Para algunos el Hogar de Cristo es tan sólo materia de chocantes noticias en los medios, tema de la chismografía local o no más que una entidad etérea, relacionada indisolublemente con el polémico padre de la camisa negra y carente del distintivo cuellito blanco. Para muchos, que invertimos parte de nuestras energías juveniles en él, encierra historias que nos ayudaron a crecer un poquito más y que independientemente de la polémica sobre la rectitud de su director y el actual declive de la institución, forman parte de nuestras vidas.
Debo haber llegado al Hogar entre el año 95 ó 96, a veces el tiempo nubla las fechas, con la intención de enseñar matemáticas o algunas manualidades (construir modelos de aviones) a los niños y chicos que vivían en el recientemente clausurado local del Rímac. Ciertamente lo de las maquetas no prosperó mucho, pero lo de la matemática caminó un tanto mejor. Mi motivación era la de convertir en acción aquellas palabras que uno repetía en las oraciones de las misas, y encontré allí un excelente lugar para llevarlo a cabo, es más, en los inicios de mi experiencia, faltaban manos en el voluntariado.
La misma semana en que inicio mi participación, nos invitaron a asistir en la que sería una actividad que me marcó lo suficiente como para incluirla en una obra que espero algún día vea la luz, la llamábamos “los viernes solidarios”. Uno llegaba bien de noche al Hogar de Cristo, escuchaba la misa del P. Martín (considero que era muy buen motivador y orador) y luego en grupos nos dirigíamos a distintos puntos del centro de Lima a distribuir sopa y comestibles. Aparece ante mí una Lima que desconocía: oscura, mugrosa, harapienta, con el olor a calle que aún creo recordar y que me entristece en estos momentos en que la describo, porque aquel lugar era y es el hogar de demasiada gente.
La actitud de los voluntarios creaba una atmósfera de colaboración y entrega contagiosa, una misión común nos unía. Junto a mis amigos, novicias y seminaristas que conocí, recibí de la gente a la que serví más de lo que podía ofrecerles. En torno a un liderazgo claro por parte de los organizadores, se articulaba un trabajo respetable en pro de la gente que lo necesitaba; recuerdo, por ejemplo, haber asistido a charlas de formación y por lo menos a un retiro.
Durante el año que duró mi servicio, nunca fui testigo de las preocupantes acusaciones que hoy acompañan al nombre del Hogar ni de nada en tal sentido; en todo caso yo era tan sólo un soldado raso que asistía entre semanas y que estaba más preocupado por la universidad y en la labor que efectuaba cada vez que participaba. Quizá por ello, para mí el nombre del Hogar de Cristo tiene un significado distinto al de muchos, conlleva una asociación más positiva, parte de una pequeña historia personal.

