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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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Anotaciones desde Arequipa (conventos)

8 agosto, 2011

Si tuviera que mudarme de ciudad, dentro del país, sería a Arequipa. Las fiestas patrias me han servido no solo para conocerla, sino para quedar encantado con la interesante variedad que ofrece: un centro histórico que es patrimonio de la humanidad, muchísimos museos, infinidad de librerías, casas coloniales, una linda campiña a apenas minutos de distancia, cielo azul y clima seco, nevados cercanos, modernos centros comerciales, cultura… Cuenta con un importante progreso económico y poco menos de un millón de habitantes que, al lado de la mega-super-hiper-barbárica cantidad de limeños, pareciese un número pequeño y civilizado.

La constante presencia de turistas, de todas partes del mundo, atestiguan la cantidad de lugares que la tierra de MVLL tiene para ofrecer también a los visitantes de paso. En este post, comentaré brevemente sobre sus dos principales conventos, sitios obligados de paso, dejando para las siguientes entradas algunos alcances de la ciudad (y su campiña) y el Colca.

Convento de Santa Catalina
Fundado en 1580, el lugar es “una ciudad dentro de una ciudad” (que es como se anuncia), varias cuadras se encuentran encerradas por altos muros. El apelativo se hace evidente cuando en su interior encontramos pequeñas casitas de frontis azul u ocre, a los lados de caminitos que llevan nombres de ciudades españolas. Todo esto se fue construyendo con el sucesivo ingreso de las habitantes del lugar, las monjas de clausura.


Puede parecernos raro, pero en aquel entonces la vocación religiosa no primaba al momento del ingreso de estas, bastaba con haber nacido segunda dentro de una familia acomodada para que el ingreso fuese mandatorio. Los orgullos padres dejaban una dote al convento (a parte de la hija, claro está), para que se construya una pequeña vivienda que incluía entrada, cocina, dormitorio y un lugar para su sirvienta (¡Sí!, sirvienta) que podía salir del lugar para traerle las provisiones.



Los niveles socioeconómicos y las jerarquías eclesiásticas iban de la mano, así como las comodidades de cada una. Incluso, sus propias vestimentas informaban de estas diferencias (esperemos que en el Cielo, seamos todos iguales).
Esto fue cambiando. Con la reforma de Pío IX en 1871, las sirvientas partieron y la vida se volvió comunitaria, dejando de lado la separación entre todas. Si bien alguna vez hospedó a 450 personas (150 de ellas monjas), el recinto cuenta con aproximadamente 20 religiosas que no salen al exterior. El visitante puede entrar a las antiguas viviendas, en las que aún quedan los artefactos de la época, caminar por los patios, mirar algunas expresiones artísticas y religiosas, a la vez que se adentra en un mundo particular, con un espacio y tiempo especiales.

Convento de Santa Teresa.
Este es la “competencia” del primero. No lo digo yo, sino que al propio guía se le escapaban expresiones orgullosas como “aquí tenemos esto y allá no”. Son complementarios. Cuenta con muchísima historia y es, según los arequipeños, su tesoro artístico, y no podría estar más de acuerdo.
Al inicio se muestra el típico “torno”, que se usa en los conventos de claustro. Se trata de una pequeña puerta giratoria, de un metro de alto y medio metro de diámetro, por donde se ingresaban o sacaban las cosas. Hoy, otro es usado por las veintiún monjas que permanecen, número que no varía por tradición, por lo que la postulante debe esperar que “parta” alguna antes de ingresar.

En la misma “sala del Torno”, varias vitrinas explican el proceso de cómo se crearon las esculturas, frescos y lienzos, mostrando estos artefactos en los distintos estados de su elaboración. Una idea brillante que me gustaría ver en más museos.

El recorrido se compone de diversas salas que rodea a uno de los patios del monasterio. En ellas encontramos cuadros que felizmente pueden se fotografiados, con la historia de la orden y de su fundadora espiritual, Santa Teresa de Ávila.

Exponen un enorme y antiquísimo baúl, de unos dos metros de lado y un metro de alto, que al estar abierto muestra diversos pasajes de la Biblia, formados por decenas y decenas de pequeñas figurillas de personajes, objetos, animales, cosas y paisajes que, siempre según el guía, al cerrarse la tapa, no colisionan entre sí. Nunca había visto uno así antes.

En la única sala en donde las fotografías están prohibidas, se hallan costosísimos artefactos hechos a base de metales y piedras preciosas. Como una custodia de más de metro y veinte de alto, de oro y plata dorada, con joyas incrustadas como topacio, diamantes, rubíes, perlas y una enorme esmeralda. La acompañan un cáliz, un copón y un atril (en donde se coloca el misal), todos de oro o plata. Una cruz de carey con un Cristo hecho de marfil (de Filipinas) sobre una base de ébano tampoco pudo salir en fotografía alguna.

La priora es elegida en una salita especial, por fortuna accesible el resto del tiempo, llena de cuadros, parece una pequeñísima Capilla Sixtina de no ser por el hecho de que la humedad del techo terminó borrando las pinturas que allí había. Llama la atención que las pinturas de las paredes laterales tengan motivos prosaicos como un hombre cortándose las uñas de los pies…lo cual, como se comprende, desentona un tanto.

El guía fue enfático en contar que aquí, al contrario que en Santa Catalina, las dotes nunca significaron una mayor jerarquía o comodidad para las moradoras.

Al salir del recinto, de nuevo en el centro histórico moderno y colonial, uno no puede evitar preguntarse sobre las vidas que se escribieron, y siguen escribiéndose, separadas voluntariamente del mundo.

Secciones: Vivencias y Opinión

Obra de Teatro Comentada: Entonces Alicia cayó

24 julio, 2011

      Alicia, la del país de las maravillas, tiene un encanto que no mengua con el tiempo. La pequeña y racional niña cae, siguiendo a un conejo con chaqueta, en un mundo de caracteres surrealistas y de experiencias inexplicables. Pero no se detiene, vuelve a caer, una y otra vez, de la mano de los distintos autores que se inspiran en ella para crear sus propias tramas.

      En “Entonces Alicia cayó”, dos parejas y una madre con su hija se hospedan en el hotel “Wonderworld”, un nombre que si al espectador no le presagia nada, podría guiarlo el enorme reloj de pared con todas las horas iguales, o las bordes de las paredes que en lo alto parecen desgarrarse en el espacio. Aquí sucederán tres historias independientes, pero que estupendamente se entrelazan, y que en buena parte giran en torno a la maternidad.

      En la primera pareja, ambos a finales de la treintena, la mujer desea tener un hijo, a diferencia del hombre que, temeroso del compromiso que esto significa, no desea plantar su semilla “ahora”. Esto juega en contra del reloj biológico de la primera, preocupada de jamás engendrar…La segunda pareja, formada por una exitosa artista y un académico poco reconocido, decidió no tener hijos y hoy se enfrenta a una costosa revelación mientras que la madre-escritora y la hija parece actuar como catalizadores de los dos primeros mundos opuestos.

      El espectador se encuentra ante una variada exploración del hecho de ser padres o, para tal caso, el de no serlo. Cada personaje tiene su parcela del discurso: ¿vale la pena traerlos a un mundo cruel y oscuro?, ¿vale el sacrificar la carrera profesional por ellos?, ¿son la única forma de trascendencia en la vida? Y esto aquí se logra con una narrativa vibrante, conmovedora, que hace que uno no pueda evitar hacerse las mismas preguntas que ve expresadas en la escena.

      Parte del encanto de la obra es el empleo del mismo espacio, para construir las interrelaciones entre todos, para traslapar a los actores en el mismo cuadro. A ello se suma un sentido de urgencia, que algunos de los protagonistas imponen para garantizar la trascendencia de lo que vemos. Sus universos van cambiando, como le ocurre a la siempre invocada Alicia de Lewis Carroll.

      Nos encontramos ante una estupenda obra , aleccionadora y amena que no debe perderse, como lo refuerza el hecho de que haya ganado la tercera edición del concurso de dramaturgia promovido por el Centro Cultural Peruano Británico.

Secciones: Teatro

Algunos “Leonardos” modernos

20 julio, 2011

      Un terremoto educativo ha rajado el suelo y dividido a las personas en dos grupos adversos y excluyentes: por un lado quedó la gente de números y por otro la de letras. O, ¡peor aún!, dentro de ellos encontramos a los que únicamente conocen de su profesión. Sin embargo, no tiene por qué ser así, esta división artificial y nociva no tiene por qué arruinar mentes curiosas. Mentes como la de Leonardo da Vinci existen aún ahora, y si bien los simples mortales no podemos aspirar a tanto conocimiento, algunos ejemplos contemporáneos podrían inspirarnos.

      Tomemos el caso del físico Richard Feynman (1918-1988), nada menos que ganador del premio Nobel en el campo de electrodinámica cuántica (parece un tema muy especializado, ¿verdad?). Su mente curiosa e inquisitiva nunca pudo quedarse quieta, el expresar matemáticamente las leyes del cosmos no le bastaba. Cursó tópicos de postgrado en biología, psicología y filosofía. Se dio tiempo para, fuera del mundo académico, aprender a pintar cuadros, lo suficientemente bien como para que se haga una exhibición de ellos. Incluso pintó uno para una casa de citas, pero esa es otra historia…

      Otro de mis favoritos en cruzar la barrera monotemática es el jesuita Carlos Valles, por un tiempo uno de mis autores favoritos. Estudió y enseñó matemáticas universitarias, campo para el que fundó la primera revista especializada en la lengua gujarati (la que hablaba Gandhi), representando a la India en congresos internacionales. Pero también le gustaba escribir “de otras cosas” en este idioma, lo bastante satisfactorio como para ganar importantes premios literarios (así es, como lo lee, un matemático también puede ganar premios literarios). El gobierno de Guyarat le otorgó cinco galardones seguidos, luego de lo cual emitieron una norma por la que ningún autor podría, justamente, obtener más de cinco de estos premios consecutivos… para darle la oportunidad a otros, supongo.

      Finalmente, un ejemplo sacado del cuerpo de astronautas, en donde también hay varios que son artistas, pero que dejaremos para otra oportunidad. ¿Le suena el nombre de Story Musgrave?. Probablemente no y aunque ha participado en seis misiones del transbordador espacial su rostro no es muy popular. Aún así, montarse en cohetes dista de ser su único interés. No solo estudió matemáticas y estadísticas sino que, prepárese para la lista, obtuvo un MBA, un grado en química, otro de médico, una maestría en fisiología y biofísica y una maestría en… literatura. Cuando no estaba en clases, se las arregló para volar más de 160 tipos de aviones, saltar 800 veces en paracaídas y recibir veinte doctorados honorarios. Impresionante.

      Así que ya lo sabe, cuando en un cóctel alguien le hable de un tema lejano a su “zona de confort”, digamos, que de temas de “letras” cuando usted es de ciencia o viceversa, algunos de estos ejemplos quizá le anime a saltar las grietas que, lamentablemente, la especialización extrema nos crea.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: arte, ciencia

Un ascensor al espacio exterior

14 julio, 2011

      Cuenta William Shelton en su libro la “Historia de Cabo Cañaveral”, que en los años 50 era común que los lanzamientos terminaran en frustrantes bolas de fuego. Los cohetes tenían la odiosa costumbre de explotar, frustrando terriblemente a sus constructores. Pero cuando las cosas salían bien y el majestuoso aparato perforaba el cielo dejando una victoriosa estela, continúa Shelton. Algunas de las mujeres invitadas no podían reprimir las lágrimas, conmocionadas por el impresionante espectáculo de fuerza y energía. Un espectáculo que era totalmente nuevo por aquel entonces.

      Pocas cosas han cambiado de la tecnología de esa época. Aún se necesitan enormes motores que consumen los grandes tanques de combustible. Tras cuarenta décadas de uso, este ruidoso tipo de máquinas estarán aún un buen tiempo más con nosotros, quienes solo podemos soñar con otros medios más cómodos para alcanzar el espacio; uno de mis favoritos, extraídos de la ficción es el ascensor espacial. Uno como el que es parte importante del libro de Arthur C. Clarke, “Fuentes del Paraíso” (1979), premiada con el prestigioso Hugo.

      Imaginemos una torre lo bastante alta como para que pueda conectarse a un satélite en órbita, mismo que funcionaría como una estación o puerto espacial. En la base, nos montamos a un ascensor que en cuestión de horas nos llevaría al negro vacío del espacio. Si bien actualmente nos tardamos unos doce minutos en hacerlo, los pasajeros que lo logran se llaman astronautas y son sometidos a un frenético y peligrosísimo viaje; aquí estamos ante una escalada más gentil.

      Tamaña estructura solo ha sido manejada en la ficción, y seguramente lo será por un par de siglos dado que construir una edificación de más de 33000 metros equivaldría a un gigantesco esfuerzo para el cual aún no se cuenta con el conocimiento necesario, a diferencia de la novela en donde el Ingeniero en Jefe, Vannevar Morgan, ya había diseñado para el “Gobierno Mundial” un puente en el estrecho de Gilbratar y en donde el hombre podría controlar climas locales de manera que la estabilidad de la Torre no sea vea en lo posible comprometida por huracanes o tifones.
      Morgan se ayuda de un hiperfilamento que lleva siempre una pequeña cantidad; se trata de un fino hilo de apenas átomos de ancho, un cristal de diamante continuo capaz de cargar 200 Kg, el cual se convierte en parte vital de la estructura. Un precursor lejano del mismo podría ser el acero amorfo, el cual dispone de una disposición molecular desordenada y soporta 20 veces más tracción que el acero común.
      Aunque parezca curioso, la idea que popularizó Clarke (entre los aficionados a la ciencia ficción, al menos) fue planteada por primera vez por un ingeniero de Leningrado, Y.N. Artustanod, en un artículo publicado en 1960. Hoy en día es el tema de varios libros, tesis doctorales, talleres y concursos de ingeniería. ¿Quién sabe?, con suerte algún día, los estruendosos cohetes no se emplearán en nuestros cielos, sino que para llevar hombres al espacio profundo.

Secciones: Sci & Tech

A propósito de Falling Skies

27 junio, 2011

      Los extraterrestres son un tema abierto: (de existir) no sabemos cómo lucen, cómo es su tecnología, cómo se organizan, cuál es su filosofía, cuál es su religión (¿tendrán una?) o qué es lo que buscarían, de contactarnos. Todas esas interrogantes son un rico caldo de cultivo para crear ficción a la vez que intentamos responder a ellas. cosa que han venido haciendo los escritores y guionistas de Hollywood por décadas, desde que pusieron al primer hombrecillo verde en la portada de una revista o póster.

      Por ejemplo, recientemente se produjo otra versión de la serie V, cuya original de los años 80 acumuló una legión de seguidores pero que hoy, tras apenas dos temporadas, se bate ante la posible cancelación. De suceder, estaría justificado; las actuaciones son malísimas, los diálogos lamentables pero, sobretodo, la historia un completo fiasco. En su intento de forzar la trama para que encaje en una oposición entre los pares “líder alienígena y su hija” versus “líder humano y su hijo”, descerebran a cualquier otro personaje que tuviese algo qué decir en el show, no solo eso, la Tierra pareciese cubierta por seis mil millones de Dustin Hoffman interpretando a Rainman. En suma, un desperdicio del género.

      Sin embargo, la nueva “Falling Skies” parece haber empezado con buen pie. Su propuesta es interesante y con potencial para extenderse y desarrollarse. Nos ubica en un movimiento de resistencia, cuando la guerra ya ha empezado y al parecer no existe un gobierno central que coordine las acciones de los sobrevivientes esparcidos por todo el mundo. Estos buscarán proveerse de alimentos y municiones, atacar al enemigo, recuperar a sus compañeros, a la vez que deben permanecer en constante movimiento, montando y desmontando sus campamentos.

      En una era en que por la Internet podemos ver las azoteas de nuestras propias casas (gracias Google Earth), es válido preguntarse  por qué  los invasores no encuentran y destruyen a los rebeldes al primer episodio, ¿verdad? Por fortuna, sus recursos son limitados y centran sus esfuerzos en combatir conjuntos grandes, de miles de personas, pero tal como nuestros héroes han tomado debida nota, cuando acaban con éstos, la atención va variando a los más pequeños. Por ello, los buenos se organizan en grupos de militares y civiles, listos para dividirse nuevamente.

      En este ambiente de constante lucha,  no desaparecen las relaciones interpersonales o la historia personal de cada uno, como es el caso del mismo protagonista, Tom Maso. Profesor de historia, cuida del lazo amoroso con sus hijos, como cuando debe celebrar el cumpleaños del menor en el campamento, poco antes de partir con el primogénito (aún adolescente) a una peligrosa misión de combate. Así mismo, Tom debe liderar a amigos, conocidos y ex alumnos, a quienes trató en épocas más placidas

      Aunque aún es prematuro para juzgar, creo que nos encontramos ante una producción inteligente, que no solo introduce una nueva forma de vida al planeta, sino que aborda el difícil reto de retratar verosímilmente una nueva guerra de los mundos, a la vez que dibuja el lado humano de sus combatientes.

Secciones: Cine y Televisión Etiquetas: series

Los astronautas más machos de la NASA

20 junio, 2011

      En una épica escena de Duro de Matar 4, Bruce Willis conduce su carro por una rampa, acelera, se lanza a medio camino y observa cómo éste destruye un helicóptero en pleno vuelo. Tengo serias dudas sobre si los guionistas tomaron algún hecho de la vida real o si esto se encuentra en algún manual policial (de cómo destruir aeronaves con las patrullas), sin embargo la respuesta que nuestro héroe da sobre lo que acaba de hacer, es la actitud del macho que se respeta: “es que me quedé sin balas”. Claro y conciso. No resalta los riesgos de la situación, como quedarse sin movilidad, sino que nos da a entender que lo que vimos es cosa de cualquier lunes.

      Esta imagen vino a mi mente mientras conducía al trabajo y veía un ruidoso helicóptero pasar a la distancia. Me pregunté; ¿qué personas de carne y hueso han respondido de manera tan “willisiana” al peligro y a la muerte? Tras apenas descartar a los repartidores nocturnos, llegué a mi gremio favorito, los astronautas que participaron en la carrera espacial de los años 60. Caí en cuenta que podía obtener una pequeña lista de estos actos que los convirtieron en los más machos de la NASA, y de paso reunir material para otro libro:

Neil Armstrong y el vehículo de entrenamiento. Los hombres que caminarían en la Luna debían entrenarse a conciencia en todas las formas posibles. No solo aprendieron a volar helicópteros, dado que originalmente eran pilotos de jets, sino que la agencia espacial les construyó un curioso aparato llamado LLTV cuya misión era simular en la Tierra al módulo lunar. Armstrong, de manera creativa lo apodó “la cama voladora”, dado que consistía básicamente en un gran motor cohete, atado a una estructura de metal que incluía un asiento y una pequeña cabina.
      En mayo de 1969, Neil Armstrong se encontraba a unos 150 metros de altura a bordo de estos costosos pero inestables vehículos, cuando empezó a perder control sobre el mismo. No es difícil ver en el video que ladeado completamente cae varios metros, pero lejos de eyectarse, espera hasta el último momento, luchando para recuperarlo. A tan solo 60 metros, pulsa el botón de eyección, antes de que la nave terminara de cabeza y salga disparado como una bola de cañón apuntando al suelo. Análisis posteriores demostraron que de haber demorado 0.2 segundos más, hubiera muerto.

      ¿Qué hace una persona normal en tal caso? ¿Ir al templo más cercano?, ¿llamar a casa?, ¿cambiar de profesión a curador de museos? Pues no Neil Armstrong. A la hora, estaba en su escritorio trabajando, atendiendo papeleos. Su compañero de oficina ni se había enterado del incidente, hasta que lo oyó en el corredor, ante lo cual volvió donde él y preguntó si él se había salvado del LLTV una hora antes. Tras pensarlo un segundo, respondió: “Yeah, fui yo”.

      Años después preguntado sobre su reacción, circunspecto como siempre añade: «es verdad, regresé a mi oficina. Es decir, ¿qué vas a hacer? Es uno de esos días tristes en que pierdes tu máquina». Al menos sintió tristeza por la pobre máquina, lo que no sintió necesario fue pedir el resto del día libre, al parecer, haber estado al borde de la muerte, no es excusa para dejar de atender la oficina por unas horas.

(Continuará: Gene Cernan y el helicóptero)

Secciones: Vivencias y Opinión

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