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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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¿Adiós a los Top Guns?

8 abril, 2010

      ¿Recuerdan a ‘Maverick’, el piloto de caza de F-14 que interpretó Tom Cruise en Top Gun? No recuerdo si en la película había alguna trama o historia, ¿había?, pero es inolvidable la imagen de póster de reclutamiento que la fuerza aérea americana nos dejó grabada: un joven osado, su chamarra de vuelo, lentes rayban y un jet de millones de dólares para surcar los cielos. Pues bien, en un futuro no muy lejano, esto podría cambiar para añadir a la fotografía… ¡un joystick de computadora!. Hay motivos para pensar así.

      Tomemos por ejemplo la decisión de Obama de cancelar la construcción de nuevos F-22, super aviones concebidos en plena guerra fría para pelear contra los rusos a un costo de centenares de millones de dólares la unidad, impresionantes pero inútiles en escenarios como Afganistán e Irak para los que no han participado en misión alguna y mucho menos entablado algún combate (apuesto que el que aparece disparando en “Duro de matar 4” junto a Bruce Willis es sólo de una maqueta). En su lugar, el presupuesto se está derivando hacia los UAV o vehículos aéreos no tripulados (por sus siglas en inglés), que con nombres como Predator o Global Hawk son maquinarías mucho más pequeñas y simples que no llevan piloto alguno sino que son controladas desde miles de kilometros de distancia por control remoto.

      El cambio de visión no sólo se ha hecho notar en la redistribución del gasto, sino en la elección del nuevo “Jefe” de la USAF quien, a diferencia de sus predecesores, en sus años mozos no piloteaba glamorosos cazas sino aviones de transporte a hélice (como el C-130), lo cual marca una clara diferencia de dirección. Parece que para los estrategas del Pentágono no es difícil decantarse por estos aparatos que pueden patrullar, lanzar ataques y apoyar a las tropas en tierra sin exponer a nadie, por lo que muchos consideran que algún futuro General podría provenir de esta nueva cantera de aviadores.

      En la actualidad no transcurre un mes sin que las noticias no informen de estos UAV lanzando misiles en la frontera pakistaní eliminando líderes talibanes o a presuntos terroristas, dirigidos por oficiales que desde una cómoda oficina les envían órdenes a sus avatares sobre el desierto. Esta reciente casta de soldados se encuentra en aumento, se estima que en este año se entrenarán a más “pilotos virtuales” que a los usuales de caza o bombarderos, con lo cual muchos podemos preguntarnos (a desmedro de los Top Gun de los 80): “¿A dónde llevo mi joystick para postular a una plaza?”

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: aviación

Y Juan dijo: ¡pero es ficción!

24 marzo, 2010

      Sucede muchas veces en la cafetería a la hora de almuerzo que nos encontramos conversando de alguna película, obra o autor y termino exacerbado quejándome de la falta de verosimilitud o de los datos erróneos que muestran. Lamentablemente para mí, soy una persona bastante expresiva y apasionada, lo cual se nota más entre amigos o cuando uno de ellos, llamado Juan, de manera imperturbable y monótona cancela mí diatriba emitiendo su juicio inapelable: ¡pero es ficción!

      Cuando ocurre esto, por algunos segundos me pregunto si él al menos escuchó alguna parte de mi comentario o si lo que de verdad intenta es que yo deje de gesticular con las manos como me viene de herencia, pero cuando añade detalles del tipo “¿a ti qué te importa si el héroe con una granada mató a quinientas personas o si creen que Paris queda en Alemania?” me convenzo de que sus razones van más allá, intenta decirme que si es ficción, nadie está rompiendo ninguna ley escrita con las fallas que le pueda yo encontrar. Siento que no puedo estar del todo de acuerdo.

      Creo que en ese mundo rotulado como ‘ficción’, existe una dinámica importante entre, digamos, el guionista y el espectador: uno se toma ciertas licencias y el otro acepta la cantidad que considere justa. Es válido tomarse ciertas libertades en beneficio de la historia, por ejemplo, cotejar huellas dactilares en una base de datos tarda más de lo que se ve en CSI pero pocos desean ver como el técnico se toma un par de días para hacerlo. En mi caso, la tolerancia se agota cuando, como en el caso de Dan Brown y su Código da Vinci, se nos quiere hacer creer, por ejemplo que el Opus Dei tiene monjes en sus filas, tras esto, cualquier persona informada puede pensar que el autor: a) tiene un permiso 007 para matar a la verdad, b) no tiene Google en casa para investigar un poco del tema o c) mientras escribía pensó para sí mismo “¡pero es ficción! (con la misma voz de mi querido amigo)

      El problema puede radicar en que muchas veces, un gran porcentaje de la población adquirirá una imagen equivocada de un segmento más pequeño de la misma, como ha sucedido últimamente con la ganadora del Oscar “The Hurt Locker” que ha recibido innumerables reclamos de veteranos de Iraq quienes consideran que no se ven correctamente representados ante sus conciudadanos; quizá por ello, productores como Tom Hanks, reconocen en entrevistas que sus miniseries son la única historia con la que cuentan muchos para saber cómo sucedieron las cosas, ya sea en la Segunda Guerra Mundial o en el programa espacial Apollo.

      Al final del día, siempre será cuestión del ‘consumidor’ el aceptar o no lo que se le muestre, después de todo, si bien no considero válida la expresión “¡pero es ficción!” para dejar de juzgar una obra, creo que es también una respuesta válida y útil, sobre todo a la hora de almorzar… almorzar tranquilos…

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: ficción

Ganador del Nobel de física, pintor y abridor de cajas fuertes

21 marzo, 2010

“What I cannot create, I do not understand”
Richard Feynman, anotación dejada en su pizarra antes de morir.

      Imagine esto: Un hombre en sus cuarenta intenta entregar un cuadro que le comisionaron para una casa de masajes, dado que el dueño fue arrestado, guarda su obra de nuevo en la camioneta y, con la bendición de su esposa, recorre los burdeles de Pasadena (California) para intentar venderlo. ¿Me creería que estoy hablando de uno de los mayores físicos del siglo pasado?, ¿de un ganador del Nobel de física?

      Tras leer sobre la vida de varios científicos e ingenieros, puedo decir que la de Richard Feynman (1918-1988), nuestro pintor, tiene una de las más coloridas y llamativas con las que me he podido encontrar; pareciese que su mente curiosa e inquisitiva nunca podía quedarse quieta, ya sea para ser el primero en descubrir una ley oculta del microcosmos, gastar bromas a sus colegas y funcionarios públicos o romper las normas que le impusiesen. Sus intereses fueron más allá de la física, cursó con los mejores temas de biología, matemáticas, psicología o filosofía, fuera del mundo académico aprendió a pintar y en Brasil, en una escuela de samba de las clases marginales, a tocar la frigideira lo bastante bien como para ser incluido en el carnaval de Río.

      Sus credenciales lo llevaron a participar como joven profesional en el proyecto Manhattan, que tuvo por meta el construir la primera bomba atómica, para lo cual se trasladó a los Álamos, a una pequeña ciudad cercada que los militares habían construido en secreto y en donde en su tiempo libre se empeñaba en cosas creativas como aprender a abrir cajas fuertes o reparar las calculadoras (en aquella época mecánicas) y computadoras que constantemente se malograban, a tal punto que si alguien necesitaba el documento de un colega que se encontraba de viaje y no podían ubicarlo, pedían los servicios del curioso profesor. Se entretenía probando los niveles de control que por la guerra habían impuesto a las comunicaciones, buscando los límites de lo permitido; esta libre actitud es clara cuando en la primera prueba de la Bomba no usó los lentes oscuros que le dieron sino que, luego de un examen lógico de la situación, se convierte en probablemente el primer observador en mirar una explosión nuclear con sus propios ojos.

      Siendo yo alumno universitario compré uno de sus textos de física, por entonces sabía muy poco de la fama que precedía al autor, pero entre los varios que leí por entonces, el suyo se diferenciaba del resto por la inusual profundidad con la que abarca cada fenómeno; podía decir las cosas más complicadas de la forma más clara posible por el simple hecho de que las entendía como pocos. Quizá por ello al leer hoy su semi autobiográfico “Surely You’re Joking, Mr. Feynman!” uno puede deleitarse, pero no tanto sorprenderse, al saber que de niño reparaba radios “pensando” o creaba sus propias demostraciones de teoremas que muchos años después encontraría en estudios superiores.

      Dos años antes de su muerte, el laureado Nobel, quien en su momento pensó en rechazar el premio por no gustarle las pompas, fue convocado para formar parte del panel que investigó la catástrofe del transbordador Challenger. Su participación fue fundamental y ya es legendario el experimento que realizó de improviso para demostrar la fragilidad a bajas temperaturas de un material de los cohetes: en una reunión de trabajo sumergió una muestra en un vaso de agua fría, tras lo cual era visible la fragilidad del elemento, que en su momento fue expuesto a las temperaturas que reinaron el día del fatídico despegue que acabó con la vida de siete astronautas.

      Al leer el sin fin de anécdotas que nos presenta en Surely, uno no puede dejar de hacerlo sin una constante sonrisa en los labios o sin sentirse invitado a conocer más del funcionamiento del mundo que nos rodea a traves de la ciencia, después de todo, parece que la mayor parte del tiempo le fue muy divertido.

________________________________

PS: Quizá algunos encuentren interesante saber que hay una obra de teatro que gira en torno a Feynman y en la cual es el único personaje en escena, se llama QED, y en el primer montaje lo interpretó el gran Alan Alda; apenas termine de leerla espero poder comentarla.

Secciones: Libros, Sci & Tech Etiquetas: Feynman

Las avionetas de mi pasado

8 marzo, 2010

      Es natural que la carrera de los padres marque de algún modo a los hijos, ya sea al momento de elegir sus respectivas profesiones, transfiriéndoles habilidades o sembrando intangibles recuerdos; esta última categoría se me viene a la mente al leer la reciente noticia de que la FAA (el máximo regulador aéreo de los EEUU) ha suspendido a dos controladores de tráfico por poner en el micrófono a un niño en comunicación con una aerolínea. Siendo menor de edad, conocí por dentro varias torres de control y si bien a nadie se le ocurrió el que me comunicara con alguna aeronave, en casa sí teníamos una radio de banda aérea por la que podíamos oírlas en sus maniobras de aterrizaje.
Recuerdo que en el aeropuerto de Collique, antes que la Dirección General de Aviación Civil (DGAC) se encargara de destruir, por su incompetencia, a la pequeña aviación en el Perú, existían numerosas empresas con sus hangares, talleres y por supuesto, avionetas. Mi papá trabajaba para una de ellas, y cuando era momento de usarlas para que acumulen horas de vuelo, era la oportunidad ideal para llevar a sus retoños. También podíamos correr y jugar en el taller y de paso subirnos a estos aparatos, creyendo que ya estábamos volando, pero la verdadera emoción se daba luego. Uno de los primeros en que recuerdo haber paseado fue el clásico y mítico PA-18, hermoso y versátil, hecho de lona. El techo era translúcido, lo cual incrementaba la sensación de vacío una vez que estábamos allá arriba. Lo último que supe de él, perdón si hablo de ellos como si se tratasen de personas pero uno llega a querer a estas máquinas, es que lo habían adaptado para fumigación agrícola.

El Mooney es el segundo en que recuerdo haber surcado los cielos, era mucho más refinado que el guerrero PA18. La cabina se sentía bastante más cómoda y contaba con un doble juego de instrumentos para el copiloto; yo iba en el asiento de atrás en donde había incluso una cortinilla (que no usaba, claro). El tren de aterrizaje es retráctil, por lo que debe “guardarse” (dentro del fuselaje) tras el despegue y luego “sacarse” a ciertas velocidades; sucedió la primera vez, que ni mi padre ni su copiloto conocían la velocidad a la cual debe manipularse las ruedas de éste (en pleno vuelo ocurrió un diálogo de este tipo: “¿Cómo, tú no lo habías volado antes?”, a lo que él otro responde, “Pensé que TÚ lo habías hecho”). Gajes del oficio. Pero no se preocupen, nunca hubo peligro alguno, tan solo una anécdota más a las miles que todo aviador experto colecciona.
Creo que el Mooney lo vendieron a una compañía en la selva, fue de los primeros que se vendieron en la empresa, dado que transportaba pasajeros y éste no era el rubro del negocio, sino la fumigación aérea.
Siguiente, pero no menos importante, tenemos al Piper Colt, el cual es personaje de una entrada previa. Con él fue la primera vez que me enseñaron a “taxear” (conducir la máquina en tierra) y luego despegar para, algunos años después, aterrizarlo. Lo recuerdo como una piedrita, quitas la potencia y cae a mayor velocidad que lo haría el PA18 (con su enorme envergadura). Posteriormente le agregaron unos “tips” o extensiones al final de cada ala.


Cuando viajábamos a provincias, podíamos hacer recorridos en el Piper Pawnee, una esbelta nave nacida con el propósito de rociar las chacras de agroquímicos. Cuenta con un potente motor que le permite llevar con facilidad su carga y cuando vuela, usualmente a un metro sobre los sembríos, pareciese que avanza con “la nariz” hacia abajo, esto es para facilitar la visión del piloto que, de paso, debe esquivar árboles y postes. ¡Me encantaba cuando venían los traslados de valle a valle (o ferrys)!, porque sabía que era mi hora de…¡Pasear!, lo cual significaba volar bajo al lado de la carretera, hacer señas obscenas a los ómnibus o el que me prestasen unos minutos la palanca de mando.


Hubo otros aviones en mi pasado, pero los siento menos “míos”, quizá porque mi padre no era el conductor o porque solo di una vuelta en ellos: un ultraligero, un bimotor y aquellos que te dan vueltas por Nazca; evidentemente que los enormes Boeing o Airbus de pasajero no van en esta lista.
Ahora que veo sus modelos en fotografías, no puedo dejar de sentir una profunda añoranza y preguntarme si habrá alguna avioneta en mi futuro.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: aviación

Obra de teatro comentada: Visitando al señor Green

2 marzo, 2010

      Todo empezó con una puerta cerrada en medio de un escenario vacío y una música ambientadora que parece provenir de alguna radiola.  El posterior silencio da lugar a un insistente timbre que convoca al anciano propietario del vetusto departamento, el señor Green, quien aparece en escena, con la expresión de quien no acostumbra recibir visitas. Abre, y bajo el dintel aparece un joven con barba de algunos días: el joven señor Ross Gardiner. Este último no es un familiar lejano del primero, ni un visitador médico, ni se ha equivocado de dirección, lo que sucede es que Ross ha sido castigado, penalizado por un juez quien ha dictaminado que deberá servir al ochentón, ahora sorprendido, durante cada semana y por varios meses dado que casi termina por atropellarlo en un accidente automovilístico.

      ¿Qué es lo que obtenemos? Un curioso tipo de justicia práctica, que obliga a dos personas diametralmente opuestas a mantener cierta convivencia en común.  Si bien es una formula conocida y explorada muchas veces, aquí nos encontramos ante una propuesta interesante y magníficamente narrada que mantiene fácilmente la atención del espectador, que verá en dos actos cómo la relación entre ambos caracteres (y ¿por qué no?, entre sí mismo y la ficción de la que es testigo) evoluciona, no sin tropiezos, hacia un destino ciertamente trascendente.

      Tanto Gardiner como Green tendrán algunos secretos que se revelarán en medio de la sensibilidad del primero y la hosquedad del segundo, entre la flexibilidad del joven y la ultra ortodoxia del viejo, entre la apertura del soltero abogado corporativo y los oídos sordos de aquel ex tendero viudo que nunca tuvo una discusión con su esposa. La antes mencionada puerta frente a la sala, ofrecerá a estos dos individuos la oportunidad de pequeños respiros, recesos necesarios en una coexistencia forzada.

      “Visitando al Señor Green” es una exitosa comedia dramática, que desde su estreno en 1996 ha sido  montada en decenas de países, escrita por el norteamericano Jeff Baron nos entrega una encantadora historia que, colateralmente, nos hace pensar también en la soledad de la vejez. La puesta en escena ofrecida en el ICPNA ha sido estupenda, así como las actuaciones de Cesar Ritter y Carlos Tuccio, quien nos entrega un inolvidable retrato de alguien totalmente imperfecto, y hasta necio, pero que no deja de irradiar por ello simpatía y alrededor de él gira la trama.

Para los interesados en ir a verla, estos son los datos:
Lugar: Auditorio Icpna Miraflores
Dirección: Av. Angamos Oeste 120 – Miraflores
Fechas: Del 08 de febrero al 14 de marzo, de jueves a lunes

PS: No puedo evitar preguntarme si, forzando a los conductores limeños a visitar a sus casi-victimas (aquellas que logran esquivarlos), obtendríamos algo positivo.  Claro, el problema sería que al cabo de algún tiempo, entre tantas visitas, pocos tendrían tiempo para manejar.

Secciones: Teatro

Obama cancela el nuevo programa lunar tripulado

1 marzo, 2010

      Entre las 126 cancelaciones, reducciones y otras áreas de ahorro propuestas en el actual presupuesto de los Estados Unidos figura el terminar, radicalmente y sin entregar un solo centavo más, con el programa Constellation que, dirigido por la NASA, tiene entre sus metas el llevar astronautas en un vehículo reusable al espacio y el de colocar de nuevo al hombre sobre la Luna. Como era de esperarse, entre los sectores involucrados, las reacciones se encuentran divididas entre dos polos antagónicos y distantes, la gran pregunta que surge es: ¿debe cancelarse esta iniciativa espacial que ya va costando nueve mil millones de dólares y que contiene una meta tan importante?
      Un desencuentro tan visible de opiniones no era difícil de esperar, pocos de los otros 125 desafortunados miembros de la lista están ligados tan directamente al orgullo nacional y a un liderazgo indiscutible que parece estar a punto de ser entregado a las nuevas naciones, que empiezan a aventurarse con mayor confianza más allá de la última frontera. Para los que seguimos con frecuencia este rubro de noticias, ha sido una sorpresa el repentino anuncio, pero parece que también lo ha sido para el mismísimo personal de la NASA, cuya mayoría ha sido informada al mismo tiempo que el resto de simples mortales. Esto puede significar una mala estrategia de comunicación por parte de los defensores de la propuesta, lo cual no hace más que complicar la situación para Obama, quien se convertiría en el primer presidente en cancelar los planes espaciales de un antecesor en el cargo.
      Cuando el 2003 el transbordador Columbia se desintegró regresando a la tierra, George W. Bush no sólo ordenó un panel investigador del trágico accidente, sino que aprovechó en dictaminar lo que la Agencia Espacial debería hacer en las próximas décadas; como resultado de esto, nació el proyecto que ahora se encuentra en peligro de extinción. Como se definió en su momento, la nueva empresa se trataba de un “Apollo con esteroides”, es decir, se haría lo mismo que se hizo en el pasado, pero con tecnología actual. Para muchos, y me incluyo, parece ser la misma tecnología “de siempre” pero con nuevo maquillaje. Lo curioso de todo es que, a pesar de basarse en desarrollos ya existentes, el nuevo hijo de Bush tenía ya miles de millones de dólares de sobrecostos y años de atraso.
      Muchos parecen olvidar que la actual iniciativa de la Casa Blanca no se compone únicamente de esta acción revocadora, por el contrario, el dinero asignado a la NASA se irá incrementando con dos objetivos en paralelo: Crear “nuevas capacidades” y promover la industria privada de los vuelos espaciales al sector privado. Esto significa un cambio fundamental en la manera en que las cosas han venido trabajando en la joven industria aeroespacial, estamos ante un nuevo paradigma: El gobierno se dedicará a investigar nuevas formas de construir cohetes pesados, propulsar naves, crear contenedores a prueba de radiación, formas de armar estructuras en el espacio (todo esto son “capacidades”) mientras que “otros” crean los medios para alcanzar la órbita baja de la Tierra.
      Esto no parece complacer a todos, y tal como sucede cada vez que una aventura tecnológica amenaza con desaparecer, los congresistas de los estados afectados en donde se construyen las piezas del Constellation ya han pegado el grito en el cielo y amenazan con no aprobar el documento en el poder legislativo. Frente a ellos, el nuevo administrador de la Agencia Espacial, Charles Bolden, se muestra confiado: “Imaginen viajes a Marte que tomen semanas en vez de casi un año, gente desplegándose por el sistema solar, explorando la Luna, asteroides y Marte casi simultáneamente. Eso es lo que el plan del presidente permitirá una vez desarrollemos las nuevas capacidades para hacerlo realidad”
      Estamos ante un importante debate, que dictará el futuro del programa espacial americano. El presidente Obama se encuentra ante una venta difícil que no solo acompaña a todo cambio de paradigma, sino que se complica por la cantidad de intereses involucrados.

Secciones: Sci & Tech Etiquetas: Apollo, llegada a la Luna, NASA

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