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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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Vivencias y Opinión

Anotaciones desde el Intrepid Museum (p.1)

22 octubre, 2012

      Las manos temblorosas del viejito me cogieron por el hombro y me indicaron que me pusiera donde me señalaba. Estábamos en la primera cubierta del portaaviones Intrepid. Acababa de ver un aparato que usan para guiar los aterrizajes y pensé que quizá me le había acercado demasiado. Nada de eso. Tan solo quería explicarnos como es que se utilizaba aquella máquina, básicamente un espejo flanqueado por faros de colores, desde una “X” pintada en el piso del museo para tales ocasiones.

      No hay nada que hacer. La experiencia en el Intrepid es sumamente interactiva, y no solo porque a uno lo acomoden para ver luces de aterrizaje, sino que el lugar es en sí mismo, una auténtica nave de guerra que peleó en la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Corea y recogió un par de astronautas (que como ya saben, es uno de mis temas favoritos). Es un lugar histórico, y la oportunidad de recorrer sus distintas áreas abiertas es única, dado que en el mundo no deben de existir más de quince portaaviones funcionando y muchos menos adaptados como museos. A través de sus cubiertas, uno puede ver los ambientes en el que miles de marinos vivieron e incluso el lugar en el que varios murieron en un ataque kamikaze.

      La primera cubierta viene a ser el hangar y se encuentra inmediatamente debajo de la pista de aterrizaje, o cubierta de vuelo. Aquí se guardaban y mantenían las aeronaves, que podían llegar a las cien. Al ver los más de 250 metros de largo que ocupa, uno piensa que bien podría estar parado sobre cemento y en tierra firme. Encontramos helicópteros que pelearon en Corea, una réplica de la nave espacial Mercury Aurora 7 (monoplaza de inicios de los 60) así como una cápsula Soyuz. También hay varios juegos interactivos orientados a mostrar cómo un portaaviones flota de forma balanceada, cómo se trabaja en el espacio o distintas cabinas a las que uno puede subirse y sentirse piloto por un rato, incluyendo la de una nave espacial Géminis en la cual juro que, de no haber habido más gente, podría haberme quedado horas. Es más, estoy pensando en construirme una así en casa.

      Desde la primera cubierta puede irse hacia la cubierta de vuelo o a las inferiores. Son dos distintas muestras, porque en la de vuelo es donde se han colocado diversos modelos de aeroplanos que no necesariamente formaron parte de la vida del Intrepid mientras que en las inferiores uno puede conocer hasta los camarotes en donde dormían.

      Vayamos a ver los aviones primero, en la cubierta de vuelo. Para los fanáticos será fácil reconocer aquellas maravillas del ingenio humano, como el avión espía A-12. Todo negro, de casi veinte metros de largo, casi todo él formado por sus dos aparatosos motores. Era capaz de alcanzar 3.2 veces la velocidad del sonido. Construido en total secreto a mediados de los años 50 con materiales especiales que desafiaban a la ciencia y tecnología de la época.

      También se halla el F-14 (sí, el mismo modelo que “voló” Tom Cruise en Top Gun). El F-9 como el que voló Neil Armstrong en Corea. Helicópteros igualmente famosos y conocidos (bueno, para algunas personas) como el Huey o el Cobra que pelearon en Vietnam… En fin, estamos ante el paraíso de los amantes de la aviación.

      En medio de la pista puede verse la enorme estructura del puente de mando, de varios pisos de alto. Impresionante. Aunque uno no puede subirse a ella, se alcanzan a ver las innumerables antenas, radares y ventanas desde donde el capitán gobernaba la nave. Cercana a ella, por la popa, hallamos otra muestra importante: cubierto bajo un domo duerme el transbordador espacial Enterprise.Para los odiosos puristas, me incluyo, es claro que este nunca fue al espacio, sin embargo es una copia exacta de sus hermanos más aventureros. El Enterprise sirvió como prototipo para probar la aerodinámica y funcionamiento de lo que sería el primer vehículo espacial capaz de regresar entero al planeta, a diferencia de la pequeña porción chamuscada que regresan de las naves no reutilizables.

      Finalmente, abandonando la cubierta de vuelo, en las cubiertas inferiores uno puede visitar las áreas en donde vivían y trabajaban los 2600 marinos que hacían de la nave, una pequeña ciudad flotante. Se aprecian los camarotes, comedores, cocina y hasta talleres de máquinas en donde se reparaban las piezas que fallaban a bordo. Si bien estos pisos no son tan glamorosos como los hangares, eran parte fundamental en la historia del Intrepid.


      Los visitantes, encontramos en esta cubierta un pequeño comedor en donde almorzar con un sistema de autoservicio. En medio de paredes plomas y metálicas, con sus simples sillas y mesas, lo vi como una pequeña ventana a la experiencia pasada de sus antiguos comensales.

      Este museo es un hito histórico nacional para los norteamericanos. Coincidentemente, dos días después de mi visita, el Secretario de Defensa daría aquí un importante discurso sobre ciberseguridad. Pero también es, sin duda, un lugar obligado a visitar en New York por los fanáticos de la historia moderna.

Secciones: Vivencias y Opinión

Anotaciones desde el Intrepid Museum (p.2)

22 octubre, 2012

      La visita, y para tal caso, los bien usados 28 dólares que cuesta la entrada, no terminan tras cruzar una de las varias salidas del portaaviones (ver parte 1), sino que al lado de este reposan otras dos complejos vehículos, uno súper famoso y el otro de fama modesta, es más, su éxito se basaba en no ser descubierto ni nombrado. Me refiero al Concorde y al submarino USS Growler.

      Lamentablemente estaban cerradas las visitas al interior del Concorde, pero felizmente aún se puede recorrer su exterior con la misma facilidad con que lo haría un operador de mantenimiento preparándolo para el despegue.

      El Concorde es un ave magnífica, de enormes y delgadas alas en forma triangular que se extienden a sus lados como una gran sábana. Su larga nariz, en donde se encuentra las ventanas de la cabina mirando un tanto hacia el piso, lo hace parecer que toma un descanso para reemprender el vuelo. Impresionante. Sin embargo, lo que más me sorprendió fue lo angosto que era y las pequeñísimas ventanillas por la que sus millonarios pasajeros podían asomarse. Estoy seguro que el fuselaje del Boeing 767 en el que llegamos a Nueva York parecería una botella al lado del lápiz formado por la maravilla franco-inglesa, y esto no es casual.

      Los constructores del Concorde debieron superar, con la tecnología de los años 60, los enormes problemas que se presentan al llevar un avión de pasajeros a más de dos veces la velocidad del sonido. Por ejemplo, debido al enorme calor que se genera, el largo mismo de su estructura se dilata en pleno vuelo algunos centímetros. Así mismo, el volumen y el peso eran un problema constante, por ello si bien el interior podía ser lujoso, el espacio interno no abundaba. En cuanto a las ventanillas, los ingleses habían tenido recientemente problemas con el avión Comet, algunos explotaron por fallas estructurales debidas a sus grandes ventanales, y la historia no podía repetirse…

      El Growler forma parte de la guerra silenciosa entre la Unión Soviética y los Estados Unidos bajo el mar. El pequeño espacio interior por donde se anda, y en el que su tripulación debía pasar varios meses, nos da idea del compromiso de estos con su país. El lugar no es para claustrofóbicos, y por más que la visita no dura más que unos veinte minutos, no es difícil imaginar la paciencia  y fortaleza mental que todos debían tener a bordo para sobrevivir sin odiar la cercanía permanente de unos con los otros. Y es que se trata de un submarino con motor a diesel, mucho más pequeño que sus contrapartes nucleares.

      Se pueden notar las enormes y pesadas puertas que separan las distintas secciones que componen el navío, la idea es que de haber alguna inundación pueda sellarse el comportamiento para no comprometer al resto (o sea, que el resto no se ahogue). Todas las aéreas son funcionales, salvo un pequeño salón con una mesa con juegos de mesa dibujados en ella (ajedrez, backgamon) y los pequeñísimos baños (bueno, si uno lleva revistas supongo que podría ser recreacional). Se ven los dos periscopios, cuarto de torpedos, de misiles, de sonar, camarotes con cuatro pisos de literas, el comedor y la cocina, todo ello increíblemente compactado.

      Cuando uno comprende que el Growler llevaba misiles crucero Regulus (véase fotografía) capaces de cargar con bombas nucleares mayores a la que arrasó con Hiroshima o Nagasaki en la Segunda Guerra Mundial sorprende el poder de fuego a manos de los 97 hombres apretados a bordo.

Secciones: Vivencias y Opinión

Nuevos posts…

17 octubre, 2012

Luego de unas breves vacaciones, este fin de semana nos reencontraremos con nuevos posts: crónicas sobre los bonitos días pasados en New York.

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¿Cómo fue el primer alunizaje?

4 septiembre, 2012

      La próxima vez que alguien aterrice en la Luna, empleará un par de botones. No dudo que las computadoras harán el resto. La adrenalina, esa digna de las películas, quedará para lo que hicieron, cuarenta años atrás, los astronautas del Apollo. Estos condujeron aquella compleja criatura de quince toneladas, cientos de botones, interruptores, luces e instrumentos analógicos, llamada Módulo Lunar.
      A pesar de ser una de las máquinas más hermosas jamás construidas, el Módulo Lunar tenía importantes limitaciones propias de la tecnología de la época. Dado que se necesitaba ahorrar peso, no llevaba sillas y las dos ventanas que deberían servir parar mirar el paisaje selenita eran ridículamente pequeñas, justo a raíz de esto. El combustible era limitado y la pesada computadora, de respetables 32 kg, no era el apoyo que uno esperaría tener hoy en día… por ello no es de sorprender que, simplemente, Neil Armstrong no la tuviera fácil aquel Julio de 1969, como tampoco las seis misiones que le siguieron.
      El alunizaje del Apollo 11 tuvo importantes problemas, y solo la sangre fría de su comandante, típica de un piloto de pruebas, pudo superarlos. Para empezar, la antes mencionada computadora se saturó en pleno descenso, no una sino repetidas veces. Esta recibía información del radar de a bordo, calculaba la tasa de descenso y ayudaba en la navegación, sin embargo, un sobreflujo de información (la máquina recibía más datos de los que podía procesar) hizo que se reiniciara (como lo haría el Windows, digamos), no sin antes enviar repetidas alarmas a los dos hombres a bordo. Imaginen esto: el potente motor cohete vibra encendido bajo sus pies, la Luna se va acercando mientras una alarma te indica que la computadora no va del todo bien.
      Luego, cuando Armstrong observa la ventanilla, nota que la ruta de descenso lo está llevando a donde hay enormes rocas con las que impactaría. En ese entonces no había Google Moon, ni la NASA tenía imágenes de alta resolución de la Luna, por lo que al momento del entrenamiento o de la planificación, no contaron con mapas tan precisos como los que podríamos descargar de la Inernet. Por ello, el comandante tuvo que improvisar y redirigir la nave, suspendiéndola como un helicóptero, para sobrevolar un cráter.
      La labor de Buzz Aldrin era la de recitar los datos de descenso, entre ellos, cuánto combustible quedaba a bordo. Así, mientras cambiaban el curso, fue el primero en notar que les quedaba muy poco, tras lo cual se apagaría el motor y caerían desde varios metros de altura, sin poder planear como lo harían en un avión en la Tierra. Con todo, y para los que sabemos la historia, llegaron a posarse sobre la superficie con combustible suficiente para menos de 30 segundos. Una cantidad ínfima. Aún así, fue el aterrizaje el más suave de todos los efectuados en la Luna, esto debido a que – nadie es perfecto – olvidaron apagar el motor en el momento preciso.
      Estoy seguro que alguna vez volveremos a aquel mundo, visitado cuando la humanidad tenía la mitad de habitantes que ahora, se escuchaban LPs y la mayoría de televisores eran a Blanco y Negro. Contaremos con medios muchos más avanzados. Me pregunto si para entonces, algún aventurero algo loco, querrá desempolvar las naves de los museos y hacerlo a la “antigua”.

Secciones: Sci & Tech, Vivencias y Opinión Etiquetas: Apollo

Adiós, Neil Armstrong

27 agosto, 2012

 I am, and ever will be, a white socks, pocket protector, nerdy engineer. And I take a substantial amount of pride in the accomplishments of my profession.” Neil Armstrong

Siempre tuve la secreta esperanza de estrechar la mano de Neil Armstrong. Quizá, pensaba de forma ilusa, sería posible que en alguna de esas reuniones de astronautas del Apollo, pudiera hacer acto de presencia, como lo hacen otros caminantes lunares menos reservados que él. También creía que, tal como algunos de mis abuelos, aquel hombre superaría la barrera de los noventa años. Tras la noticia de su muerte, ocurrida ayer, es claro que nada de esto será posible.

Lo sé, hablamos de un hombre, mortal como todos, pero lo que ha fascinado al mundo es lo que simboliza: simplemente, de aquí a mil años, cuando se piense en el siglo pasado, una de las primeras cosas a recordar será que, por primera vez en su historia, un representante de la humanidad puso un pie sobre otro mundo, aquel Julio de 1969. Recordarán las primeras palabras, entrecortadas y hasta tímidas, de la persona que encarna tal logro.

Pero, además, Armstrong tenía características propias de un ser humano especial. Fue un héroe renuente, que siempre pensó que lo que hacía no era más que su trabajo.

En nuestras sociedades, que rinden tributo a las celebridades, podría haber hecho uso de su fama para lograr grandes réditos como algunos de sus compañeros que, por ejemplo, cobran por autógrafos. Sin embargo, luego del Apollo 11, en lugar de buscar algún puesto político o un cargo en una de las muchas oficinas de la NASA, volvió a su estado natal como profesor universitario. En el camino, rechazó propuestas de universidades más grandes, explicando que sus estudios no aplicaban al puesto que gentilmente le proponían.

Esa modestia lo acompañó antes y luego de su famosa misión, a pesar de sus enormes habilidades y una calma legendaria que le salvaría la vida en un par de ocasiones. Nadie le recuerda alguna fanfarronería propia de pilotos. A las pocas horas de casi matarse a bordo de un entrenador del módulo lunar, ya estaba en su oficina trabajando como si nada extraordinario le hubiera sucedido o, el día que posó su nave en la Luna, lo hizo en medio de alarmas de la computadora, con poco combustible, a pesar de las enormes piedras en la zona de aterrizaje sin que perdiera el control de la situación.

Luego de su misión, alcanzó el éxito en los negocios y se convirtió en líder comunitario en su tierra natal. Participó en el panel investigador de la tragedia del Challenger y siempre fue un impulsor de los vuelos espaciales.

Han pasado más de cuarenta años desde que plantara aquellas huellas en el mar de la Tranquilidad, las mismas que hoy deben permanecer inalteradas, junto a la de sus compañeros. Motivo suficiente para que la próxima noche que la Luna nos sonría, recordemos que representantes de nuestra especie estuvieron allí inspirando a nuestra imaginación y para que, tal como lo sugiere su familia, le demos un guiño saludando al primero de ellos.

God speed, Neil Armstrong

Secciones: Vivencias y Opinión

Anotaciones desde Quito (fotos curiosas)

9 julio, 2012

Como en todo viaje, siempre hay cosas curiosas y difíciles de clasificar para el espectador. Pueden ser simples carteles, vehículos extraños, nombres de locales…que por su humor, rareza o simple atracción nos hacen querer capturarlos en la cámara. (Hacer clic aquí, para ver fotos curiosas de un viaje previo)

En el restaurante «Vista Hermosa», ubicado en el mismo centro histórico, encontré este magnífico afiche en que se parafrasea una cita de la película El Padrino. Aquí el comilón Marlon Brando nos hará una pizza que más vale no rechacemos.

En el mismo lugar, encontramos esta antigua gasolinera, que por su estado de conservación me pareció digna de algún programa del cable. (¿ Alguien ve «Los Restauradores» o «El precio de la historia»?)


Ya por la caminata por el centro histórico, me encontré con este camión que por un momento me hizo pensar que los músicos clásicos de Quito conforman una unidad S.W.A.T., dispuesta a viajar en un santiamén para brindar sus servicios.

En el segundo piso de la Basílica del Voto Nacional se encuentra este enorme órgano traído desde la bella Italia, cerca del año 1910. No me difícil es suponer que lo subieron por partes, que lo introdujeron por la ventana exterior, y que el constructor italiano o su personal ayudaron con el armado. Más o menos, como instalar un servidor en una empresa.

 En las afueras de Quito, en el patio del ‘Templo del Sol’ encontré a esta escultura tallada en madera. Me sentí atraído hacia ella, y mientras me le acercaba notaba que no dejaba de mirarme y posar para mí.

Me encantan los carteles curiosos. Este es uno de ellos, encontrado en la cima del teleférico en las afueras de la ciudad. Para los que no hablan inglés o español, el mensaje sigue siendo claro: «Si no quieres un dolor de cabeza, cuídate de no ser golpeado por el teleférico»

Secciones: Vivencias y Opinión Etiquetas: Ecuador

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