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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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humor

4 Consejos para el domingo de elecciones

31 mayo, 2011

      Tras el debate de anoche, para muchos aumentaron las dudas. Por un lado, sobre la calidad de las universidades norteamericanas que, a pesar de ser muy costosas, no garantizan que una egresada (que estudió con nuestra plata) tenga un desempeño siquiera decente en un intercambio de ideas. Acartonada y ceñida a un libreto, no tuvo el peso necesario (no hablo del físico) para que los indecisos como yo terminemos de animarnos por proclamarle el mal menor o pudiéramos hacer la vista gorda a los terribles pasivos del gobierno que representa.

      Frente a ella, sonreía angelical el comandante. Verlo traía a mi memoria la segunda conversión más grande de la historia, la de Agustín de Hipona, que costó a su madre años de oraciones antes de que el “San” se agregue a su nombre. Felizmente para sus seguidores, a Humala le costó solo un par de días pasar de doblemente golpista a encarnación de la democracia, de acérrimo admirador de Velasco a…un ser pensante, de estatista a defensor del libre mercado. Viste de blanco, lleva el rosario en la mano y poco le falta para bendecir a los partidarios que, en sus mentes, borraron el cassette de los últimos años.

      Uno de ellos será elegido Presidente, sin importar qué tan fuerte cerremos los ojos en estado de negación. A menos que faltemos a nuestro deber de asistir a las urnas, y por ende regalemos nuestra plata justamente a cualquiera de los dos, marcaremos un voto que podrá ser liberador (nulo o blanco) o el del menos malo. En todo caso, creo que es importante que nos vayamos mentalizando para que ese día sea lo menos doloroso posible. He aquí algunos consejos para lograrlo:

No conduzca el día de elecciones. Lima es terrible para conducir, se respetan las señales de tránsito con el mismo tesón que las promesas electorales. La luz direccional está de adorno, así como los planes de gobierno. No me sorprendería encontrarme el 5 de junio, producto de la frustración, con conductores que choquen al cambiar brutalmente de carril para protestar contra la «derecha» o la «izquierda». Los que tengan un carro parecido al de Jaime de Althaus, doblemente abstenerse.

No diga por quién votó. Dado lo parejo de la elección, existe un 50% de probabilidades de que no coincida con quien lo interroga. Siempre estas épocas desencadenan pasiones, de las malas, y es mejor no contar su voto a menos que esté seguro de que la otra persona no porta armas.

Prepárese para lo que pueda venir. En lo personal, me tiene sin cuidado si todos los científicos sociales (o “politólogos”) del país apoyan al Comandante o si el ex candidato de nacionalidad gringa apoya a la Heredera. Todos están apostando, efectuando un acto de fe, ya sea por una conversión de las camisas rojas o el blanqueado de la mayor mafia que hemos tenido. Nadie sabe lo que pasará, así que mejor postergue la compra del LCD de 50 pulgadas para dentro de unos meses.

Escriba una carta amenazante a algún candidato de la primera vuelta. No será de mucha ayuda real, pero sin dudas lo relajará. Coja una hoja bond, goma o pegamento, recorte palabras obscenas de los periódicos y forme oraciones amenazantes, de desprecio o de despecho, usted elije, dedicadas a uno de los tres culpables que postularon, no se pusieron de acuerdo y nos dejaron en esta miseria. No olvide dejar en blanco el nombre del remitente. Sentirá un momentáneo alivio.

      Si tiene algún otro consejo, que crea pueda ayudarnos a tolerar el domingo, por favor compártalo.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: humor

Por qué ser astronauta (encuesta)

11 marzo, 2011

      Muchos no lo saben, pero en los años 60, los astronautas eran los rockeros de su época (y los rockeros de los 60 eran… bueno, los rockeros de los 60). Famosos, idolatrados, acosados por la prensa, perseguidos por admiradoras. Ser astronauta, ¡era ser sexy! Todos querían un recuerdo, un pedazo de camisa, un botón y, ¿porqué no?, hasta un mechón de Neil Armstrong. Sino, pregúntenle a Marx Sizemore, su peluquero convertido en Dalila, quién vendió su cabello el 2005, mismo año en que, coincidentemente, fue demandado.

      Hoy, eso ha cambiado para siempre. Las “groupies” han vuelto a su negocio principal, los músicos, dejando de lado a los hombres que solo se elevan en aeronaves y ascensores. Hay más viajeros espaciales que ganadores de Grammys, y la cuenta sigue en aumento: empresarios, ingenieros y desafinados por igual, desean alcanzar las estrellas. Pero, ¿para qué ser uno de muchos?, podemos preguntarnos, ¿qué motiva a los nuevos astronautas?

      Es una lástima no tener encuestas a la mano, pero dada la importancia del tema y la costumbre nacional de inventarlas, tras una profunda reflexión me permito listar las razones por las que creo, muchos están juntando para subir a la órbita:

• Los motiva establecer un récord Guinnes (35%):
Seguramente hay muchas “primeras cosas” por hacer “allá arriba”, como pisar Marte, descubrir alguna forma de vida, embarazar a alguien en cero gravedad o lanzar cosas a los autos desde gran altura.
Sin dudas, el espacio es el paraíso de aquellos que monociclo en mano o bolas de billar en boca, esperan entrar al libro del señor Guinness. Ya en 1962, John Young entró a éste por ser el primero en comerse un sándwich mientras con la otra mano conducía su cápsula y llenaba de migajas la cabina. Imagine lo que usted podría hacer “allá” si no le teme a la ira de las autoridades, como le sucedió a Young por no consultar antes de engullirse tamaño bocado.

• Los motiva ser famosos (28%)
Si cree esto, es que no han leído este blog. Si bien antes, el astronauta era profusamente fotografiado y hasta su radiografía dental aparecía en los diarios, hoy ni la NASA sabe los nombres de los tripulantes del Transbordador Espacial, quienes ahora usan trajes tallas small, médium o large, a diferencia de antaño que eran hechos a la medida.
Felizmente, esto podrá variar si le toca la misión de salvar al planeta del asteroide CMG 200405 que impactará a la Tierra en agosto del 2011. (¿Qué?, ¿no lo sabía?).

• Huyen de algo o de alguien (24%)
Los motivos por los cuales alguien inicia una graciosa huida, pueden ser muchos, válidos y muy respetables: no querer pagar impuestos (en el Apollo 13, Jack Swigert salió de casa rumbo al espacio sin efectuar el pago a la renta), una esposa que insiste en querer vivir con uno o acabar de atropellar a una persona importante y que ésta sobreviva para denunciarlo a pesar de pasar por encima suyo dos veces. En estos casos, el espacio es una salida digna, pero solo temporal, lamentablemente.

• Desean develar los misterios del universo (1%)
Muchos desean mirar a los ojos al Universo y obligarlo a revelar sus secretos más profundos (¿cuál es la dieta que funciona?, ¿Charlie Sheen tiene sangre de trigre y ADN de adonis?, ¿Para qué existimos?) y no quieren buscar las respuestas en la Internet en donde ya se encuentran todas las respuestas, sino que más bien creen que la conexión a bordo será más rápida.

      Seguramente usted podría tener otras motivaciones pero, asumamos que no desea que lo señalen y se rían de usted llamándolo “error estadístico” u “otros”. A nadie le gusta que lo llamen así. Siendo entonces que pertenece a uno de los grupos expuestos arriba, le alegrará saber que en un próximo post le contaré cómo puede lograr ir al espacio, en esta época carente de astro-groupies.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: humor

Despidiendo a mi celular Androicito (humor)

3 febrero, 2011

      Con frecuencia, los ingenieros elegimos vivir al filo de la navaja y buscar peligros innecesarios. Compensamos así el hecho de no ser pilotos de combate o repartidores de SOAT en hora punta; por ello, sentados frente a la computadora del trabajo y en un arrebato adrenalínico podemos retirar la memoria USB sin fijarnos si terminó de grabar o desconectar al antivirus por una hora para ver qué pasa. ¡Emocionante! Otras veces, en el colmo de la audacia, compramos por Internet aparatos sin garantía o … teléfonos desbloqueados.

      Aún recuerdo la noche en que metí mi número de tarjeta en la página de E-bay, a sabiendas que podía ser una acción temeraria.  Parecía una forma económica de obtener un respetable Android cuya fotografía me coqueteaba junto al texto con su descripción, ¡era perfecto! pero había un pequeño detalle, como siempre lo hay cuando se negocia con lo prohibido, si venía malogrado no tenía forma de reclamar.

      Cuando llegó a mis manos, lo primero que hice fue revisarlo para ver si me vino completo, cual padre primerizo, y como éstos, con poca chance de devolverlo de no estar conforme, ¡pero estaba conforme! y a pesar de que demoraba un parto en prenderse, una vez que lo hacía, su desempeño era estupendo, al menos hasta hace unos días, en que mi salvapantallas del Pato Lucas dejó de mostrarse.

      Un Android es en realidad, por si no lo saben, una computadora a carta cabal que por añadidura, puede timbrar y recibir llamadas. Al igual que con las PC, se le puede instalar miles y miles de programas, y aún cuando las estadísticas demuestran que casi todos se usan a lo más una sola vez, uno disfruta siempre del fútil esfuerzo de descargarlas y perder el tiempo. ¡En mi Androicito instalé de todo!, quería aprovechar la máquina al límite (para continuar con esto de las emociones fuertes).

      Por ejemplo, esta maravilla de bolsillo viene con GPS. Dado que carezco del gen de la orientación, me caía a pelo, porque si bien todas mis habilidades sociales nacen de la necesidad de pedir referencias y direcciones, había llegado el momento de ser independiente. Y lo fui. Por unas semanas, en las que podía ver en el brillante mapa todas las veces que me pasaba de largo .

      Otro programa que cargué, al menos dos veces, fue el planetario. ¡Maravilloso!, me evitaba salir al patio de mi casa, o al jardín del frente, para mostrarme cómo luce el hermoso cielo estrellado de Lima. Claro que si me ganaba el espíritu aventurero, salía al exterior, Androicito en mano, y confirmaba cómo la esfera celeste cumplía con las ubicaciones que mi celular le marcaba. ¿Se puede pedir más? (¿Aparte de que no se malogre?)

      Hoy, me siento herido, traicionado por la misma tecnología a la que rindo pleitesía a diario. Tecnología que nos rodea en todas sus formas. Puedo entender haberme quedado botado con el auto por el sistema eléctrico, o que el marcapasos del abuelo haya fallado, pero que justamente mi nuevo compañero de juegos, que iba conmigo a todos lados, ya no funcione tras tantas vivencias, es demasiado dolor.

      Mientras escucho el réquiem de Mozart, pondero renegar de las máquinas, simplemente no usarlas, convertirme al ludismo, dejarme crecer la barba e irme a vivir a una cabaña sin corriente eléctrica a lo Ted “Unabomber” Kaczynski. No lo sé. La pantalla negra del Android, muerta e inservible parece burlarse de mí. Y ahora que veo el recibo, por más de cien soles, que costó la inútil revisión del técnico, me pregunto: ¿por qué tuve que ser tan osado con la tarjeta de crédito?

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