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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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Obra de teatro comentada: La fiesta de cumpleaños

27 noviembre, 2011

Hay dos silencios. Uno cuando no se dice ninguna palabra. El otro cuando se está empleando un torrente de palabras.  Harold Pinter

      Si al final de la obra, al igual que se ofrecen programas de mano, hubieran ofrecido un “solucionario”, tipo examen de universidad, sospecho que este hubiera sido un éxito de ventas; lo intuyo por la actitud perpleja con que todos atravesábamos la salida. En realidad, lejos de ser un problema de comunicación, este era el camino que el Nobel Harold Pinter, el dramaturgo, había elegido para el espectador.
      Considero cada experiencia al teatro como una conversación con su autor, quien me va exponiendo detalles, frases, silencios y ambigüedades; claro, la dirección y actuaciones son vitales, pero nunca puedo dejar de imaginarme al artista, sentado frente a una hoja en blanco (real o digital), en su trabajo solitario de crear mundos para el resto. El diálogo con el Pinter de “La fiesta” es difícil, justamente, porque descansa mucho en los silencios y ambigüedades.
      La historia ocurre en una pensión, aunque confieso que ya no estoy seguro de si en verdad lo era, en la obra dicen que lo era. Los dueños de casa son una pareja de ancianos, por un lado, una solícita e hiper atenta señora, y por el otro, un parco y ausente señor de la casa. Su particular morador, de incierto pasado, se preocupa hondamente ante el anuncio de la llegada de dos nuevos visitantes, con quienes sostendrá extraños diálogos y situaciones…y «celebrará» su fiesta de cumpleaños.
      El rompecabezas se nos va mostrando por partes, a medias o con las piezas ya ubicadas luego cambiadas de forma inmisericorde. El interés se sostiene por los pedacitos de información, en los personajes de biografía cambiante, o en los salteados momentos de humor pero, sobre todo, en esta puesta en escena de la cual puedo atestiguar y en las buenísimas actuaciones del elenco que dan vida a este teatro de lo absurdo.
      Conforme el tiempo fluye, las apuestas por saber qué es lo que está pasando van en aumento, pero la resolución quedará abierta. A la final, uno puede irse pensando que no ha visto nada concreto o que ha visto varias obras en una (por ejemplo, tengo varias teorías sobre quienes eran aquellos dos nuevos huéspedes). Opto por lo segundo.

Secciones: Teatro Etiquetas: Teatro

¿Cuánto pagarías por el autógrafo de un astronauta?

3 noviembre, 2011

      Ignoro desde cuándo se comercializan los autógrafos, supongo que es un fenómeno que no debe tener más de un siglo; hasta donde sé, nadie le pidió a Cristóbal Colón que estampase su firma para luego coleccionarla, ni ninguna fanática esperó a Mozart al final de un concierto para que le firmase el programa. Sin embargo, hoy es común el que los seguidores quieran tener un recuerdo de sus ídolos.
      Imagino que el encanto de estos radica en su simpleza y en el carácter único de la caligrafía, además, hay un protocolo establecido y fácil de seguir por ambas partes: se inicia con una persona buscando a la celebridad con hoja y lapicero en mano, ni siquiera se necesita intercambiar palabras, tal como alguna vez, muy tímidamente, hice con un autor jesuita español de visita por estos lares. Traigo esto a colación, a raíz de la noticia de que numerosos astronautas se reunirán esta semana para recabar fondos para un programa de becas, justamente por medio de sus firmas.
Aunque quizá no sea muy conocido, es usual que muchos de estos cobren por estampar sus nombres y apellidos, tal como lo hacen los deportistas, más allá de este evento de caridad, es más, existen tarifarios y páginas de Internet para conseguirlas. Existen también numerosas excepciones, como el reservado Neil Armstrong, pero entre aquellos que forman parte de este ecosistema, es interesante observar cómo los precios pueden variar según los logros o la fama de cada uno de estos.
      El más costoso es Buzz Aldrin, el segundo hombre sobre la Luna, con 400 dólares la firma, seguido por Gene Cernan y Dave Scott, comandantes lunares, con 200 dólares cada uno. Otros “caminantes” como Charlie Dure y Edgard Mitchell están a la mitad de estos, o 100 dólares, sin importar que todos estuvieron mucho más tiempo o caminaron mucho más que Aldrin en nuestro satélite… ¿Recuerdan a Jim “Houston tenemos un problema” Lowell?, pues la firma suya se encuentra a 175 dólares, a pesar que el Apollo 13 no lo llevó a la superficie selenita.
También se encuentran tripulantes del transbordador espacial, con precios más bajos, e incluso Dee O’Hara, la enfermera de los primeros astronautas (aunque supongo que eso no lo saben muchos), con 15 dólares.
      Lamento no poder estar por allí, o en todo caso tener más ahorros, pero debe ser toda una experiencia (inversión dirán algunos), el poder contar con un “astroautografo ” o la experiencia de ir a buscarlo.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: Apollo

Obra de Teatro Comentada: Crónica de una muerte anunciada

31 octubre, 2011

      La crónica de Gabo, escrita tres décadas atrás, ofrece al lector una deliciosa lectura pero también dificultades propias de una obra compleja, con sus más de 50 personajes, distintas voces que narran hechos contradictorios, con el tiempo que fluye de diversas formas, constituye un encantador reto. Señalo esto porque imagino que para el dramaturgo que la ha llevado a las tablas, también debe haberlo sido.
      La historia del desafortunado Santiago Nasar, familiar para todos aquellos que la conocimos en la escuela, por momentos sorprende,
preocupa o indigna pero, a pesar que todos conocemos su final, que viene dado desde el título, no pierde nuestra atención por lo bien narrada. El joven de 21 años, alegre y lejano a los líos, es buscado por los gemelos Vicario, tras ser señalado por la hermana de estos como el ladrón de su virginidad, desgraciando su posterior matrimonio.
      Lo que más perturba es que, si bien todos los habitantes del pueblo sabían lo que le esperaba a Santiago, nadie hizo lo suficiente como para evitarlo; estamos ante la versión colocha del síndrome de Genovese, llamado así por la neoyorquina asesinada en un prolongado ataque ante el cual ningún vecino hizo algo para ayudarla. Pero allí no termina el contacto con la realidad, aunque pueda parecer curioso, el autor se basó en hechos para crear los suyos propios, siendo que recientemente el “verdadero” Bayardo San Roman (el marido despechado que “devolvió” a la esposa deshonrada) publicó hace apenas unos años su versión de los trágicos sucesos.
      Ante tantos previos, era difícil no tener expectativas por saber cómo es que podía representarse el trabajo del Nobel sobre las tablas, y estoy seguro que todos salimos satisfechos con la obra que tras un momento solemne, empieza de manera rápida y caótica, quizá para introducir al espectador en lo que vendrá, una serie de eventos no lineales e interrumpidos entre sí.
Sin lugar a dudas, vale la pena verla. Una cosa más, para los padres que piensen llevar a sus hijos, tomar en cuenta que hay una escena de desnudo y por lo menos otra de erotismo.

Secciones: Teatro Etiquetas: Teatro

Y tú, ¿porqué no lees?

6 octubre, 2011

      La Feria internacional del libro de Arequipa, que ha finalizado ayer, me impresionó, entre otras cosas, por la alta motivación de sus organizadores y voluntarios cuyo deseo de promover la cultura y en particular la lectura, resultaba muy contagioso. A su vez, el estar rodeado de tanta gente con quién compartir ese amor por los libros, generaba una grata sensación de pertenencia.
      Esa sensación se diluye al recordar que en nuestro país, anualmente, no se llega a leer un libro entero por persona, realidad que he visto en todos los niveles sociales y en todos los grados de educación en que se oye: “no leo porque me aburre”, “no leo porque no tengo tiempo”, “no leo porque los libros cuestan”… las supuestas razones abundan, pero, sin intención de analizarlas hoy, creo que todas estas personas se pierden de mucho.
      En mi caso, Leo por placer, y supongo que pocos de los encuestados le han encontrado tal gusto, pues, soy un lector hedonista que no puede dejar de saborear una buena historia o un buen ensayo. Leo porque una sola vida no me basta, por ejemplo, gracias a la lectura he sido un piloto de bombardero con terror a morir en combate, un monje detective en el Medioevo en busca de una misteriosa biblioteca, un destructor de mundos extraterrestres y colonizador de otros, un físico pintando retratos para una casa de citas, un arqueólogo descubridor de códices mayas, un amoral conspirador italiano al inicio de la república o un coronel frente al pelotón de fusilamiento. ¡He sido eso y mil cosas más!, conducido por la prosa de un sinfín de escritores que, como amigos confiables, me han transportado a parajes insospechados o me han suscitado innumerables emociones.
      Pero además del valor individual que pueda tener, estoy convencido de que una sociedad con un mayor número de lectores traerá consigo ciudadanos capaces de reflexionar, ponerse en el lugar del prójimo y comunicarse con claridad, en suma, un entorno más civilizado. Por ello, considero esencial los programas de promoción de lectura como los de mi buen amigo Javier Arévalo, los planes lector de cada colegio o proyectos como la FIL de Arequipa. Con suerte, las siguientes generaciones no tendrán mil motivos para justificar porque no acaban un libro en un año.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: Libros ESP

El globo de ensayo de Julio César

15 septiembre, 2011

            ¿Cómo saber si la gente votaría por ti? Digamos, para Presidente. Habría que pagar a encuestadoras para sondear la opinión de la gente o quizá hacer focus groups. Los más osados, comprarían su kit de la ONPE y reunirían las firmas necesarias (con los medios que fuesen), como un primer filtro. En otros lares, como en los Estados Unidos, se constituye un “comité exploratorio”, que incluso está normado por la ley y que ayuda al pre-candidato a saber si el viento sopla a su favor o en contra. Otra alternativa, sería usar “globos de ensayo”, curiosamente, hay un precedente de más de dos mil años de antigüedad.
      Recientemente, un documental del THC sobre Julio César trajo a mi mente estos engorrosos temas de encuestas y gustos populares, al narrar un singular evento ocurrido en las fiestas de las lupercales (en honor al dios Pan). Se dice que el gran conquistador romano, deseoso de convertirse en rey, quería conocer la reacción del pueblo ante tal posible escenario, así que preparó con Marco Antonio, un pequeño montaje para la multitud: miraba la ceremonia desde un lugar destacado, cuando Marco Antonio se le acerca y le ofrece una pequeña corona que dirige a su cabeza. ¿Qué haría la gente al ver esta coronación fingida? Pues la respuesta no fue cálida, por el contrario, cuando César la aleja con modestia, los gritos y aplausos fueron generalizados.
      Allí no termina el breve estudio del mercado, sino que una vez más le es ofrecida la corona, y una vez más es el rechazo del símbolo lo que genera un clamor entusiasta de los congregados. Es fácil imaginar el gesto histriónico que debió acompañar la negativa fingida del estadista, ante la mirada expectante de todos. Aún así, Marco Antonio lo tienta una tercera vez, con el símbolo prohibido tras lo cual, finalmente resulta claro que el pueblo no lo quiere en el nuevo “cargo”. Al menos, por aquella ocasión, Julio César desiste.
      Pero no vaya a creerse que esta actividad es únicamente de personajes que visten togas o túnicas, incluso hoy en día, cada vez que una campaña o una empresa, “casualmente” filtra una información a los medios, lo hace muchas veces para observar la reacción de la audiencia. Por ejemplo, puede anunciar un nuevo producto para el siguiente año, para según la cobertura de la prensa, invertir o no en este… Volviendo a la política, con tanto candidato que aparece cada quinquenio, no puedo evitar preguntarme si en alguna fiesta, alguno habrá simulado recibir la banda presidencial de algún vecino, para mirar de reojo a los presentes.

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: Italia

Obra de Teatro Comentada: Por accidente

15 septiembre, 2011

      Los accidentes tienen la curiosa costumbre de juntar gente de distintas procedencias que, de otra forma, difícilmente se hubiera tratado. Series y películas parten de este recurso (¿alguien dijo Lost?), para enfrentar en un mismo espacio diversos personajes, enfrentados ante una nueva y acuciante realidad sobre la cual se desarrolla la historia. Sin lugar a dudas, “Por accidente” hace un magistral uso de este recurso.
      En plena madrugada, un costoso Audi choca contra una carcocha (¿o era al revés?) lo cual generará un curioso cruce de vidas del que aflorarán toda clase de reacciones por parte del elenco que conforman, como señalan sus autores, una obra “de hombres”. A los conductores, se les suma un grupo de pintorescos y disímiles testigos, así como un representante de la compañía de seguro, infaltable en toda colisión que incluya un vehículo de lujo; todos pintando un retazo de nuestra sociedad prejuiciosa y basada en las apariencias, que aquí es un tema importante.
      Mi curiosidad por ver cómo se sostenía la trama, que ocurre siempre en la misma esquina, fue recompensada con creces, y las constantes risas del público atestiguaban el interés de todos por saber qué más sucedía en aquella noche en que un “guachimán”, un taxista y un refinado homosexual (¿o amanerado?) se aventuran a la escena de los hechos, tomando y des-tomando partido frente al drama de los dos implicados que, por distintas razones, no pueden arreglar la situación. Esto genera un estado de permanente conflicto que no suelta al espectador hasta el final.
      La figura del juez y catalizador de la situación la provee Figueroa, el procurador que por veinte años es “¡el número uno!” de su profesión, interpretado por un excelente Miguel Iza, que transmite autoridad y magnetismo, así como cierta visión, por ratos, iluminada de la vida. Figueroa logra traer cierto orden mientras…Pero, ¡esperen!, no quiero arruinarles la visita al teatro.
Estamos ante una obra sumamente amena e interesante, que entretiene y da profundidad o color a aquella actividad tan frecuente en Lima: los choques.

Secciones: Teatro Etiquetas: Teatro

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