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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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Caretas

El debate abierto sobre los riesgos de la Inteligencia artificial

27 julio, 2017

El reciente intercambio entre los fundadores de Tesla y Facebook, nos recuerda que no todos ven el progreso en este campo como algo innocuo.


La mañana del martes pasado, el empresario y héroe de millones de geeks, Elon Musk, publicó un poco amable tweet sobre el fundador de Facebook. En referencia a los riesgos de la inteligencia artificial (I.A.), un tema sobre el cual ambos han discutido públicamente en el pasado, señaló que: “He hablado con Mark sobre esto. Su entendimiento del tema es limitado”.

Esta guantada digital no fue gratuita. El dueño de los cohetes SpaceX y de los autos eléctricos Tesla respondía así al comentario que Suckerberg había formulado sobre él dos días antes, en el que lo calificaba de alarmista por su posición “negativa” con respecto al impacto de la I.A. Si bien la resonancia en los medios no podía faltar, ambos son celebridades en Sillicon Valley, es importante precisar que lo sucedido no es más que una muestra del continuo debate que se está dando entorno a esta tecnología.

En sus seis décadas de existencia, la Inteligencia Artificial ha pasado por diversas definiciones. Citando a la doctora Elaine Rich, y para ubicarnos en la discusión, podemos decir que es “el estudio de cómo lograr que las máquinas realicen tareas que, por el momento, son realizadas mejor por los seres humanos”. Este estudio ha dado importantes progresos en los últimos años: hoy en día programas de computadora reconocen objetos en una fotografía, traducen en tiempo real mientras hablamos, conducen carros, pilotean aviones o ganan partidas de Go a los mejores jugadores del mundo… Ante estos avances, parece válido preguntarse qué más podrán hacer en el futuro y si esto puede significar una amenaza.

Elon Musk, quien en el año 2014 declaró en la universidad M.I.T. que la I.A. quizá sea la amenaza existencial más grande que encare la humanidad, no se encuentra solo. Más de tres mil investigadores en I.A. y robótica, junto a personalidades como Stephen Hawking o el cofundador de Apple Steve Wozniak, han firmado una carta abierta en la que se declaran en contra de las armas autónomas. Estas son capaces de seleccionar blancos sin la intervención humana, en base a criterios pre-definidos (por ejemplo, un hombre en el desierto que lleva una AK-47 y es captado por las cámaras de un drone), es decir, podrían automáticamente terminar una vida humana sin la intervención de ninguna persona.

Pero las armas autónomas, que pueden recordarnos a la rebelión de las máquinas de la película Terminator, no son el único riesgo. Existen otros más inmediatos, como el impacto en los empleos que podrán tener sistemas capaces de realizar tareas mejor que nosotros. Conductores de taxis y camiones es lo primero que se nos puede venir a la mente, pero diversos estudios de gobiernos y consultoras señalan que los sectores financieros, administrativos, construcción, retail entre otros se verían impactados por programas capaces de tomar decisiones propias.

Del otro lado, Suckerberg tampoco se encuentra solo. Muchos comparten su visión de que si uno argumenta contra AI, se está haciéndolo contra carros más seguros que no tendrán accidentes o contra mejores diagnósticos para la gente enferma. En general, con miles de aplicaciones que podrán hacer a la gente la vida más cómoda.

Con la noticia de esta semana, se me viene a la memoria una pugna similar entre empresarios. En las décadas del 1880 y 1890 el inventor Tomas Edison y el ingeniero George Westinghouse discutían sobre qué tipo de corriente sería la más segura para la gente: si la continua o la alterna. Igual que ahora, ambos tenían importantes inversiones comprometidas y se manifestaban en público sobre un tema técnico pero de gran impacto social. Como probablemente suceda en este caso, se requirió de varias décadas para ver quién tenía la razón.

Este artículo se publicó en Caretas

Un teléfono para gobernarlos a todos

3 julio, 2017

Diez años atrás, el 29 de junio del 2007, empezó a comercializarse la primera generación de iPhones. Nueve años después, y tras la friolera cifra de mil millones de aparatos vendidos, Apple se ha convertido en una de las empresas más valoradas de la historia.


Es difícil ver la presentación de Steve Jobs anunciando al mundo el iPhone y no celebrar su elocuencia. Era el 9 de enero del 2007, y el famoso empresario, vestido con su uniforme de suéter negro, jeans y zapatillas New Balance se pasea frente a un enorme ecran el día en que, según sus propias palabras, ha estado esperando por dos años y medio. Nos dice que ofrecerá no uno, sino tres productos nuevos: un ipod (reproductor de música) de pantalla grande, un celular revolucionario y un dispositivo de “comunicación por Internet”.

Al inicio el público no parece captar a qué se refiere (“¿tres aparatos nuevos?”), hasta que con humor Jobs aclara que en realidad se trata de un único dispositivo, al que bautiza como iPhone. Ante los vítores de los presentes, continúa con su presentación de ventas, argumentando punto por punto porque piensa que se trata de un aparato que revolucionará la industria, comparándolo con los smartphones existentes por aquel entonces.

Aquella presentación decantaría en las innumerables colas que se formarían ante las tiendas de Apple apenas seis meses después. Pero ese día, pocos sabían que la empresa de Cupertino apenas contaba con una docena de prototipos para probar. Estos eran tan preciados, y escasos, que el que manejó Steve Jobs frente a la audiencia fue traído del Asia por un ejecutivo que viajó para tal fin. El software aún no estaba terminado, por lo que el aparato daba error si es que no se seguía una secuencia precisa de sus funciones en la demostración, lo cual hubiera causado una catástrofe a la marca. Sin embargo, ello no ocurrió y la apuesta dio sus dividendos.

Han transcurrido diez años desde que los primeros compradores salieran de las tiendas cargando sus nuevos teléfonos, sonrientes para las cámaras que registraban la noticia. Desde entonces, se ha sucedido una progresión de números que por su tamaño es difícil de aprehender. El año pasado se vendieron 212 millones de iPhones, el equivalente a 24,000 cada hora. A pesar de que solo representan el 14% del mercado mundial, se estima que toman del 60 al 75% de las utilidades en el rubro de smartphones, lo que ha dado lugar a que Apple mantengan 256,800 millones de dólares en liquidez, es decir, lo suficiente para comprar cinco veces un gigante industrial como Ford Motor.

Ciertamente que los rivales y detractores del iPhone no faltan. Con razón señalan sus altos precios comparados a alternativas más económicas y semejantes en funcionalidad, como las ofrecidas por los celulares Android. O el hecho de que es un sistema cerrado y controlado con mano férrea por Apple, quien crea conectores únicos para cargar sus baterías o audífonos que no son compatibles con otros equipos. O el hecho de que muchas de sus innovaciones ya existan previamente en el mercado. Sin embargo, ante las cifras, es indiscutible que, en el mundo de los celulares, hay un ante y después a partir de la aparición de este teléfono diez años atrás.

Este artículo se publicó en Caretas

El mundo de los “like” no tan espontáneos

26 junio, 2017

Armados de unos cuantos dólares, cualquiera puede comprar un poco de popularidad en la Internet.


Un año atrás, desde su torre en Manhattan, el empresario y celebridad televisiva Donald Trump anunció su postulación a la presidencia de su país. Las cámaras filmaron los aplausos y vivas del público, propagándolos en vivo por la televisión. Lo que no se sabía en ese momento era que, entre los congregados, había actores pagados para montar dicha algarabía. Pero este tipo de manipulación no es invento suyo, ya sea con las “portátiles” de los políticos locales o las plañideras contratadas para llorar en los funerales, la posibilidad de rentar u orquestar muestras de afecto o dolor, es una práctica que lleva tiempo.

El mundo digital no es ajeno a esto. Si bien existe la espontaneidad con la que los usuarios de las redes sociales comentan y comparten noticias, o defienden sus posiciones e ideas, es inevitable que también exista el deseo de controlar el mensaje y hacerlo parecer más espontáneo de lo que es en realidad. Esto parecería ser el caso del Grupo Gloria que, tras hacerse público su problema en Panamá con la marca Pura Vida, desbloqueó el acceso a las redes sociales (por unos días) en sus oficinas para promover la participación de sus empleados en defensa de la empresa. En comunicación interna, se les invitó a sumarse a la campaña en Facebook, Instagram, Whatsapp y Twiter como “voceros de la marca”.

Pero, volviendo al ejemplo del candidato Trump, si pagar algunos actores discretos puede requerir de buenos contactos, el equivalente en las redes sociales es mucho más simple. Para un mundo en dónde la popularidad se mide por el número de seguidores en Facebook, Twiter o Instagram o los “Likes” que consigue un post o una foto, o el número de veces en que una canción es reproducida en el portal Soundcloud, existe un mercado de proveedores para incrementar cada una de estas cifras. Así es, cualquiera armado con una tarjeta de crédito (y de poca ética, es necesario decir) puede comprar los extendidos pulgares virtuales o sus variantes: Por unos $16 ofrecen mil likes, por $12 unos mil seguidores de Instagram o de Twiter.

Estos generadores de falsa popularidad se llaman “Granjas de Clic”. Justamente la semana pasada, Associated Press dio a conocer el arresto de personas asociadas a esta actividad en Tailandia, pero los hay también en Bangladesh y Vietnam, en dónde por apenas centavos de dólar la hora, operarios emplean cientos de celulares para crear las cuentas, y los clics, por lo que los clientes pagan desde todas partes del mundo.

Evidentemente esto va en contra de las políticas de las redes sociales que requieren contar con usuarios reales, entre otras cosas, para ofrecer su publicidad. Por ello, desde varios años atrás lanzan programas automáticos que buscan purgar a los usuarios falsos, tomando en consideración su comportamiento (¿tienen fotografías?, ¿solo dan likes?). Pero esto no ha evitado que hasta el día de hoy exista la venta de estos clics, tal parece que siempre hay demanda para aplausos virtuales, así sean falsos.

Este artículo se publicó en Caretas

Cuando la verdad se encuentra en lo que no decimos

8 junio, 2017

Un nuevo libro muestra cómo las búsquedas que hacemos en Google, desde la privacidad de nuestros teclados, puede ayudarnos a conocer más de nuestras sociedades.


“Todos mienten” era uno de los dichos favoritos del Dr. House, en la serie televisiva que llevaba su nombre. Él afirmaba que los pacientes no decían la verdad, ya sea por temor o vergüenza, así que prefería enviar a su equipo a irrumpir en la casa del enfermo de turno, para buscar lo que pudiera haber originado su padecimiento. De manera semejante, en el libro recientemente publicado “Todos mienten” (“Everybody lies: Big Data, New Data, and What the Internet Can Tell Us About Who We Really are”), el científico de datos Seth Stephens-Davidowitz, da cuenta de cómo la información que proporcionamos a las encuestadoras o publicamos en las redes sociales no siempre es veraz, a diferencia de la que registramos, por ejemplo, cada vez que realizamos alguna búsqueda en Google.

Búsquedas

El autor parte de su experiencia usando la herramienta “Google Trends”. Esta permite conocer los términos más empleados por la gente cuando busca información. Con ella se propuso averiguar el impacto del racismo en las elecciones norteamericanas del 2008. Si bien había ganado Obama, y una encuesta de Gallup indicaba que su raza no había jugado un papel en su contra, Stephens encontró que en la noche de la elección una de cada cien búsquedas por Google que tenían la palabra Obama contenían también “KKK” (por el movimiento racista Ku Klux Klan) o “nigger”.

La data mostraba no solo un incremento importante en los términos racistas que la gente había empleado, sino que esta procedía no solo de los sospechosos comunes (Republicanos del Sur), sino también de buena parte del Este de Estados Unidos, incluyendo estados de mayoría Demócrata. El mapa que elaboró con esta información se condice con los estados que favorecerían a Trump cuatro años después.

Y es que muchas veces la gente le confía a la intimidad de sus teclados lo que no le dice a un encuestador. Ya sea en las redes sociales o con quienes nos rodeen, lo habitual será que queramos mostrar lo más favorable de nosotros. Sin embargo, la cantidad de información que dejamos desde el pseudo-anonimato de nuestras búsquedas por Internet, puede dar a los investigadores como Stephen un enorme conjunto de datos para conocer más a nuestras sociedades. En su libro, y siempre desde la realidad norteamericana, cubre temas como el prejuicio racial, el abuso infantil y la sexualidad.

Hoy en día, tanto los investigadores sociales, como los gobiernos o las empresas, tienen a disposición grandes conjuntos de datos que se generan con cada actividad que realizamos conectados a Internet. Por ejemplo, Netflix conoce qué películas hemos visto y Amazon si es que hemos terminado de leer un libro en su dispositivo Kindle. Google, como ya hemos visto, consolida para el acceso público las tendencias de nuestras búsquedas. Podría decirse que la era del Suero de la Verdad Digital ha llegado para quedarse.

google

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La sonda que tocará el Sol

5 junio, 2017

Esta semana NASA ha renombrado a la misión que el próximo año lanzará hacia el interior del sistema solar, y que se acercará al Sol como ningún artefacto lo ha hecho antes.


La contaminación lumínica generada por el alumbrado público, priva a los que vivimos en grandes ciudades de los centenares de estrellas que, de otro modo, podríamos observar a simple vista. Sin embargo, es imposible ignorar a la estrella más cercana de todas: nuestro Sol.

Estando tan cerca de nosotros, es fácil olvidar que el Sol es solo una de las cien mil millones de estrellas que componen nuestra Galaxia. Incluso si nos alejáramos lo suficiente, este se vería tan solo como un punto luminoso en vez del disco brillante que vemos cada día. Por ello, estudiarlo nos ayuda a saber más de las demás estrellas, tal como lo hará la sonda espacial Parker que ha estado presente en las noticias de la semana.

Si bien diversos medios de prensa han señalado que este 31 de mayo NASA ha anunciado una misión hacia el Sol, en realidad esto ya se hizo en el 2008. El evento que sostuvo la agencia espacial esta semana fue para bautizar la sonda con el nombre del astrofísico Eugene Parker, quien por los años ‘50 propuso varios conceptos de cómo las estrellas despiden energía. El doctor Parker también describió el llamado viento solar (flujo de partículas eléctricamente cargadas que despide el Sol) y teorizó una explicación del porqué la atmósfera solar es más caliente que su propia superficie.

Una particularidad adicional, es que el mismo doctor Parker participó en el evento, siendo este el primer caso en que una sonda espacial es bautizada con el nombre de una persona aún viva. Allí mismo se confirmaron las fechas de los hitos de la misión: despegará a mediados del próximo año para recién el 2024 tener su primer encuentro cercano con el Sol. Su larga ruta, elaborada para ahorrar combustible, lo llevará antes a visitar siete veces el planeta Venus.

De funcionar todo bien, la sonda de media tonelada y del tamaño de un auto, llegará a dónde ninguna otra máquina ha llegado antes, a apenas 5.9 millones de kilómetros de distancia del Sol. Para ponerlo en perspectiva, podemos decir que si el diámetro del Sol fuese de unos 100 metros (el largo de una cuadra), la sonda se aproximará a menos de medio milímetro de su superficie, debiendo soportar temperaturas cercanas a los 1377 grados centígrados. Para esto cuenta con un escudo de compuesto de carbono de 11.4 centímetros de ancho, que se encargará que los componentes internos trabajen a temperatura tolerables.

Toda esta maravilla de la ingeniería tiene por objetivo obtener información que de otro modo sería imposible. Desde la vecindad del Sol obtendrá datos que ayudará a los científicos a entender, entre otras cosas, la estructura y dinámica del campo magnético del Sol, su atmósfera y los vientos solares. Aunque lo más probable es que, como ha ocurrido con otras misiones del pasado, los nuevos descubrimientos den paso a su vez a nuevas interrogantes.

En todo caso, quizá lo más sorprendente sea que, por primera vez en la historia, un artefacto hecho por el hombre estará tocando una estrella.

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Netflix versus el Festival de Cannes

26 mayo, 2017

Ante la polémica entre los organizadores del prestigioso festival francés y Netflix, es inevitable recordar antiguas batallas entre lo nuevo y el status quo.


Este año, y por primera vez, películas distribuidas por Netflix y Amazon participan en el festival de cine de Cannes, en competición por el premio la Palma de Oro. Sin embargo, la noticia proveniente de Francia, más allá de la calidad de las producciones, ha sido la discusión sobre si un film que no ha sido exhibido en cines tiene derecho a participar en busca del galardón.

Para los que seguimos el desarrollo de los negocios digitales, esto pareciera ser un encontrón del que ya hemos sido testigos en el pasado. De un lado, tenemos a una empresa con más de 90 millones de suscriptores que, si bien empezó hace diecinueve años compitiendo con Blockbuster en el mundo de las cintas VHS, hoy ofrece video a demanda que pueden ser consumido en cualquier pantalla con conexión a Intenet, ya sea en celulares, computadoras, tablets o televisores. Del otro lado, tenemos a la ley francesa (y otras semejantes en Estados Unidos) que exige que hayan transcurrido al menos tres años desde su estreno en la pantalla grande, para que una película pueda distribuirse por la red. Es decir, estaríamos ante un conflicto entre una tecnología emergente y las normas existentes.

Distribuir contenido digital por la red es justamente el negocio de Netflix. Un negocio que domina a la perfección y que hace uso intensivo de los datos que generamos cada uno de sus usuarios: lejos del anonimato del espectador de cine o del televidente en casa, cada vez que usamos Netflix sus sistemas registran no solo lo que vemos sino hasta el momento en que pausamos el video o sino terminamos de ver la serie. Sumado esto a su listado de más de 76,000 micro-géneros con que clasifican su catálogo, la empresa logra que el 75% de lo que veamos en su plataforma haya sido tomado en base a las recomendaciones que brinda.

Netflix área
Áreas servidas por Netflix (licencia de imagen: dominio publico)

No se ha informado si las dos películas que Netflix ha presentado al Festival son producto de estos análisis de datos, pero es público que muchos de sus proyectos que consiguen luz verde sí lo son (como su reconocida serie “House of cards”). Aun así, la apuesta es grande. “Okja”, uno de los títulos en contienda, costó 50 millones de dólares, mismos que planean recuperar sin mostrarlo en cines. Este dinero es parte de los 6,000 millones de dólares que este año invertirán en nuevas producciones, monto que en sí mismo es mayor que el combinado de los seis mayores estudios de Hollywood (Disney, Warner Bros., Universal, Paramount, Sony y 20th Century Fox). Algo impresionante para tratarse de un jugador relativamente nuevo.

Ante esta situación, el presidente del jurado, el director español Pedo Almodovar ha dicho que ”Netflix es una nueva plataforma para ofrecer contenido de pago, lo cual en principio es bueno y enriquecedor. Sin embargo, esta nueva forma de consumo no puede tratar de sustituir las ya existentes. Me parece una enorme paradoja dar una Palma de Oro y cualquier otro premio a una película que no pueda verse en gran pantalla”. Curiosamente, Netflix afirma que el año pasado más de la mitad de sus usuarios han empleado al menos una vez al mes sus servicios desde la pantalla más pequeña que existe: la de los celulares.

Para el próximo año no debería haber polémica en Cannes sobre las plataformas de distribución digital. Los organizadores han decidido adaptar sus reglas de manera que a partir de la edición del 2018 en adelante solo puedan participar aquellas películas que han sido distribuidas en los cines. Con lo cual quedará en manos de Netflix (y Amazon) decidir si buscan una solución de compromiso, quizá exhibiendo en algunos pocos cines franceses sus films, o si deciden dejar la lucha por un galardón que ya supera las siete décadas de existencia.

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