, cual padre primerizo, y como éstos, con poca chance de devolverlo de no estar conforme, ¡pero estaba conforme! y a pesar de que demoraba un parto en prenderse, una vez que lo hacía, su desempeño era estupendo, al menos hasta hace unos días, en que mi salvapantallas del Pato Lucas dejó de mostrarse.

      Un Android es en realidad, por si no lo saben, una computadora a carta cabal que por añadidura, puede timbrar y recibir llamadas. Al igual que con las PC, se le puede instalar miles y miles de programas, y aún cuando las estadísticas demuestran que casi todos se usan a lo más una sola vez, uno disfruta siempre del fútil esfuerzo de descargarlas y perder el tiempo. ¡En mi Androicito instalé de todo!, quería aprovechar la máquina al límite (para continuar con esto de las emociones fuertes).

      Por ejemplo, esta maravilla de bolsillo viene con GPS. Dado que carezco del gen de la orientación, me caía a pelo, porque si bien todas mis habilidades sociales nacen de la necesidad de pedir referencias y direcciones, había llegado el momento de ser independiente. Y lo fui. Por unas semanas, en las que podía ver en el brillante mapa todas las veces que me pasaba de largo .

      Otro programa que cargué, al menos dos veces, fue el planetario. ¡Maravilloso!, me evitaba salir al patio de mi casa, o al jardín del frente, para mostrarme cómo luce el hermoso cielo estrellado de Lima. Claro que si me ganaba el espíritu aventurero, salía al exterior, Androicito en mano, y confirmaba cómo la esfera celeste cumplía con las ubicaciones que mi celular le marcaba. ¿Se puede pedir más? (¿Aparte de que no se malogre?)

      Hoy, me siento herido, traicionado por la misma tecnología a la que rindo pleitesía a diario. Tecnología que nos rodea en todas sus formas. Puedo entender haberme quedado botado con el auto por el sistema eléctrico, o que el marcapasos del abuelo haya fallado, pero que justamente mi nuevo compañero de juegos, que iba conmigo a todos lados, ya no funcione tras tantas vivencias, es demasiado dolor.

      Mientras escucho el réquiem de Mozart, pondero renegar de las máquinas, simplemente no usarlas, convertirme al ludismo, dejarme crecer la barba e irme a vivir a una cabaña sin corriente eléctrica a lo Ted “Unabomber” Kaczynski. No lo sé. La pantalla negra del Android, muerta e inservible parece burlarse de mí. Y ahora que veo el recibo, por más de cien soles, que costó la inútil revisión del técnico, me pregunto: ¿por qué tuve que ser tan osado con la tarjeta de crédito?

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: humor

A veinticinco años del Challenger

1 febrero, 2011

Y mientras que, con mi mente elevada y en silencio,
he andado por la inviolable santidad del espacio,
he extendido mi mano, y he tocado la cara de Dios.
                                                John Gillespie Magee, Jr.

      Para una generación de escolares, aquel 28 de enero, marcó permanentemente nuestras memorias. La imagen de la majestuosa nave, abriéndose paso pesadamente, para luego convertirse en bruma blanca cayendo al mar, es imborrable. Sucedió en directo y a colores: siete viajeros espaciales, montados en una compleja máquina, desaparecieron en segundos ante nuestros ojos.

      Por la rudeza y peligro del despegue, el transbordador espacial se asemeja a una mariposa posada en un cohete, sin embargo, a pesar de su fragilidad, los tripulantes no contaron con un medio de escape. La NASA llegó a considerarlo suficientemente seguro, como si cada vuelo fuera efectuado por una curiosa aerolínea y no por un vehículo que, hasta el día de hoy, es básicamente experimental.

      El Challenger, y por extensión la flotilla a la que pertenecía, fueron vendidos al congreso con la falsa promesa de convertir los viajes a la última frontera en algo rutinario. Despegaría como las naves de antaño, orbitaría por varias semanas y aterrizaría como un avión (del tamaño de uno de pasajeros) en el desierto. ¡Algo más!, fue construido para visitar una enorme estación espacial, que no estuvo disponible hasta casi veinte años después.

      El transbordador nunca funcionó como se suponía lo hiciera. Un ejemplo: imagine que compra un carro y que luego de usarlo, en vez de chequear las llantas y los niveles, debe desarmar casi por completo su motor y efectuar un planchado casi completo de la carrocería… así es el mantenimiento que deber recibir para cada viaje. Este es el sistema al que abordaron los siete aventureros, con dos factores añadidos: su institución estaba contra el tiempo debido a un calendario ajustado y su tolerancia a los riesgos era alta. Los resultados fueron fatales, una fuga de combustible en uno de los cohetes sólidos destruyó la nave matando a sus tripulantes.

      La dirigencia americana, de luto y acongojada, convocó a distinguidos personajes a una comisión que incluía a Richard Feynman, Neil Armstrong y Sally Ryde. Investigaron lo ocurrido, en lo que hoy es un caso de estudio desde el punto de vista de seguridad en la ingeniería y la ética en el ambiente del trabajo. Pasarían muchos años para que otra tragedia, la del Columbia, nos recordase que, a pesar de los nuevos controles, ir al espacio es aún un negocio riesgoso.

      Sin embargo, NASA nunca ha tenido escasez de voluntarios, ni las tragedias de este tipo menguaron el interés por cruzar los cielos. Muchos parecen coincidir con el astronauta Gus Grisson, “la conquista del espacio vale el riesgo de nuestras vidas”, para los astronautas del Challenger, esto fue promisorio.

Secciones: Sci & Tech Etiquetas: espacio

Procesos, Apollo 13 y toma de decisiones

18 enero, 2011

“Houston, tuvimos un problema”.
Jim Lowell, en Apollo13

      ¿Recuerdan “Apollo 13”, la película con el temido número en su título, en la cual Tom Hanks lidera una fallida misión a la Luna? Retrata uno de los pasajes más emblemáticos en la historia espacial, sin embargo, aunque muchos atribuyen el logro a la inventiva del personal de la NASA, olvidan que fue justamente la organización y los procesos establecidos en ella los que crearon tal capacidad de respuesta, de toma de decisiones, para salvar la vida de tres hombres.

      Cada viaje del proyecto Apollo, era monitoreado por ingenieros y técnicos, por ejemplo, sentados como controladores de vuelo, frente a una pantalla. Al alcance del teléfono, para cada uno de estos, había un grupo de especialistas encerrados en una habitación, listos para asesorar al primero en lo que necesite; este equipo, a su vez, podía comunicarse con los fabricantes de la parte de la nave que les afectaba, al otro lado del país, en una época sin Internet. Encontramos, entonces, a una organización de miles de personas, dando soporte a la misión.

      Pero no bastaba con tener a toda la gente reunida y congregada. El jefe de los Controladores de Vuelo, Chris Kraft (es decir, el jefe de Gene Kranz, alias “fallar no es una opción”), había establecido un sistema para evitar la improvisación y disminuir los riesgos que todo vuelo implica: ¡Creó Reglas! Estas reglas se conocen como “Reglas de la Misión de Vuelo”, en aquella época un conjunto de libros impresos. Este principio se emplea hasta el día de hoy, la era del Transbordador Espacial y de la Estación Espacial y dada su importancia, debe ser aprobado por la gerencia de la NASA.

      Este “libro” contienen no sólo los procesos ideales, como los pasos que sigue un despegue perfecto, sino también el curso de acción en caso de fallas. Son cientos de medidas, copiaré una a manera de ilustración: la regla “10-26”, tal como la NASA la escribió para la primera misión en colocar hombres en la Luna, el Apollo 11:

      ¿Qué significa?, que de aparecer un gas nocivo en la cabina (podría ser como resultado de un incendio), la tripulación deberá extraer todo el aire para limpiarla. Si a pesar de ello, continúa la regla, no se ha podido limpiar, deberá terminarse la misión prematuramente. Notemos que, en caso de que esto hubiera sucedido, el Control de Misión no tenía que ponerse a inventar alguna acción en ese momento, sino buscar la sección apropiada y ver su solución.

      Aunque pueda sorprendernos, años antes del Apollo 13 se había estudiado la posibilidad de emplear el Modulo Lunar como nave de salvataje y también se había navegado en el espacio simulando las difíciles condiciones de visibilidad que vimos en la película. Si bien era imposible preveer todos los escenarios posibles, parte del éxito se debió a la existencia de una organización debidamente estructurada y basada en procesos para manejar estos casos; cada una de las decisiones tomadas durante esta crisis no fue improvisada.

Secciones: Sci & Tech Etiquetas: Apollo

El astronauta de los astronautas

10 enero, 2011

I can’t think of a single job I’d rather have – in this world or out of it.»
John Young

      Si hubiera un título de “El astronauta de los astronautas” y, por alguna razón fuera yo quien debiera otorgarlo, sería para John Young. Seguro, pocos han oído su nombre, no es un Gagarin o un Armstrong, pero su carrera de cuatro décadas es un fenómeno irrepetible (literalmente). Les contaré un poco de él pero les adelanto que fue el primer hombre en ir seis veces al espacio y que pertenece a la selecta docena de personas que han caminado en la Luna.
      A los 22 años, tras graduarse con honores de ingeniero aeronáutico, ingresa a la naval para pelear en Corea y luego convertirse en piloto de pruebas, aquí establece dos récords mundiales al obtener el menor tiempo en alcanzar grandes alturas.
      En 1961 se convierte en astronauta del segundo grupo de la NASA («los Nuevos Nueve”) en una era en que los elegidos recibían entrenamiento de supervivencia en la selva por si la nave caía en alguna zona remota y estas contaban con primitivas computadoras (casi todo era manual).       Fue el primero de su promoción en realizar un vuelo, el Géminis 3, estrenando y probando una nueva generación de astronaves. La misión también es la primera en la historia en que se cambia la órbita y plano orbital de un vehículo tripulado, esto puede sonar algo técnico, pero significa que por primera vez se controlaba por dónde se conducían en el espacio.
      Cuatro años después, comanda el Géminis 10, en la cual Michael Collins realiza dos caminatas espaciales. El ritmo cardiaco de Young al momento del reingreso a la atmosfera fue de los más bajos, demostrando su carácter sereno e imperturbable ante uno de los momentos más peligrosos que tiene este tipo de viaje.
      Su tercer vuelo, lo condujo por primera vez a la Luna en el Apollo 10 (1969), en el que se siguieron todos los pasos necesarios para poner a un hombre en la superficie selenita salvo descender los últimos quince kilómetros. Aquí se convierte en el primero en orbitar nuestro satélite a solas, mientras sus compañeros partían en el módulo lunar. Si bien no comandó el vuelo, su excepcional experiencia era necesaria ya que de haber alguna emergencia, él debería ser capaz de resolverla por sí mismo.
      En su cuarto vuelo comanda la séptima misión a la Luna, el Apollo 16, quedándose allí por tres días, camina sobre las montañas de Descartes totalizando casi 20 horas en el exterior y maneja el Rover, un pequeño carro lunar propulsado a baterías, por unos 26 kilómetros. Lo que para muchos fue el fin de su carrera, ¡¿para qué tomar más riesgos si ya se ha vivido tres días en otro mundo?! , para él fue solo un encargo más: Young permanece a la espera del siguiente modelo de nave, del transbordador espacial. Su sed por los viajes a la última frontera parecían nunca menguar.
      Desarrollar esta máquina tan compleja, que despega como cohete y aterriza como un avión, le tomó a la agencia espacial casi 10 años, pero en 1981 comanda al fin el primer vuelo de esta nueva era, en la primera vez que una nave se prueba sin ningún viaje previo sin pasajeros.
      El sexto y último vuelo de Young fue para llevar el laboratorio Spacelab (1983). La misión completó exitosamente todos sus objetivos mientras que los especialistas realizaron más de 70 experimentos en los campos de física atmosférica, observaciones de la Tierra, física de plasma, astronomía, física solar y ciencia de la vida.
      En el 2004, tras haberse desempeñado como Director Asociado en el Johnson Space Center, se retira luego de 42 años de servicio en la NASA, la gran parte del tiempo como astronauta activo y algunos señalan que, si no fuera por su “franqueza” al expresar sus preocupaciones sobre la seguridad de los transbordadores, hubiera realizado más vuelos.
      Young no solo pertenece a la época de los pioneros que cruzaron por primera vez la última frontera, en lo que hoy son primitivas máquinas, sino que dentro de ese grupo fue quien mayor experiencia de vuelo alcanzó. Curiosamente, a diferencia de la gran mayoría de sus compañeros, nunca ha escrito sus memorias ni hay un libro sobre su vida, convertiéndose, digo yo, en un héroe solo para conocedores.

Secciones: Sci & Tech Etiquetas: Apollo

Anotaciones desde Chanchamayo

6 enero, 2011

De los treinta y dos posibles tipos de clima, el Perú tiene veintiocho. Bárbaro. Si bien no todos me gustan, como acabo de comprobarlo, es sorprendente saber que a solo 8 horas de Lima, por una emocionante y sinuosa carretera, se puede experimentar la mismísima selva de Tarzán, con la diferencia de que él no parecía sudar tanto como yo lo hice en los pocos días del viaje.

Chanchamayo tiene el encanto que muchos capitalinos encontramos en las ciudades pequeñas: sencillez, poca gente (en este caso, la población de Lima dividida entre 60) y relativa tranquilidad. Súmese a eso un abundante verdor, como si fuese el color favorito de un pintor gigante que lo usa con mil tonos, revistiendo las montañas, los lados del camino y cuanto lugar se mire. ¿Algún punto en contra? Para los nuevos como yo, un clima que al inicio parece agredir por su calor, humedad y lluvias locas, pero que son parte de la experiencia.

Desde la Plaza de Armas se pueden tomar varios tours a módicos precios, previo acoso de los “jaladores” de las agencias de turismo. La mayoría de estos duran un día y se centran en conocer los bellos paisajes, la riqueza natural de la zona, caminatas, ver cataratas que parecen esconderse, visitar puentes y algunos lugares con historia… Conté hasta seis distintos recorridos turísticos, aquí les cuento sobre un par de estos que tomé:

Tour La Merced/San Ramón. Tras un ascenso de media hora a pie, por un sendero cubierto de árboles que techan todo el trayecto, se llega a la catarata de Tirol. La potente caída de agua, alta y blanca, es impresionante. Luego puede visitarse un mirador que abarca a toda la Merced (y a la vez, comparar lo insanamente grande que es Lima), conocer el pueblo de San Ramón o ingresar al Mariposario de la Zhaveta en donde los que esperan a las pobres mariposas encajonadas se llevarán una decepción, pues están libres y no siempre posan para las cámaras. Aquí también hay boas, que por un nuevo sol (entregarlo al amo, no a la boa) se dejan usar cual bufandas.

Tour por el Valle del Perené. Empieza por el puente Quimiri, que según entendí tiene más de cien años y 90 metros de largo. Lo que me sorprendió en realidad, fue la habilidad de un conductor que, frente a nosotros, cruzó con su camión con poco margen de seguridad, maniobrando en la estructura que parecía danzar con el viento (¿existe algún santo patrono de los cruzadores de puentes?).

Aquí se visitan las bellas cataratas Bayoz y Velo de la Novia, que aparecen como recompensas tras un breve esfuerzo por alcanzarlas, en estas fechas, bajo la lluvia. Puede verse también la confluencia de dos ríos, unidos pacíficamente delante nuestro, para formar uno nuevo (Paucartambo y Chanchamayo formando el río Perené).

Se continúa con un encuentro con una comunidad Ashaninka, la cual te maquilla y trajea a su usanza (imposible negarse, hay gente con lanzas mirando), para hacerte bailar al ritmo de una alegre canción. Un encanto.

Casi al anochecer, te conducen al puerto Pichanaki, para un paseo fluvial en bote a motor que es divertidísimo a pesar de que el cinéfilo capitán había bautizado su embarcación como “Titanic”. Los sobrevivientes podrán luego, con algo de suerte, ir a degustar un rico café (Chanchamayo es «La Capital Cafetalera del Perú»)

En definitiva, por su cercanía y belleza, Chanchamayo y alrededores es un destino imperdible que vale la pena conocer. Aquellos que desean experimentar un ambiente, clima y entorno tan distinto al costeño no saldrán decepcionados, interesante saber que la naturaleza puede darnos tantos contrastes.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: chanchamayo, viajes

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