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Giuseppe Albatrino

Amante de la creatividad. Ingeniero.

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Mr. Trump y la Luna

10 mayo, 2019

La administración republicana ha ordenado a la NASA adelantar en cuatro años su meta de retornar a la Luna. Ante esto, la agencia espacial deberá balancear sus planes de una presencia prolongada en nuestro satélite contra la necesidad de volver a colocarle una bandera lo antes posible.


A mediados del 2017, el presidente de los Estados Unidos le preguntó al entonces administrador de la NASA si podrían colocar un hombre en Marte antes de que termine su primer mandato. Ofreció, según las fuentes, “todo el dinero que se pudiera necesitar”. El oficial rechazó la oferta, explicando que era imposible hacerlo en ese plazo.

Si bien no se espera que los políticos conozcan al detalle las complejidades de los programas espaciales, pasados, presentes o futuros, en este caso uno no puede dejar de preguntarse si al menos había un entendimiento somero de lo que implicaba la meta. Marte se encuentra, en promedio, seiscientos veces más lejos que la Luna, y llegar allí tomaría unas doscientas setenta veces más de lo que les tomó el viaje a los astronautas del Apollo. Entonces, debió ser sencillo para el administrador de la NASA declinar tal compromiso para dentro de apenas tres años.

Así que ahora la meta es la Luna.

Más allá de las motivaciones que Trump pueda tener, su proceso de decisión parece ser muy distinto, por ejemplo, al de John F. Kennedy. Este anunció su programa Lunar el 25 de mayo de 1961, ante una sesión especial del Congreso, luego de un estudio que encargase al vicepresidente Johnson, en medio de la guerra fría y ante las continúas derrotas que les infligían los rusos en el espacio.

En un contexto muy distinto fue que este 26 de marzo, en la quinta reunión del Consejo Nacional del Espacio, el vicepresidente Mike Pence declaró que la administración de Trump está comprometida a enviar humanos a la Luna para el año 2024, cuatro años antes del objetivo que la NASA previamente se había fijado. El reto para Bill Gerstenmaier, jefe de las exploraciones tripuladas, es mayúsculo. Deberá encontrar el balance entre el objetivo de una presencia permanente en la Luna, con la meta de volver a colocar la bandera lo antes posible.

El vicepresidente Mike Pence en la quinta reunión del Consejo Nacional del Espacio de los Estados Unidos
El vicepresidente Mike Pence en la quinta reunión del Consejo Nacional del Espacio de los Estados Unidos. (© NASA)

El plazo es exigente, pero el vicepresidente ha dado carta blanca a la NASA para que considere deshacerse de sus contratistas actuales, que vienen desarrollando un poderoso cohete (llamado SLS, por Space Launch System) que sería capaz de llevar personas al espacio profundo. Si bien el SLS ya venía retrasado en su construcción, actualmente no hay en activo otro de potencia equiparable.

Ante el renovado sentido de urgencia, la NASA empezará pronto a recibir propuestas de quienes aspiren a desarrollar el nuevo módulo lunar, máquina capaz de llevar a sus tripulantes al suelo selenita. Se habla incluso de eliminar lanzamientos de pruebas del SLS para que en apenas en su tercera misión lleve astronautas a la Luna. Así mismo, una estación espacial planificada para orbitar la Luna como base de avanzada también sufriría reducciones.

El reto para la NASA y la industria entorno a ella será enorme. Pero de superarse, a falta de Marte, el presidente norteamericano podrá exhibirlo dentro del que sería su segundo gobierno.

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El hombre que medía Notre Dame con un láser

18 abril, 2019

Los planes de reconstrucción de la catedral parisina podrían usar los datos de un reciente estudio que buscaba entender a sus antiguos constructores. Para ello, tomaron millones de mediciones del lugar.


Era una mañana de 1826 y Joseph Nicéphore Niépce, inventor francés, desde su despacho preparaba su cámara oscura para capturar la que es considerada la primera fotografía de la historia. Ocho horas después, la película hecha con una aleación de cinc, plomo y estaño pudo tan solo obtener la imagen borrosa y desenfocada de unas paredes y una torre en Le Gras.

Han transcurrido dos siglos, y la tecnología para registrar detalles de un espacio y un momento preciso, ha alcanzado una agudeza que difícilmente Niépce habría imaginado. Más allá de las cámaras modernas, los escáneres de rayos láser pueden tomar millones de medidas de un recinto con una precisión milimétrica. Tal como lo comprueba el trabajo que hiciera, a partir del 2010, el doctor Andrew Tallon en la catedral de Notre Dame.  

Historiador del arte y amante de las catedrales, por casi cinco años Tallon se dedicó a levantar “mapas de puntos” tanto del interior como del exterior de la famosa catedral parisina. Para ello, elegía un lugar donde colocar el trípode con el dispositivo láser, marcaba su coordenada mediante GPS y otras referencias y acumuló más de dos mil millones de mediciones de sus pormenores arquitectónicos como columnas, paredes y muros. Superpuso estas a fotos panorámicas y de 360 grados que él mismo hacía, para obtener imágenes que le contarían una historia nueva del lugar.

Su intención, señalaba, era conocer lo que habían pensado los constructores de estas maravillas góticas. En vista de que estos no habían dejado diarios o bitácoras, los nuevos datos le permitían inferir la evolución de la construcción. Por ejemplo, desde hacía tiempo los estudiosos habían observado que la línea de estatuas de reyes que hay sobre las puertas del templo tenían distintos estilos artísticos. En base a sus mediciones, que marcaban un desnivel de 30 centímetros en esta parte de la fachada, Tallon concluyó que la estructura había empezado a inclinarse y que los constructores debían haber dejado de trabajar esta sección por una década, mientras que el suelo se asentaba. Esto explicaba la variación de las formas artísticas.

Así mismo, como señala NatGeo, los escaneos de Tallon revelaban que algunas columnas interiores no se alinean y tampoco algunos de los pasillos. También pareciera que, por momentos, los constructores se tomaban atajos, y que, en vez de remover estructuras existentes, construyeron alrededor de ellas. Estos detalles, de esta majestuosa obra que inició en 1163 y terminó en lo fundamental en 1245 con la fachada principal, serían difíciles de conocer con instrumentos no electrónicos.

Notre Dame, ubicada a unos trescientos kilómetros de Le Gras, no es la única catedral que Andrew Tallon expuso a su minucioso trabajo de captura de datos. Pero, sin duda, ante el incendio de esta semana, sus archivos de este lugar serán los más revisados.

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La primera fotografía de un viejo conocido

11 abril, 2019

La primera imagen de un agujero negro da luces sobre un objeto astronómico estudiado por décadas, pero hasta hoy elusivo a las cámaras.


Los agujeros negros han poblado tanto el mundo de la astronomía como el de la ficción por décadas. Aparecen en revistas especializadas, novelas y series por lo menos desde los años setenta y, en películas como Star Trek (2009) o Interstellar (2014), se hicieron visibles gracias a la magia de los efectos especiales. Sin embargo, a pesar del sinnúmero de ilustraciones que haya habido de ellos, ninguna ofrecía una imagen real de los mismos.

Predichos por la Teoría de la Relatividad de Einstein, son objetos con una gravedad tan poderosa que ni la luz que les cae encima se les escapa (de allí su nombre). Debido a esto, la manera en que los astrónomos los identifica siempre ha sido indirecta. Por ejemplo, el desplazamiento de cierto grupo de estrellas no tendría explicación sino hubiese una gran masa invisible perturbando sus órbitas. O, como en otros casos, se ha observado estrellas cuya masa es arrebatada por un “algo” invisible y cercano a ellas.

Ya en 1973, justamente buscando los efectos de posibles agujeros negros en sus vecindarios, la sonda espacial Uhuru, especializada en captar rayos X, detectó los primeros candidatos de la historia. Pero la fotografía mostrada el 10 de abril por los científicos del Event Horinzont Telescope, marca el hito de capturar directamente a una de estas misteriosas entidades.  

El esfuerzo significó el trabajo coordinado de más de doscientos investigadores y sus telescopios alrededor del mundo. Desde estos se capturaron imágenes de la misma región del cielo, con una sincronización cuidada a la fracción de segundo. La enorme cantidad de datos obtenidos por su tamaño tuvo que ser trasladada en discos duros por avión (en el caso del telescopio de la Antártida tuvieron que esperar seis meses a que se reanudasen los vuelos). Finalmente, la información se distribuyó a cuatro grupos de trabajo, independientes entre sí, para que procesaran las imágenes y así comprobar entre todos la exactitud del resultado final.

Lo que vemos, es lo esperado por la teoría. Incluso, diversos divulgadores científicos han descrito desde semanas atrás algo muy semejante a lo que publican hoy los medios: una especie de sombra rodeada de un arco luminoso. Como explican los científicos del proyecto, el circulo oscuro no representa el cuerpo del agujero negro, sino la región en que la luz de la estrella vecina logra escapar de la atracción de esta.

Sin lugar a duda, a pesar de la primera fotografía de este viejo conocido, este seguirá capturando la imaginación tanto de escritores como de científicos. A los primeros, por el enorme potencial narrativo que ofrecen y, a los segundos, porque aún se sabe muy poco de ellos.

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Cuando las computadoras conducen

28 marzo, 2019

Con su flota de 737 MAX en tierra, Boeing ha anunciado una actualización de software para su avión. Está por verse si eso será suficiente para recuperar la confianza de sus clientes.


Durante los quince minutos que duraba el descenso, los astronautas del Apollo 11 eran asistidos por la computadora de abordo. Compartían con esta el control de la nave. En la ventanilla que Neil Armstrong tenía en su delante, había una serie de números grabados, que él podía revisar para estimar a que parte de la Luna los conducía el programa. Y si bien hoy el sistema puede lucir primitivo, es un ejemplo histórico de cómo las computadoras vienen asistiéndonos en misiones críticas por décadas.

También lo hacían a bordo de los dos Boeing 737-MAX que lamentablemente se estrellaron con apenas medio año de diferencia. El fabricante ha indicado que solucionará los problemas de estos modelos con una actualización de software, lo cual nos recuerda a lo que sucede constantemente con las aplicaciones en nuestros celulares. Sin embargo, cómo en muchos fallos de ingeniería, la causa no es única y todo apunta a una combinación de factores.

Cuando Boeing construye su nuevo modelo 737, lo hace cambiando la posición de los motores, lo cual trae consigo que el comportamiento aerodinámico de la aeronave varíe. Con el cambio, en ciertas circunstancias, el piloto a los mandos no encontraría la misma reacción que en los modelos 737 previos. Entonces, la compañía apuesta por añadir un sistema que, incluyendo el uso de software, permita que el avión se comporté de manera similar a sus antecesores. De esta manera las aerolíneas no dudarían a la hora de comprar las nuevas máquinas y, dado que no se comunicaron los cambios a todos los involucrados, no tendrían que gastar en reentrenar pilotos.

Craso error. Todo indica que los pilotos afectados, que no fueron comunicados del nuevo sistema, perdieron su lucha sin saber cómo desactivar a esta mano invisible, la computadora, que insistía en dirigir el avión por ellos. No conocían la manera de desactivarla. Ni tampoco había una forma intuitiva de hacerlo.

Habrá que esperar para ver si el fabricante de Seattle recupera la confianza de sus clientes, pero no olvidemos que son miles de aviones que año tras año surcan los cielos sin incidentes, siempre con sus computadoras de abordo.

Mientras tanto, numerosas empresas apuestan por poner autopilotos en los carros. Como es el caso de Tesla, que ha prometido que sus vehículos serán capaces pronto de la “autonomía total”: mediante el uso de cámaras, radar, ultrasonidos y, una vez más, computadoras, sus carros podrán llevarnos a casa desde la oficina, sin intervención humana. Cuando ese futuro llegue, esperemos que, al igual que en la nave de Armstrong, siempre haya un simple botón de desconexión por si las dudas.

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Theranos, la start-up del sector salud que engañó a todos

7 marzo, 2019

Tras llegar a valer nueve mil millones de dólares, la empresa que Elizabeth Holmes fundara ha desaparecido tras escándalos y un juicio que hoy la enfrenta a veinte años de cárcel.


En Silicon Valley, lugar que alberga un sinnúmero de icónicas empresas de alta tecnología, las historias sobre el fundador que abandona la universidad para seguir sus sueños son muy populares. Zuckerberg abandonó Harvard para fundar Facebook, Jack Dorsey a la Universidad de Nueva York para fundar Twitter, Evan Spiegel hace algo parecido por Snapchat y la lista continúa para incluir otros famosos como Steve Jobs o Bill Gates. Elizabeth Holmes, fundadora de Theranos, deseaba con vehemencia seguir la misma ruta.

En el 2003, con solo 19 años, Holmes abandona sus estudios de pregrado en Ingeniería Química en Stanford, para fundar una empresa que ayudara a democratizar la salud, según sus propias palabras. Tuvo la idea de crear una máquina que, con solo una gota de sangre, podría realizar diversos exámenes que hoy requieren una muestra mucho mayor y el uso de jeringa y aguja. No solo eso, sino que ofrecería los resultados en tiempos menores a los del mercado.

Mientras buscaba tal tecnología, llegó a recaudar cientos de millones de dólares de diversos inversionistas y formar un Directorio que incluía a dos secretarios de estado de los Estados Unidos. Aparece en innumerables carátulas de revistas tanto de finanzas como de tecnología, da charlas y sonríe junto al expresidente Bill Clinton, siempre vestida con su suéter negro de cuello de tortuga a la ultranza de Jobs.

Pero a diferencia del desarrollo de software, la investigación médica requiere profesionales con años de entrenamiento. Los nuevos productos que llegan al mercado (como drogas y tratamientos) son productos de larguísimos estudios y pruebas que hacen uso del método científico. Por ello, muchos especialistas en patología clínica o ingeniería biomédica veían con escepticismo la oferta de Theranos, más aún cuando la empresa no publicaba sus estudios ni compartía sus datos, con el pretexto de proteger sus secretos comerciales.

“¿Cómo es posible que con tan ínfima cantidad de sangre puedan ofrecer 70 pruebas de laboratorio?” se preguntaban los expertos, para quienes con 30 ya se estaría logrando una proeza. La respuesta de Theranos hacía alusión al manejo de microfluidos, una tecnología real y con gran potencial, pero que ni era exclusiva de la fenecida empresa de Holmes ni aún ha podido lograr lo que ella prometía. En su lugar, Theranos diluía la sangre de sus clientes con químicos, lo cual arruinaba la muestra, la llevaba a máquinas de otros fabricantes y obtenían resultados imprecisos. Esto era perjudicial para los pacientes, sobre todo si se toma en cuenta que los médicos usan los resultados de laboratorio para tomar sus decisiones. 

Tras más de una década, la debacle de Theranos y su fundadora empezaría en el 2016 con una serie de artículos e investigaciones que expondrían lo que venía sucediendo tras bambalinas. Todo esto cuando, apenas un año antes, Forbes había nombrado a Holmes como la mujer multimillonaria más joven hecha a sí misma, debido a que su empresa llegó a valer la friolera de 9 mil millones de dólares.

Actualmente la fundadora de Theranos encara diversos cargos que podrían significarle hasta veinte años de cárcel. Mientras esto ocurre, su historia será pronto llevada al cine con Jennifer Lawrence como protagonista. Lástima que su start-up, con un objetivo tan importante, no haya sido un caso de éxito.

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La próxima sonda en posarse en la Luna será de una empresa privada

28 febrero, 2019

Luego de los Estados Unidos, Rusia y China, una empresa israelí se encamina a posar una nave sobre la superficie lunar.


Días atrás, la empresa SpaceX lanzó un cohete Falcon 9 llevando de carga tres vehículos espaciales. Pero ninguno de ellos ha capturado la atención de los medios como la sonda ‘Beresheet’ perteneciente a dos empresas israelís, un país con menos de nueve millones de habitantes.

Y es que llegar a la Luna no es algo muy común. Si reducimos la Tierra a escala para que sea del tamaño de una manzana, nuestro satélite sería una pequeña esfera orbitándola a unos tres metros de distancia. Quizá por ello cuando Google creó el concurso Lunar X (2007-2018) para premiar a quien colocara un robot en la Luna, ninguno haya podido cobrarle los US$ 30 millones que ofrecía. Sin embargo, SpaceIL y Aerospace Industries perseveraron hasta formar parte de los titulares recientes.

Si bien el propulsor no es de origen israelí, habría que destacar dos cosas. Primero, se trata de un cohete reutilizable (ya en su segundo uso), parte de la propuesta de SpaceX para hacer los viajes más económicos. Segundo, dado que la energía del lanzamiento no era exclusiva para portar solo a Beresheet, los planificadores del vuelo le han programado una ruta muy particular para que pueda llegar a su destino. Debido a esto, en vez de los 4.5 días que se tomó China en una misión semejante, o los 3.5 días que tomaban los tripulantes de las naves Apollo, la pequeña sonda tardará ocho semanas con sucesivas orbitas que la pondrán cada vez más cerca de la Luna hasta que sea atrapada por su gravedad.

Es inevitable que un logro como este sea acompañado por manifestaciones propias de sus creadores. En este caso, la sonda lleva consigo una “capsula del tiempo” consistente en una librería digital con millones de documentos de alrededor del mundo, incluida la Biblia Hebrea.

En cuanto a la ciencia, dado que se espera que Beresheet se quede sin baterías luego de dos días tras su arribo, podrá solo estudiar el campo magnético de la Luna. También lleva un reflector, es decir, una especie de espejo para que rayos láser disparados desde la Tierra puedan rebotar en él, tal como ocurre con los reflectores dejados en las misiones Apollo 11, 14 y 15.

Se espera que para el 11 de abril, tras acumular 6.5 millones de kilometraje, la sonda se pose en el mar de la Serenidad marcando una nueva época en la exploración privada del espacio.

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