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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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Caretas

El innovador mercado de los cohetes usados

5 mayo, 2017

La empresa SpaceX marca un hito al colocar un satélite en órbita empleando un cohete anteriormente ya usado.


Durante décadas los cohetes han sido costosos vehículos de un solo uso. De la estructura que vemos en la torre de lanzamiento, que generalmente llega a alcanzar entre 30 y 70 metros de altura, nada regresa a salvo a la Tierra. Las diversas etapas que lo componen se van consumiendo, una tras otra, para luego caer al mar o incinerarse en su regreso al atravesar la atmósfera.

Las etapas que caen al mar no pueden reutilizarse, a excepción de para exhibirse en algún museo, como ocurre escasas veces. Y es que en cada vuelo se pierden los motores y sus bombas, así como los tanques preparados para soportar líquidos corrosivos y las cámaras que soportan la combustión a altísimas presiones. Todas estas partes son elaboradas con materiales especiales y mediante un proceso de manufactura con poca tolerancia al error, lo que significa un costo de millones de dólares.

Por ello, si se desea que los precios por lanzamiento de los satélites bajen, se debe buscar formas de reutilizar algunas partes de los cohetes que hoy desechamos.

Esto fue algo que la NASA intentó hacer con el Transbordador Espacial. Lanzado por primera vez en 1981, se diseñó para que la nave, con forma de avión, y los cohetes de combustible sólido que ayudaban a elevarlo, pudieran ser reutilizados tras unos breves mantenimientos. La realidad resultó ser muy distinta: reparar el revestimiento que protege del calor a la nave terminó siendo una pesadilla operacional, y el ahorro de reutilizar los cohetes fue nulo. Estos caían en paracaídas al mar de dónde se recogían y el costo de limpiarlos y repararlos resultó siendo mayor que hacer unos nuevos.

Por estos motivos es que el lanzamiento del Falcon 9 hace unas semanas marca un hito histórico. Por primera vez un cohete que anteriormente había dejado un satélite en órbita, volvía a usarse para colocar otro. Para lograrlo, en su anterior misión, el vehículo debió aterrizar verticalmente sobre una plataforma en altamar, evitando así el impacto con el agua o el sumergirse en esta.

Según Elon Musk, gerente general de SpaceX, la etapa reutilizable equivale al 75% del costo de todas las etapas del cohete. Y si bien cada cliente suyo deberá elegir si prefiere usar un cohete “usado” (a precio de descuento) o uno nuevo (a un precio que bordea los 62 millones de dólares), el ahorro no se puede transferir completamente al contratante, dado que su empresa tiene que amortiguar el costo de desarrollo invertido, que superaría el billón de dólares.

Es curioso ver como una empresa con apenas 14 años de fundada está impactando en el mercado americano, que hasta hace poco era monopolio de un consorcio (United Launch Alliance, ULA) que cobra unos 164 millones de dólares por cada lanzamiento. Pero SpaceX no es el único nuevo jugador, Blue Origens, propiedad del fundador de Amazon (Jeff Bezos) se encuentra trabajando también en los cohetes reutilizables.

De momento, mientras llega la respuesta de ULA, SpaceX afirma estar buscando reutilizar más partes de su Falcon 9. De seguro, la competencia terminará abaratando aún más el acceso al espacio.

Este artículo se publicó en Caretas

¿Y si todos marchamos por la ciencia?

29 abril, 2017

La que empezó como una Marcha de Científicos en Washington, se transformó en un movimiento global que abarcó a un gran número de entusiastas en defensa de la ciencia.


Este 22 de abril, día de la Tierra, sucedió algo muy singular: cientos de miles de personas, en más de 600 ciudades, marcharon por la ciencia. La iniciativa nació en respuesta a la administración Trump, que niega el efecto del hombre en el cambio climático y es hostil a diversos segmentos de la comunidad científica.

Los organizadores indican que manifestaciones similares se dieron en más de ochenta países, entre los que se encuentran nuestros vecinos Brasil, Ecuador, Colombia y Chile. Según historiadores especializados en el tema, este evento no tiene precedentes cercanos. Hablamos de manifestantes que compartieron la importancia de la ciencia para sus comunidades y familias, como base de su economía y como generadora de empleos. Y esto no es exagerado.

Las pantallas sensibles de nuestros sorprendentes smartphones, las baterías que los alimentan, las memorias que guardan en ellos nuestras fotos o los algoritmos que las comprimen son aplicaciones de la ciencia. Las vacunas que desaparecieron la viruela y prácticamente han hecho lo mismo con la polio son aplicaciones de la ciencia, como también lo son las técnicas agrícolas que incrementan la productividad de los sembríos, por citar tan solo algunos ejemplos.

Por ello es curioso que la ciencia se considere algo tan lejano para tantas personas, cuando simplemente hablamos de un método, basado en la observación, para obtener conocimiento comprobable. Si bien es cierto está lejos de ser perfecto, tiene un mecanismo de autorregulación que hace que, ante nueva evidencia, un científico se retracte y corrija.

Todo estudiante debe ser expuesto a este método que exige evidencia para llegar a conclusiones. Sin embargo, en mi experiencia, es fácil encontrar a adultos sumamente críticos sobre la veracidad de un evento hartamente documentado, como la llegada a la Luna, pero ni la mitad de cuestionadoras a la hora de ponerse magnetos en las orejas para controlar la ansiedad, usar cristales con supuestos poderes sanadores o entrevistarse con un brujo que le “predecirá” el futuro leyendo las cartas.

Por ello, la labor que viene realizando desde hace unos años el Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica (CONCYTEC) promoviendo la investigación tanto en el sector público, privado y universidades por medio de becas, concursos y subvenciones, es tan importantes. En el campo de la difusión al público, justamente, han organizado para este 18 y 19 de mayo el “I Encuentro de Divulgadores Científicos”, al que tendré el agrado de asistir como panelista, llevando mi modesto grano de arena.

Pero estamos ante una carrera de largo aliento. Nuestro país se encuentra entre los últimos de la región en gasto per cápita en Investigación y Desarrollo y lo mismo ocurre a la hora de contar el número de patentes que registramos anualmente. Esperemos que, con el tiempo, la próxima marcha por la ciencia nos encuentre mejor preparados.

Este artículo se publicó en Caretas

De cómo se manejó el primer problema de imagen de la bomba atómica

21 abril, 2017

Un reciente artículo en la revista The Atlantic nos revela cómo en sus inicios la recién creada arma contó con un sutil manejo de Relaciones Publicas.


Las constantes tensiones en la península coreana, cortesía del dictador Kim Jong-un, no dejan de recordarnos el peligro de las armas nucleares. El poder devastador de estas, una sola es capaz de arrasar con una ciudad en cuestión de segundos, las convierten en piezas vitales del ajedrez geopolítico.

Por ello, desde la administración Clinton, el gobierno de Estados Unidos ha intentado infructuosamente evitar que el reino ermitaño obtenga esta clase de poder. Mejor suerte tuvo al contener el programa nuclear iraní mediante sanciones económicas, manejos diplomáticos y hasta con un sabotaje cibernético a sus plantas de procesamiento de Uranio. Pero en ambos casos hablamos de negociaciones que han durado años, y esto ha sido así debido a que construir una bomba atómica implica, justamente, años de un esfuerzo continuo, científico y tecnológico.

Para construir la primera bomba atómica, Estados Unidos creó el proyecto Manhattan. En su momento fue uno de los mayores de la historia, tanto así que cuando luego se plantearían el proyecto lunar Apollo, Manhattan era una referencia en cuanto a tamaño y escala. A pesar de haberse realizado en secreto, comprendió el trabajo coordinado de más de 130,000 personas, entre ellas científicos e ingenieros que debían resolver problemas nunca planteados antes: cómo trabajar con los isotopos, cómo iniciar la reacción en cadena en el núcleo de la bomba, qué masa mínima debería tener… Conscientes del impacto del proyecto, el gobierno encargó que se escribiera un reportaje del mismo: El Reporte Smyth. Publicado pocos días después de Hiroshima y Nagasaki, se convertiría en un best seller traducido a más de cuarenta idiomas.

Libro Atomic Energy
Cubierta del libro de Smyth de 1945. (imagen de dominio publico)

De la controlada narrativa del libro, uno de los mensajes resaltantes era que la bomba atómica era un producto de los físicos. Todos recordamos que el “padre de la bomba” es el físico Robert Openheimer, que llegaría a decir de sí mismo que se había convertido en un “destructor de mundos”. También la asociamos con el físico Albert Einstein, cuyas ecuaciones poco tuvieron que ver con lo que se hacía en el proyecto Manhattan. Y es que los químicos, a pesar de haber realizado un aporte fundamental, fueron relegados a tal nivel que uno de ellos le reclamó al autor del informe, el doctor Smyth, quién era un físico.

La historiadora Jimena Canales, en su artículo para The Atlantic, llama la atención sobre este hecho y lo explica: los oficiales americanos no querían que las nuevas bombas estuvieran ligadas de ninguna forma con la guerra química y biológica. Así de simple. Había que cuidar la imagen de la nueva arma de destrucción, por más destructiva que esta pudiera ser, así que los químicos debían quedar al margen.

Las armas químicas, luego de su uso en la Primera Guerra Mundial, marcó lo suficientemente la siquis europea como para que su uso fuera vetado por la Convención de Ginebra (1925). Es curioso notar que a pesar de lo sangrienta que fue la Segunda Guerra mundial, el uso de estas armas fue muy limitado.

Por ello, mediante un esfuerzo de relaciones públicas, se buscó evitar hablar de cualquier asociación entre las sustancias radiactivas (que producen las bombas atómicas) y los gases venenosos. No solo eso, Stymson busca presentarla como un arma especial, que implica “una nueva relación del hombre con el universo”, probablemente en referencia a que desencadena el poder del átomo.

Pero disminuir la participación de los químicos en la producción de las bombas no fue el único esfuerzo para hacer más amigable este tipo de artefactos. Desde 1961 y por poco más de una década, existió el Proyecto Plowshare para buscar formas de aprovechar las explosiones atómicas con objetivos pacíficos. Por ejemplo, para remover enormes cantidadas de terreno, crear una bahía artíficial, en la minería… Una pena que la temida radiación, imposible de ocultar en la práctica aunque quiza sí de los libros, fuera uno de los factores que impidieron continuar con estos planes.

Hoy existe un Tratado de No proliferación Nuclear, en él la mayoría de los países se comprometen a no crear jamás este tipo de armas (Corea del Norte se retiró de este tratado). Luego de siete decadas tras las explosiones sobre Japón, estamos muy lejos de los días en que se buscaba mejorar la cara al poder devastador de las bombas atómicas.

Este artículo se publicó en Caretas

Asimov, el hombre que no podía dejar de escribir

7 abril, 2017

Este 6 de abril se cumplen veinticinco años de la partida de uno de los grandes de la ciencia ficción y de la divulgación científica, un autor que ha influenciado a generaciones de lectores y escritores.


Con sus abultadas patillas blancas, lentes de armazón oscura y camisa abotonada hasta el tope, Isaac Asimov luce confiado en innumerables portadas y contraportadas de libros y revistas. ¿Cómo no estarlo? Como autor su nombre figura en centenares (sí, cientos) de obras, que abarcan tanto la ficción como la divulgación de temas tan variados como los láseres, la fotosíntesis, la historia de la Biblia o la del Imperio Romano.

Es difícil de imaginar una biblioteca sin algún texto de este carismático pero inmodesto personaje. En mis años universitarios me di el trabajo de buscarlo en el catálogo de diversas facultades y siempre estuvo presente en todos. Como también lo estuvo en mi infancia, con sus gruesos tomos de “Introducción a la Ciencia 1 y 2”, “¿Hay alguien ahí?”, “Cien preguntas sobre la ciencia” o varías de sus novelas, las cuales recuerdo y revisito con cariño. Y es que este doctor en bioquímica, por la universidad de Columbia, no podía dejar de estar aprendiendo para luego escribir al respecto.

Nacido en 1920, Asimov llegó a los tres años de Rusia a New York, en dónde vivirá la mayor parte de su vida. Trabajó en la tienda de dulces de su padre, que durante la época de la Gran Recesión ayudaría a subsistir a toda la familia. Allí descubrió la ciencia ficción, que en ese entonces aparecía en las revistas baratas que vendían. Debió estar encantado con el género que luego le daría fama, porque escribe sus primeras historias a los once años y empieza a cobrar por ellas a partir de los diecinueve.

Tras haber realizado diversas investigaciones en el campo de la química y haber sido profesor universitario, a los treintaiocho años se convierte en escritor a tiempo completo. Y es que tuvo que elegir, según él mismo cuenta, entre ser un excelente escritor científico (¿ya hablamos antes de su modestia?) o un mediocre investigador. Podría decirse que el mundo académico premiaría está decisión, dándole luego catorce doctorados honorarios a lo largo de su trayectoria.

A partir de entonces, en jornadas de ocho horas diarias, saldrán de su máquina de escribir los tomos que conformarán su obra. Escribió infinidad de cuentos y novelas acerca de robots y el futuro, siendo el universo de “La fundación” su magnum opus, que inicia como una trilogía sobre la historia del Imperio Galáctico, del cual cubre un periodo que se extiende por miles de años. Para esta, los organizadores del prestigioso premio Hugo crearían en 1966 un premio especial: el de la “Mejor serie de todos los tiempos”.

Curioso que el hombre que escribía historias que abarcaban la galaxia entera y hablaba de viajes interestelares, tuviera un gusto declarado por los espacios cerrados (agarofilia) y miedo a volar. Solo viajó en avión dos veces en su vida. Por ello, sus trayectos fuera de casa no duraban más de un día, para que pudiera salir y volver en carro.

Si bien nos dice en sus memorias que hubiera preferido morir frente a su máquina de escribir, una transfusión de sangre le infectó de VIH y se lo llevó prematuramente a los 72 años. En las mismas memorias, frente a la visión de su mortalidad declara que “No espero vivir para siempre, no me aflijo por ello, pero soy débil y me gustaría ser recordado eternamente”. Es probable que este deseo se haya proyectado en el volumen de su trabajo.

Hoy su nombre ya no pertenece solo a las portadas de libros y revistas, sino también a numerosas escuelas alrededor del mundo e incluso a objetos más allá de la Tierra. Tal como sucede con el cráter Asimov, ubicado en la superficie de Marte, al cual hombres del futuro, de los que él escribía tanto, podrán algún día hacerle una visita.

Este artículo se publicó en Caretas

Enchufando nuestros cerebros a una máquina

1 abril, 2017

The Wall Street Journal reporta esta semana que el fundador de SpaceX y Tesla Motors, el físico y billonario Elon Musk, ha creado una empresa de investigación médica para estudiar cómo crear enlaces cerebro-máquina.


Gigantes tecnológicos como Amazon, Google, IBM y Microsoft se encuentran a la caza, desde hace algunos años, de especialistas en Inteligencia Artificial. En esta ola de contrataciones se llega a pagar sueldos millonarios, con el propósito de no quedar relegados en esta etapa de la era de la información, que busca potenciar el aprendizaje por parte de las computadoras.

El impacto de estas tecnologías es tan importante que el billonario Elon Musk creó recientemente OpenAI (la parte “AI” se refiere a Inteligencia Artificial, en inglés), una StartUp sin fines de lucro, que ha enrolado a importantes científicos para promover la investigación abierta en este campo. Busca que quienes no puedan pagar millonarias investigaciones, no pierdan los beneficios de los algoritmos que OpenAI compartirá en sus patentes libres y publicaciones.

La noticia de esta semana sobre la fundación de Neuralink, la nueva empresa de Musk, se encuentra en línea con su deseo de que los seres humanos no quedemos relegados frente a las máquinas inteligentes. En una entrevista del año pasado para el portal Recode, muestra su preocupación por cómo quedaríamos las personas frente a una “ultrainteligencia” artificial. Señala que, si bien las computadoras ofrecen información con rapidez, somos lentos en el acceso a ellas, por ejemplo, al tener que digitar, lo cual nos pone en desventaja. La solución sería una conexión directa de nuestros cerebros con los equipos de cómputos.

Este tipo de enlace neuronal no es exclusivo, como podría pensarse, de la ciencia ficción (en su novela “3001: Odisea final” Arthur C. Clarke describe una sociedad en dónde todos usan un “casco cerebral”). Desde 1875, año en que Richard Caton detectara impulsos eléctricos en el cerebro de animales, se han colocado electrodos en el cerebro para medir sus ondas y por fin, cien años después, para construir las primeras interfaces no invasivas cerebro-computadora. Mediante una serie de sensores colocados en la cabeza, se captan señales que se interpretan como órdenes para la computadora. Incluso existen aplicaciones comerciales que así ayudan a personas paralizadas para que se comuniquen seleccionando imágenes de un monitor.

Aun así, la meta de Neuralink es mucho más compleja que lo alcanzado hasta el momento leyendo señales del cerebro. Se trata de acceder a sistemas de cómputo mediante el pensamiento, poder consultar directamente bases de datos o la Internet casi al instante, extendiendo el alcance de nuestra materia gris tal como lo hacen los binoculares con nuestros ojos. Hablamos a largo plazo, pero de esta forma minimizaríamos la competencia de las inteligencias artificiales. Neuralink no está sola en esto, algunas universidades e incluso DARPA (la agencia de investigación del departamento de Defensa estadunidense) tienen iniciativas semejantes… Estamos ante un futuro interesante, sin duda.

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Las matemáticas como armas de destrucción masiva

24 marzo, 2017

Una especialista de Harvard nos alerta sobre cómo las instituciones nos clasifican con el rastrillo de los modelos matemáticos.


Difícil imaginar un curso de matemáticas en el que ningún alumno cansado haya preguntado sobre su uso en la “vida real”. A las respuestas usuales, Cathy O’Neill en su libro Weapons of Math Destruction (2016) (Armas de destrucción matemática), agrega una advertencia singular: las matemáticas no solo tienen un impacto real, sino un potencial capaz de afectar a la sociedad e incluso a la democracia.

La trayectoria de la autora nos puede traer a la mente la del físico nuclear Robert Oppenheimer; ambos parten de las ciencias puras para, tras dejar el mundo académico, descubrir las repercusiones morales de sus trabajos. En el caso de O’Neill, estamos ante una doctora en matemática de Harvard, convertida en especialista en modelos matemáticos y estadísticos para Wall Street, en donde fue parte de la crisis financiera del 2008.

Y es justamente en los modelos en donde, según ella, nacen los problemas.

Hoy en día, los gobiernos y empresas trabajan con estos para clasificar o asignar puntajes a la enorme cantidad de datos de la que disponen. Un ciudadano o, según sea el caso, un cliente, es clasificado según su comportamiento crediticio, el historial de su salud, su desempeño escolar, desempeño laboral y hasta según las páginas web que visita. De este modo las bases de datos, tras el cálculo de una serie de fórmulas, nos dirán la tasa de interés que se aplicará en un préstamo, el monto a cobrar para la prima del seguro, … o hasta que información se le mostrará cuando navegue en Internet.

Estos modelos son “cajas negras” en la mayoría de los casos, nadie conoce sus ponderaciones ni algoritmos. Además, reflejan los sesgos de sus creadores, por más científicos que estos sean no pueden ser imparciales. De los numerosos ejemplos del libro, tomemos por ejemplo el Ranking de Universidades en Estados Unidos. El primero aparece en 1988, cuando los editores de la revista U.S. News emprenden un proyecto que les ayudaría a vender más ejemplares: deciden evaluar 1,800 instituciones educativas, para lo cual distribuyen encuestas a los presidentes de las mismas. Como el resultado no pareció justo a todos, el staff decide luego añadir, según su criterio, nuevas variables a medir en su fórmula. ¿El resultado? Las universidades, que hasta ese entonces podían haberse enfocado con éxito en su quehacer habitual, educar, ahora tienen que gastar recursos en mejorar los criterios relevantes para estos terceros y competir con otras universidades enfocadas en adivinar la mejor forma de ganarle al modelo de U.S. News.

Otros casos que expone, siempre desde la realidad norteamericana, pero es indudable que estos luego se copian en otros países, tiene que ver con modelos de prevención del crimen, asignación de penas carcelarias o la evaluación de currículos laborales, que no hacen más que castigar a las clases sociales menos pudientes o desprotegidas. Como cuando un individuo recibe más años en prisión porque el programa encuentra que tiene familiares en la cárcel o recibe menos puntos en los sistemas automáticos de procesamiento de CVs, simplemente por el lugar en dónde vive.

Ante esto, Cathy O’Neill da cuenta de iniciativas de académicos que buscan desentrañar los sesgos de algunos sistemas ya existentes. La regulación de los gobiernos es importante también, para que se haga claro los cálculos que usan las entidades financieras y las centrales de riesgo. Pero primero, sugiere empezar con los creadores de estos modelos y los científicos de datos, como ella misma, para que se comprometan a tener presente los posibles usos indebidos e interpretaciones erróneas de sus sistemas.

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